Un desliz lo tiene cualquiera. Cuando uno se coloca en una situación extrema, es normal que nuestras emociones nos jueguen una mala pasada, y veamos en cualquier actitud de lo más normal, signos “inconfundibles” de que todo ha cambiado, y que esta vez las cosas estarán bien.

Nos aferramos con tanta desesperación irracional a un mundo que  ya no existe, que creemos tocarla con la punta de los dedos y por un instante estamos casi seguros de que sigue siendo real, y que no todo está perdido.

Pero es porque somos medio pelotudos.

El sábado a la noche, después de estar afuera todo el día, llegué a casa de pésimo humor. Todo está carísimo, no había llegado a depilarme las piernas y mi vieja había estado intentando convencerme por horas de que lo mejor para mí es conseguir un empleo estable cerca de casa y dejarme de bobear con “eso de internet que hacés vos”. Y tenía hambre.

Sin embargo, ya en el palier de casa me sorprendió el dulce aroma del limpiador de pisos, que disfruté sinceramente mientras buscaba la llave en la cartera. Habrá pasado el trapo el vecino, asumí.

Pero cuando entré a casa el espectáculo era de no creer. Era como si Maxi hubiera soñado con un lugar así y su hada madrina le hubiera concecido el deseo, pero el milagro era obra de un hombre.

El Chango estaba en calzoncillos y buzo, parado al lado de la estufa. Las uñas de sus pies estaban tan largas que podían competir con las de la gata tranquilamente. (Incluso llegué a imaginármelos a los dos peleándose por afilarlas en el sillón que heredé de mi bisabuela mientras yo trataba de espantarlos con una escoba pero traté de distraerme pronto).

Los platos estaban fuera de la vista, al igual que la pila de abrigos que suelo dejar sobre la silla del living ahora que vivo sola… (bueno, antes del percance este de la convivencia post Jul). La gata ronroneaba feliz, acostumbrada a la nueva presencia carnosa y morena; y de fondo sonaba Belle and Sebastian (bueno, él es un poco obvio).

En la mesita del living había un montón de platitos con cositas para picar, y unos chopps recién sacados del freezer, listos para recibir medio libro del espumoso líquido ámbar.

Chango:
Bienvenida a tu casa.
Elena:
¿Hay leber?
Chango:
Claro. Y pepinitos.
Elena:
Bien ahí. Te ganaste los días de changüí.
Chango:
¿Miramos una película?
Elena:
Mejor miremos un programa de archivo, seguro me quedo dormida, no doy más.
Chango:
Si querés charlamos. ¿Querés charlar?
Elena:
¿De qué?
Chango:
De cualquier cosa.
Elena:
¿Como qué?
Chango:
De tu laburo nuevo.
Elena:
Me va bien. Che, ponete unos pantalones, ni da que estés en bolas, eh.
Chango:
Es que lavé todos y no tengo ninguno seco para ahora, ¡no me dí cuenta! Pero no me digas que no es mejor eso que dejar todo sucio…
Elena:
Bueh, mejor hablemos de cosas más extraordinarias. ¡Usaste bien el lavarropas!
Chango:
Sí, ya era hora…
Elena:
Bueno, estos días qué te parece si te encargás de la ropa y yo me encargo de la comida.
Chango:
Como quieras, igual yo fui al supermercado y traje algunas cosas, esta semana estamos bien. Y llamó tu abuela, quería pasar a saludar, le dije que te habías ido a la costa… ah, che, el grano ese ni se nota, no te vuelvas loca.

Y ahí fue cuando nos dimos un beso en la boca con el Chango.

Perdón.