En un momento saqué la vista de la vidriera de la enésima zapatería en la que me había parado y miré hacia adelante. Entre toda la gente estaban Jul y el Chango, abrazados, riéndose como chicos. Si hubiera habido sol, seguramente los habría iluminado como si fueran los amantes más bellos del mundo y estuvieran protagonizando un corto o una publicidad de gel íntimo.

No había tenido ganas de volver a casa a un montón de caños rotos. En su lugar, había agarrado Santa Fé para dar una vuelta antes de encerrarme a adelantar laburo.

Había dejado que las gotas gordas y calientes de la lluvia de esta época del año me mojaran el pelo -en realidad no entiendo por qué la gente se asusta tanto cuando llueve… ¡Es agua!- y estaba a cara lavada, con la ropa de todos los días.

Seguí caminando y cuando los crucé les sonreí tranquila y los saludé sin aminorar la marcha.