Anoche cené brócoli, zapallitos y yogur activia, mientras Mejor Amiga se entregaba a los placeres carnales y saboreaba unos ravioles con crema.

Después tomamos un té de hierbas, charlamos sobre Distrito 9 y su similitud con la situación Macri vs. Villa 31, nos baboseamos con el primer capítulo de la nueva temporada de House y finalmente nos fuimos a dormir.

A mí me toca el sillón, que comparto con el gato Benito, que me chupa la cara toda la noche. Ella, por su parte, adquirió hace poco un sommier del que está perdidamente enamorada.

A las dos y cuarto de la mañana me desperté con los ruidos de mi estómago, muy muy similares a los que hacen los aliens en la película. Retorciéndome de dolor llegué al baño, sin entender bien qué estaba pasando, porque cuando a mí me duele la panza no puedo ver más allá de mi agonía y deseo morir, o al menos desmayarme, para terminar con la tortura.

Sintiéndome Christopher Johnson, transpirada y desorientada, hice… cosas ahí un buen rato hasta que me sentí liviana, limpia, despojada de todo mal. Estiré la mano en búsqueda del elemento que se utiliza para limpiar las partes íntimas, y ahí fue cuando todas mis pesadillas se convirtieron en realidad.

De repente, el tiempo no había pasado y yo estaba aún en mi departamento de concubina, viviendo con Albóndiga. ¿Cómo lo sabía? Pues porque se había terminado el papel higiénico.

Así que yo estaba sentada en el inodoro, más sola que nunca y a la buena de Dios, como cuando el Chango usaba toda la yerba, se consumía el rollo de cocina, se comía la última galleta marinera y se llevaba la plata del cajón.

Respiré hondo. ¿Dónde guarda Mejor Amiga el papel higiénico? ¿Cómo no sé eso después de años de venir a verla? Miré a mi alrededor. En el piso no había nada. Sobre la pileta tampoco. Arriba del bidet, menos. Imaginé la escena patética en la que iría en búsqueda del papel, con el culo al aire y tropezando con los muebles en la oscuridad de la madrugada y sufrí.

Finalmente, miré a mi izquierda y allí estaba, sobre el borde de la bañadera, el rollo blanco, con 90sus  metros de sedosa alegría, como si lo hubiera depositado un ángel al oir mis súplicas, o bien al prever mis atroces cólicos. Juro que hasta me pareció que resplandecía en el silencio nocturno.

Me limpié emocionada. Me lavé las manos y entré al cuarto de Mejor Amiga, para susurrarle al oído:

Elena:
Gracias por el papel… ¿Cómo sabías?
Mejor Amiga:
Dejame dormir, brócoli.
Elena:
Sí, hasta mañana, te quiero.

Volví al sillón, y recordé que esta es mi nueva vida, y acá el papel higiénico nunca se acaba. Le dí un beso a Benito y descansé.

Feliz lunes para todos.