¡Pero qué cantidad de basura tengo en mi casa! Al final, este Chango lo único que hacía era generar mugre que ocupaba lugar, pero cosas, lo que se dice cosas, son todas mías.

¿Por qué tengo cuatro juegos de tazas? ¿Por qué no uso ninguno? ¿Alguien necesita nueve frazadas? ¿Qué hace el traje con el que se casó mi viejo en mi placard?

Mañana es la mudanza. Me compré 20 cajas grandes de cartón corrugado, dos rollos de cinta gruesa y un paquete de bolsas de consorcio “fuertes” (Asurín, sos una estafa). Anoche usé la colección de diarios del Chango para envolver la vajilla y los adornos, y después acomodé tápers, cacerolas, el wok, coladores, cubiertos, vasos, chopps, copas de vino, copas de champagne (!!) prolijamente en cajas.

Hoy me tocó embalar adornos, lo que quedaba de los libros, las toallas y sábanas y las cosas del baño. A las diez de la noche no daba más, así que tiré todos los zapatos adentro de un par de bolsas y me tiré a ver un rato de tele antes de desenchufar el aparato para desarmar el modular.

Me quedé dormida y soñé que cambiaba de laburo y que en el nuevo tenía de compañeros a todos los amigos del Chango y míos que sabían que él me estaba cagando y me trataban como si nada. Durante todo el día se hacían los simpáticos conmigo, y cuando me daba vuelta los oía susurrar sobre mis cuernos. Después, cuando salía del trabajo, me daba cuenta de que me había mudado a un barrio que me quedaba demasiado lejos, y que ahora, para llegar a mi casa, tenía que tomar un tren y un bondi. Finalmente me robaban la cartera y tenía que llamar a un cerrajero para entrar a mi departamento, que me cobrara 700 pesos porque era “precio de capital”.

Me desperté recién toda sudada y con un moretón que me dejó el vértice de una de las cajas que quedaron tiradas rodeando el sofá, sobre la que me había estado apoyando sin querer.

Supongo que mochilas tenemos todos. Por suerte, cuando te mudás no es necesario llevarte todo: podés dejar algún que otro bultito en la casa viej.