Lo mejor que tiene mi vida es que me pasa cualquier cosa y como carezco de intuición todo me sorprende.

Para descomprimir un poco, ayer, después del trabajo, salí a caminar por Santa Fé. A riesgo de ser un cliché con patas, admito que cuando estoy estresada, nada me hace más feliz que comprarme alguna ropita, leer una revistita, maquillarme y ponerme un perfume caro.

En medio de la caminata me agarró calor y entré a un barcito para chequear los correos. Me pedí un exprimido de naranja (¿$14? ¿Quién lo exprime, Narda?) y prendí la notebook.

Entre los mensajes que tenía había uno de Mejor Amiga, contándome que Francisco estaba constipado hacía tres día, y pidiéndome algún consejo que no incluyera la palabra “Activia”; uno de Maxi que me invitaba al cine hoy a la noche; y uno del Chango.

(Me gusta sorber un poco por la pajita y después hacer sopapa con el dedo, levantarla y tomar del extremo inferior, como si fuera un gotero. ¿Alguien hace eso?)

Hasta acá todo más o menos normal, salvo porque, mientra hacía esto, escuché una voz horriblemente familiar que me decía “¡Qué casualidad! ¿Me puedo sentar?”.

Era…

Adrián.

Elena:
?!
Adrián:
¿Cómo estás, tanto tiempo?
Elena:
¡Te ví el miércoles!
Adrián:
Por eso, fue hace tres días, ja, ¿cómo va?
Elena:
…bien… ¿vos?
Adrián:
Recién empezando a ordenar mis cosas después de mi separación.
Elena:
No sabía ni que estabas casado.
Adrián:
Estaba. Por suerte soy psicólogo y sé cómo tratar estos procesos.
Elena:
Claro, la tenés re clara, me imagino.
Adrián:
¿Te estás mofando, Paoloni?
Elena:
Uf, sos el único que dice bien mi apellido, todos dicen “Paolini”; el otro día fui a retirar un talonario de facturas y me habían puesto Paolini, los quería matar.

Adrián:
Presto atención. Es mi trabajo. ¿Te llegaron muchos mails?
Elena:
Estaba por leer uno del Chango…
Adrián:
Te escucho.
Elena:
Leerlo para mí, no en voz alta.
Adrián:
Es lo mismo, después me vas a contar en la sesión, así que ahorremos tiempo y contame ahora, me pido un café.
Elena:
Ah… te quedás… ¿corresponde?
Adrián:

No.
Elena:
Bueno, dale, te leo, ya fue. “¿Cómo estás? Yo bien, mamá me cuida y me da todo los gustos, aunque no es
tan cómodo vivir acá como cuando vivía con vos, pero no porque hacías todo. Me gustaba vivir con vos. Bueno, te escribo porque me gustaría verte y charlar. ¿Podemos tomar un café uno de estos días? Avisame, te mando un beso enorme, Chango”.
Adrián:
¿Cómo te sentís?
Elena:
¿Está mal si no tengo ganas de verlo?
Adrián:
¿Para vos está mal?
Elena:
No, porque no es que estoy enojada, pero no sé, estoy medio ocupada, no tengo ganas de hablar con él de cosas que ya pasaron. Me da culpa, pero no tengo ninguna cosa adentro que quiera decirle.
Adrián:
Entonces no lo veas. Si no te sirve a vos, no lo hagas. A veces hacés cosas para ayudar a los demás, y eso está bien, pero me parece que en este momento tenés que pensar solo en lo que te hace bien a vos. Yo no veo que te hayan quedado cosas pendientes con él, así que si no querés verlo me parece bien.
Elena:
Tenés razón, le voy a contestar que tengo muchas cosas que hacer, que cualquier cosa me mande mail.
Adrián:
Bien. Hacé lo que te sirva.
Elena:
Che, ¿me vas a cobrar por esto? ¡Dame el alta, no seas careta!
Adrián:
Si no estás en el diván no te cobro. ¿De verdad querés que te dé el alta?
Elena:
Sí, termina el año, quiero cambiar de terapeuta, vos ya sabés demasiado de mí.
Adrián:
Te propongo que tomemos un café la semana que viene y hablemos mejor, ¿te parece?
Elena:
En el consultorio.
Adrián:

No, te llamo y nos encontramos en algún lugar.
Elena:
¿Pero se puede tener la sesión en un bar?
Adrián:
No…

Elena:
Upa… esto es medio raro para mí eh, y probablemente poco ético..
Adrián:
Si te doy el alta se va el problema de la ética.
Elena:
¡Extorsión! ¡Entonces dame el alta!
Adrián:
La semana que viene.
Elena:
Hecho, pero pagame el jugo, que sale 14 pesos.

Lo peor que tiene mi vida es que es un quilombo.