Todavía tengo una cartuchera que me regaló un novio de hace muchos años, toda llena de brillos y con un pompón plateado colgado del cierre.

También guardo una pila de revistas “Muy interesante” que me consiguió un chico con el que tuve un romance eventual, luego de que yo le dijera que me encantaba leerla cuando era chica.

Me quedan, además, cartas, tarjetitas, emails de hace siglos. Los guardo porque si en algún momento, ordenando o limpiando, me los llego a encontrar, sonrío nostálgica y recuerdo esos días con mucho cariño.

Pero del Chango no quise tener nada. Cuando se fue de casa puse sus cosas en cajas y las mandé con un auto a lo de Estela, y lo mismo hice con todo lo que me regaló en los últimos cuatro años, que tampoco era tanto. Es más, entraba en una cajita de zapatos, porque el Chango no era muy regalón que digamos y además nunca tenía un mango, o al menos eso decía, aunque sospecho que su escaso dinero iba a parar a los bolsillos de los dueños de unos cuantos restós chic de palermo a cambio de modernas cenas para dos.

Las fotos son otra cosa. En las fotos están todos nuestros momentos felices. Las vacaciones, las salidas, las fiestas con amigos, autofotos dándonos besos. Él está lindo, rechoncho, con los ojos de carboncito contentos, y yo aparezco serena y relajada, convencida de que soy la mujer más afortunada del planeta.

Hay una que es la que más me gusta. Yo estoy mirando a la cámara y sonrío, mientras el Chango me da un beso en el cachete con los ojos cerrados y toda la devoción de la que un hombre es capaz. Cada vez que la miro, lloro.

Hasta ahora no había podido deshacerme de ellas porque documentan una gran parte de mi vida, pero no quiero más. Estoy lista para dejar ir todo, y estoy bien segura de que no voy a tener ganas de recordar nunca más esos días, porque eran mentira y porque ya no van a volver y porque no aprendí nada.

Así que hace un par de domingos puse todos los álbumes en una bolsa de consorcio y me dispuse a sacarlos a la calle.

El Chango, que recién se había vuelto a mudar a casa hasta conseguirse un lugar, vio toda la operación.

Chango:
¿Qué hacés?
Elena:
Voy a sacar estas cosas afuera.
Chango:
Esas son nuestras fotos…
Elena:
Sí, ya sé, pero no las puedo tener más acá.
Chango:
¿Y las vas a tirar?
Elena:
Y, sí… ¿Querés mirarlas o algo?
Chango:
No las tires, es como negar todo lo que pasó.
Elena:
Esa es la idea. Cuando te vayas de acá no vas a existir más.
Chango:
Pero no funciona así. ¡No podés borrar lo que pasó! ¿Te vas a olvidar de mí? Yo nunca me voy a olvidar de vos…
Elena:
No creo que me olvide, pero no quiero nada que me haga acordar a vos.

Solté la bolsa y la apoyé en el piso. Pesaba muchísimo, porque tengo la antieconómica y antiecológica manía de imprimir las fotos (15×21, papel mate, bordes blancos, siempre).

Elena:
Para mí hay un antes y un después de vos. Lo sabés. Vos me conociste cuando yo era una pendeja y ahora soy una mina bien plantada. Laburo, soy independiente, no necesito a nadie. Te necesitaba a vos, pero ya no. Pero igual, lo que quiero ahora es rodearme de cosas que me hagan bien. Y una foto tuya besándome haciéndote el que me querés no me hace bien.
Chango:
¿Por qué me dejaste volver entonces? No entiendo nada.
Elena:
Porque es el último favor que te voy a hacer.
Chango:
Me estás haciendo mierda, está bien que te quieras vengar pero esto es demasiado ya, no me lo merezco.
Elena:
Tiro las fotos por mí, no por vos.
Chango:
No las tires. Me las quiero llevar.
Elena:
No quiero que tengas fotos mías, perdoname, no quiero ser forra, pero yo decido lo que hago con mis fotos. Pero bueno, si querés separá las tuyas.

Chango:
Quiero las que estamos los dos, por favor.
Elena:
Boludo basta, las quiero tirar.
Chango:
Basta vos, no seas pendeja, no tenés derecho. Quiero las fotos, dejámelas, plis. O aunque sea mirémoslas juntos, ¿querés?
Elena:
No, no aguanto. Por eso las quiero tirar.
Chango:
Yo las quiero mirar. Fui muy feliz con vos.
Elena:
Hacé lo que quieras. Te las dejo acá.

Parece que despedirse del pasado no es tan fácil.

Para nadie.