Cuando estaba en la primaria, me llamaban mucho la atención esos nenes boludos que lloraban cuando tenían que levantarse de la cama en invierno, y que finalmente solo salían de casa si les dejaban quedarse con el piyama puesto, debajo del uniforme. Esta incapacidad para enfrentarse a una tarea tan banal como ir al colegio en las mañanas de frío siempre me resultó propia de los débiles de carácter, o bien de los malcriados por sus padres.

Hoy, veinte años después, me siento como Débora Criado, la enana de rulos que siempre llegaba tarde porque “se quedaba dormida”, con el camisón sobresaliéndole por debajo de la pollera a cuadros. (Salvo porque Débora era una zorra de esas que hacen sentir mal a las otras nenas porque no tienen útiles lindos o mochilas color rosa).

Mejor Amiga:
Bueno, ya va siendo tiempo…
Elena:
¿De qué? No me digas de hacer dieta, plis, que no estoy en un buen momento.
M.A.:
No. De volver a tu casa.
Elena:
¡Quedamos en que me iba a ir a lo de Maxi!
M.A:
Cambié de idea, tenés que aprovechar que el Mandril dijo que se iba para poner en práctica todo lo que aprendiste en estos días.
Elena:
Esperá… ¿qué aprendí?
M.A.
Descubriste que la vida puede ser armónica y llena de comodidades y cosas lindas, ¿te parece poco? Ahora andá y recuperá tu espacio.
Elena:
No, pero no lo quiero ver todavía, mejor dentro de unos días más…
M.A:
Estás preparada. Andá hoy a la noche.
Elena:
¿Hoy?!
M.A:
Si… bueno, es que tengo un chongo hoy y necesito el lugar.
Elena:
Hubieras empezado por ahí, tarada. Voy y de paso me fijo que la gata esté viva.

Sin demasiada preparación psicológica, después del laburo pasé por mi (¿ex?) casa. Por supuesto, el Chango estaba ahí, mirando la tele con la gata haciéndole mimos en las piernas.

Elena:
¡Gata traidora!
Chango:
Qué querés, si la madre hizo abandono de hogar…!
Elena:
Qué sorete, callate, fue por fuerza mayor.
Chango:
Bueno, bueno, pasá, sentate, ¿tomamos unos mates?

Elena:
Pongo la pava.
Chango:
Nono, sentate, sentate, dejalo a papito.

El Chango se levantó y, no sé cómo contar esto… fue hasta la alacena donde guardo la yerba, sacó el frasco pertinente, luego abrió otra de las puertitas y sacó el mate. Finalmente, hizo lo propio con la bombilla, que se aloja en un cajón que no es el de los cubiertos porque mi mamá nunca mezclaba la bombilla con los cubiertos y ya me acostumbré así.

Tomó un fósforo, prendió la hornalla con la perilla exacta, luego de elegir la que tenía el diámetro justo para la pava. Cinco minutos después me estaba cebando el primer mate, impecable y a la temperatura justa.

Chango:
Estuve pensando.
Elena:
Ajá.
Chango:
Y me parece que vos sos la mujer de mi vida.
Elena:
Sí, bueno, supuestamente vos sos el hombre de mi vida también, pero eso no existe, ya conoceremos a otras personas y listo, no te preocupes por eso.
Chango:
¡Dejame terminar! ¡Siempre igual!
Elena:
Ok, proseguí.
Chango:
Pero nuestra pareja ya no existe más, porque pasaron muchas cosas.
Elena:

Chango:
Entonces lo que me parece que tenemos que hacer es ser amigos, y desear que el otro sea feliz, ¿no te parece?
Elena:
¡Es lo que te dije hace nosecuántos meses!
Chango:
Por eso. Ahora ya lo entendí. Así que si querés estar con el goma, yo te doy mi bendición.

Elena:
Y si vos querés estar con Jul, yo te doy la mía…
Chango:
Gracias.
Elena:
¡Mentira!, es malísimo si te vas con Jul, quedás como un boludo, sabelo.
Chango:
¿Estamos en paz?
Elena:
Más o menos. Cuando te mudes creo que vamos a estar en paz.
Chango:
Bien.

(¡Tomá, Débora! ¡Aprendé lo que es ponerle el pecho a las balas!)