Hace unos días que el Chango dejó de llamar. Tampoco manda mails ni mensajes de texto. Mejor Amiga está dando sus primeros pasos en la horrenda aventura de la convivencia, Maxi es mi alma gemela y Adrián… bueno, Adrián está loco.

En mi casa nueva, claro, no hay vestigios de ningún hombre; ni señales de que su única habitante viene de una vida diferente y compartida.

Todo lo que me rodea es nuevo, o bien completamente mío. Están mis libros, mis tazas floreadas que todos odian porque no entienden nada, mis muebles disímiles, mi filtro de agua (el agua de capital es bien fea), mi florero de vidrio naranja, mi pila de revistas que no me decido a tirar y mi gata con su camita acolchada. Y todo eso convive en un lugar que para mí es a estrenar aunque esté todo hecho mierda, con olores y ruidos que no había escuchado antes.

Acá no me conoce nadie, ni saben que yo antes era “la mujer de”. Cuando me saludan no me preguntan por “mi marido”, ni quieren saber si “estoy bien”, o si “estoy más tranquila”.

Los albañiles, que todavía no terminaron de arreglar los caños de la cocina, me preguntan si antes vivía con mis padres y si tengo novio. La encargada me dice “nena” y no “señora”.

Me parece que, ahora sí, ya puedo empezar de nuevo. Lo único que me queda es terminar este blog. ¿Me bancan?