La semana pasada me encontré con Adrián en el bar del otro día para ver qué mierda quería. No me quiso dar turno en el consultorio, así que me imaginé que me daría el alta. Pedí otra vez el jugo de precio escandaloso y lo esperé unos minutos hasta que llegó, lookeado  muy canchero y bañado en desodorante.

Elena:
Te escucho.
Adrián:
Eso lo tengo que decir yo.
Elena:
No estamos en el consultorio ahora, así que cuando quieras…
Adrián:
Bueno, dos cosas, una es que te tengo que dar el alta.

Elena:
¡Vamoooooooosssss! Te dije que ya estoy bien, no sé por qué no me creías. ¿Cuál es la segunda?
Adrián:
La segunda es que no es ético que pase nada entre nosotros porque vos fuiste mi paciente.

Elena:
Ay no, ¿y ahora qué hago? ¡estoy enamorada de vos desde siempre! ¡Por eso me sirvió taaaanto la terapia!
Adrián:
No seas sarcástica, Paoloni. Te estoy hablando en serio, como tu ex terapeuta y después de reflexionar como profesional.
Elena:
Bueno, contame para qué me querías ver, ahora que ya me diste el alta.
Adrián:
Para charlar más tranquilos, sin el diván.
Elena:
Pero yo amigos ya tengo… necesitaba un terapeuta.
Adrián:
Lo sé, pero sucede que yo me encariñé con vos y ya no puedo ser objetivo ni profesional. Y me parece que ahora tenés muchas herramientas para ser una gran interlocutora.
Elena:
Ok. Ahora sí, te escucho.

¿Me parece a mí o me estoy llenando de amigos? ¿Alguien más me quiere invitar un jugo?

(?!)