Desde que empezó el año que lo único que hago, además de quejarme porque tengo trabajo atrasado, es dormir. A pata suelta, siete horas de corrido y con la gata ronroneándome al lado. Por eso no escribí. ¡Porque estaba durmiendo!

El otro día, en una reunión de trabajo pero con amigos:

Amigo1:
…entonces la mina lo persigue, lo amenaza y lo vuelve loco, mi amigo no sabe qué hacer porque esta mina es jodida, entendés.
Amigo2:
No hay nada peor que una mujer despechada. A mí me pasó, posta que tenía miedo. Locas de mierda.
Amigo1:
Igual, en algún momento se les pasa, ¿no?
Elena:
No.
Amigo2:
Vos callate, vos sos la más despechada del mundo pero no te bancás que haya hombres despechados por vos.

Elena:
¿De qué hablás?
Amigo2:
Sos la más despechada del mundo y encima te la pasás haciendo reclamos y quejándote y odiando a todos, pero cuando te hacen un reclamo a vos te volvés loca y decís que son todos unos desubicados.
Elen:
Nada que ver. Primero que a mí nadie me reclama nada. Y segundo que, si alguien me reclamara algo, yo analizaría si se trata de un reclamo pertinente y, de serlo, le haría lugar. Ahora, si es un reclamo pelotudo o sin sentido, que se mate.
Amigo2 (a los gritos):
¡Y cómo vas a saber eso si tenés la objetividad de un simio!

Simio o no, es cierto que no hay nada peor que una mujer despechada, y que, por lo menos en mi opinión, si los odiás, los odiás para siempre.

Para.

Siempre.

Aunque en algún momento te olvides, te queda el odio inconsciente.

Lo peor que hice como despechada fue publicar en una red social el nombre real de la amante del Chango. Por supuesto que a nadie le importó un pomo y no tuvo ninguna repercusión, pero me hubiera gustado que le pasaran cosas horribles a ambos. Igual no paso nada, obvi, y yo quedé como una desequilibrada. Y bueh, cosas que pasan.

Pero no me olvido.