Primero configuré mi cabeza en “modo cita”.

Objetivos: lograr el máximo glamour sin que se note. Minimizar evidencia de rollos y adiposidad localizada. Activar filtro verbal y suprimir el uso de malas palabras.

Después de ducharme y encremarme el cuerpo, elegí lo que me iba a poner. Tenía que ser algo que me hiciera flaca, sobrio pero juvenil, canchero pero no ridículo, sexy pero sutil. Revolví todo el placard, cosa que me resultó muy sencilla porque ya tenía toda la ropa afuera de todos modos, hasta elegir algo que más o menos me convenció. Esta operación me llevó al menos 45 minutos.

Elegí el único conjunto de ropa interior que todavía no tiene agujeros ni está desteñido (la vida en pareja me dejó como saldo una bolsa de culottes estirados y corpiños de algodón estampados). Chequeé que no tuviera bigotes, emprolijé mis cejas y me pasé la eléctrica por los pies porque tengo pelos ahí también, posta.

Después me até el pelo en un rodete casual, me maquillé con cuidado (45 minutos más), me puse medio litro de perfume y salí a la calle, convencida de que era una cruza de Zooey Deschanel con Nancy Duplaá.

Paré el primer taxi que pasó, que tenía la Aspen al mango. Cantamos “Eternal Flame” a coro con el señor, que cuando me bajé me  dijo “Chau, princesa, cuidate, que la pases lindo”.

“Esta va a ser una gran noche”, pensé, y toqué timbre.

Mientras esperaba que él me abriera, sentí un retorcijón horrible en la panza.

Y me indispuse.