Cuando empezás a embalar, de entrada siempre te parece que será un trámite sencillo. “Es poco“, decís, y agregás “tengo pocas cosas, en un día liquido todo”. Personalmente, ni me acuerdo cuánto me duró esa opinión, creo que menos de cinco minutos hasta que abrí el primer placard.

Vas de a poco, con las cosas más grandes. Después de seis horas atando libros en paquetitos, te parece que “ya hiciste lo más pesado“, y todavía tenés buen ánimo.

Más adelante, tipo siete, siete y media, cuando ya empieza a oscurecer, te empezás a poner nerviosa. Acá empieza la etapa “voy bien, voy bien, le doy para adelante“.

A las dos de la madrugada, finalmente, te das cuenta de que tenés muchísimas cosas, que sos una completa inútil embalando, que aunque no necesites dos tercios de lo que te estás llevando no pensás dejar nada porque todo tiene “valor sentimental” y que en cuatro horas llegan los del flete. Esta fase se denomina “laputamadrequemeremilpariómierdamierdamierda”, y se extiende por varias semanas, hasta que una está completamente instalada en el nuevo lugar.

A las seis de la mañana, mientras yo despotricaba contra una cinca de embalar que para mí no pegaba nada, tocaron el timbre y empezó la mudanza.

Los muchachos del flete se llevaban mal con el chofer. Ahí había una interna feroz cuyo origen no llegué a comprender, aunque sospecho tendrá que ver con la distribución del ingreso y su relación con el tipo de
trabajo que realiza cada uno. El chofer es un vago y sólo maneja, dirán los peones, mientras ellos se desloman cargando porquerías de esta pendeja forra que tiene de todo. El chofer, por su parte, alegará que para eso les pagan y que encima se quedan con las propinas.

Mi gatita hizo caca varias veces mientras ellos cargaban las cosas, y el aroma empapó el palier de mi edificio, pero siguiendo con los muchachos: uno de ellos era morocho redondote, fornido y con cara de pocos amigos. El otro era un señor canoso de ojos claros, de los que sacan a pachanguear a las señoras en los bailes y seducen con su simpatía. Seguramente hará suspirar a más de una cincuentona suburbana, y tendrá varios amores fugaces que en algún momento coincidirán en algún lado y se armará quilombo. De los dos, no hace falta que diga quién era mi favorito.

El peón malo se quejó porque según él había demasiadas cosas, luego porque el sommier pesaba mucho y más tarde porque no le gustaba el agua saborizada que le ofrecí y además odia a los gatos.

Finalmente, se negó a llevar mi modular, alegando que por la escalera no pasaba, y que no pensaba desarmarlo. Me sentí culpable (maldito peón psicopateador) y le dije que estaba bien, que después yo lo desarmaba y lo transportaba por mi cuenta en algún otro momento.

Una vez subido todo al camión, éste demoró dos horas completas en recorrer una distancia que en auto no excede los 50 minutos, en parte por la carga, en parte por la parsimonia del conductor.

Cuando llegaron, el chofer estacionó a una  cuadra del edificio, porque “si pongo el camión acá me van a hacer una multa y no me quiero arriesgar”. Los peones lo odiaron con el alma, pero a él le chupó un huevo.

Al ver el ascensor, el peón malaonda empezó a resoplar como loco. “Pfffff nos vamo’ a ir a la’ cincodelatarde
de acá”, “Pfffff, este forro estaciona lejos a propósito”, etc., mienras el “fachero popular”, ídolo, le hacía bromas a la encargada, que se reía y se ponía colorada.

Fue gracias a ese coqueteo digno de una tira de Suar que logramos entrar el camión en el garage para descargar más cómodos; pero esto no le alcanzó al peón malaonda, que siguió resoplando y quejándose hasta subir la última caja.

Cuando terminó, me dijo al pasar “no te va a entrar todo acá, no tené lugá para lo mueble”.

Acto seguido, se desplomó sobre mi cama con su ropa de trabajo y seis o siete litros de transpiración condensada y cubierto de pelusa húmeda. Sonrió por primera vez en el día, mientras yo lo miraba incrédula.

El peón pintón, por su parte, pidió usar el baño y rompió el botón y, tirando del palito para desagotar, desprendió el flotante, así que ahora estoy con un balde que compré en el chino hasta que cambie todo el dispositivo, pero todo bien porque era un divino.

Cuando se fueron me quedé sola, con setecientas cajas y bolsas, muebles atravesados, tierra y bollos de papel de diario. Entonces me llegó un sms del Chango: “Feliz mudanza, espero que empieces bien tu nueva vida“.

No le contesté, porque tenía mucho que acomodar.