Estela es de esas suegras inimputables. No se puede decir que sea una mala persona. Ni siquiera demasiado zorra, más allá del componente ontológico de zorrismo que conlleva su rol de suegra.

No es antipática, pero definitivamente está muy alejada de la simpatía. Tampoco es maleducada, aunque a veces se acomoda las medibachas mientras sirve los ravioles, o se mete los dedos en la nariz ocasionalmente. Es gritona, pero de esas que ríen todo el tiempo a carcajadas y se festejan sus propios chistes, que en realidad son los que vieron en la tele de aire.

Hace mucho años que la conozco, y hasta ahora no he podido catalogarla dentro de ninguna de las tipologías usuales de suegra. Es más, nunca me ofendió demasiado, sacando las veces que criticó mi manera de cocinar, de planchar camisas, de vestirme y de cortarme el pelo, “como una chica pasada de moda”.

Pero lo que es cierto es que siempre pensó que su hijito estaba para más. Yo no era suficiente, porque ella había parido al mismísimo enviado de Dios a salvar a la civilización, y por si eso fuera poco, el muchacho había venido en lo que a ella se le antojaba el cuerpo más armonioso jamás concebido y un intelecto imposible de medir, por su grandeza.

Así que todos estos años se dedicó a tolerarme silenciosamente y a rogar que yo algún día me fuera de la vida de su famlia para no volver. Es que Estela soñaba con una nuera de rubios cabellos y ascendencia polaca, “con mucho nivel” y un padre empresario. O quizás una modelo famosa, o una vendedora de velas
artesanales que la llenara de bártulos con olor a vainilla. Pero, qué desgracia, el nene se había fijado en la petisa Elena, que ni siquiera sabe freír unas milanesas como le gustan a él (y a ella).

Estela no vive cerca de casa. Tampoco en los alrededores de mi barrio. Sin embargo, ayer a la noche tuve la mala leche de cruzármela en la verdulería. Obvio que traté de ignorarla, pero no me fue posible, para deleite de toooooodos los clientes.

Estela:
Así te quería encontrar a vos, atorranta.
Elena:
¿Comprando un kilo de bananas? ¿De qué me habla Estela?
Estela:
De lo que le estás haciendo al nene. ¿No te da vergüenza?
Elena:
Le repito: ¿De qué me habla, Estela?
Estela:
¿Por qué lo dejás solo a la noche? ¡Encima te vas con otro tipo! ¡Caradura! ¿No ves que él te extraña y por eso quiso volver?

Elena:
Me dijo que volvía porque no tenía dónde quedarse porque en su casa no había lugar, yo no tengo interés en volver con él y no le tengo que rendir explicaciones.

Estela:
¿Qué estás diciendo? ¡El nene se quiso ir para no molestarnos más! Pobrecito… no es molestia, él siempre va a tener lugar con nosotros. Pero a vos no te alcanza con nada, lo querés hacer sufrir, él es un amor de chico, no entiendo qué querés lograr.
Elena:
Discúlpeme, Estela, yo no sé qué hace usted en mi verdulería, mucho menos a esta hora, pero ¿usted tiene idea de lo que hizo su hijo?

Estela:
Me avisó el nene que estabas acá. Te estoy llamando hace una semana para decirte que dejes de hacerlo sufrir, nosotros siempre supimos no eras una buena persona, pero esto ya es demasiado, no tenés derecho.

Elena:
Mire, Estela, se lo voy a decir una vez y quiero que me deje en paz y no me rompa más las pelotas. Su hijo no gana un peso y a duras penas va a laburar, nunca se preocupó por una mierda de la casa, jamás colaboró con nada, y se dedicó a vivir de arriba como un simio malcriado por años.

Estela:

Elena:
Y sabe qué, yo lo dejaba porque lo quería, pero su hijito querido, estuvo con otra mina por un año mientras seguía viviendo conmigo, y la mina es una putita de 20 años que debe chupar bien la pija, porque su hijo estaba como loco mientras yo iba a laburar y trataba de que él estuviera bien.

Estela:
No me faltés el respeto.
Elena:
Yo a usted le hablo como se me canta el culo, porque su familia me tiene harta, usted me tiene harta, su hijo inútil me tiene harta y su cara de mosquita muerta me tiene harta. Y yo seré una pelotuda por haber dejado que me pasen por encima todos ustedes, pero ya estoy un poco cansada. Así que si usted tiene algo para
decirme, me manda un mail así lo puedo borrar tranquila.

Estela:
¡¡Sos una maleducada!!
Elena:
Váyase a la mierda.

Pagué las bananas y me fui a casa, mientras los clientes cuchicheaban sin parar y Estela insultaba por lo bajo y se hacía la víctima. Cuando llegué, el Chango no estaba. Mejor para él.

Y Estela será inclasificable, pero de algo no caben dudas…. es igual a todas las suegras.