El Chango se muda mañana a lo de Estela.

Esta vez, el trámite es bastante corto: solo hay que embolsar algo de ropa, que fue lo que trajo con él cuando volvió.

Doblo las prendas con cuidado y las separo según su uso. Remeras lindas, remeras manga larga, remeras de dormir, como haría Maxi.

Y, claro, me acuerdo de de los comienzos de todo esto.

Cuando empezás a convivir con alguien, todo es una aventura. Irte a noni con el hombre que amás todas las noches es tu idea del paraíso. Cenar arroz juntos y no tener que despedirse porque ambos comparten el techo te convence cada vez de que estás exactamente donde querés estar.

Sin entrar en las cursilerías obvias de lo lindo que es ver dormir al otro -y sobre todo porque el Chango es francamente repugnante cuando duerme, con la boca abierta, babeando, roncando y tirándose pedos-, el concubinato temprano está lleno de pequeñas delicias que nos hacen tocar el cielo con las manos.

Pero bueno, en el medio pasó de todo. Hubo rutina, infidelidades, mentiras, desidia, desprecio, aburrimiento, y ahora estamos acá, listos para dejar la casa en la que alguna vez fuimos muy felices.

El Chango hace zapping, muerto de calor y con la cara brillosa de transpiración. Se lo ve tranquilo, como cuando acabás de entregar un parcial y por un momento no te importa el resultado, sino haberte sacado de encima la tarea, convencida de que escribiste todo lo que sabías.

Acabo de terminar con las remeras, y me dispongo a acomodar las camisas en una bolsa difetente.

Chango:
¿Me plancharías algunas para los primeros días sin vos?

Sonrío. Algunas cosas nunca van a cambiar, pienso, y voy a buscar la tabla.