La vida con príncipe azul
Tomarse un tiempo es lo mismo que estar separados.
Uno no sabe qué es lo que va a pasar, ni tiene idea de si va a volver a estar con la otra persona o si en ese “recreo” se dará cuenta de que no quiere intentar de nuevo porque ya no siente lo que sentía antes.
No importa que uno crea que es definitivo, o que albergue esperanzas secretas de reencontrarse y de que todo funcione esta vez, porque sencillamente ninguno de nosotros tiene la bola de cristal.
La cuestión es que en ese tiempo uno está solo.
Para poder pensar, para tomar distancia y entender mejor qué es lo que salió mal y decidir si quiere o puede arreglarlo; pero también para comer, para dormir, para ir al cine, para salir a caminar, para ir a un cumpleaños, para escuchar música y mirar televisión, para armar proyectos y… vivir mientras tanto.
Y desde luego, además de solo, uno está disponible, le guste o no. Esto quiere decir que en cualquier momento se nos puede presentar una situación que nos ponga a prueba.
El otro día en el consultorio de Adrián me encontré con el chico pintón de la otra vez. Esta vez él salía de su sesión y yo estaba entrando tarde, apurada y llena de bolsas de remeritas escotadas que me había comprado por si en algún momento tengo una salida o una fiesta y porque eso es lo que hacen las chicas solas: se compran cosas.
Prácticamente me lo llevé por delante.
Chico pintón:
¡Hola! Recién terminé así que no estás llegando tarde, no te preocupes.
Elena:
¡Hola! ¡Es que tenías mucho de qué hablar porque el otro día te quedaste sin sesión!
Chico pintón:
Pero valió la pena porque así no te fuiste tan tarde a tu casa, además seguro estás más loquita que yo.
Elena:
¡Eeeh, tanto se me nota!
Chico pintón:
Nah, mentira… che… ¿te puedo invitar a tomar un café?
Y ahí me tuve que poner a pensar.
¿Adrián o el chico pintón?
¿Cuál es la manera más rápida y efectiva de superar una separación? ¿Cuál es el conjunto de actitudes y actividades que nos llevarán a reunir las energías necesarias para emprender una nueva etapa?
Para mí esto es nuevo. Estoy aprendiendo a vivir sola e intentando encontrar todo lo que perdí en estos años de pensar por dos, entender qué es lo que quiero. Y claro, a veces me desoriento.
Así que decidí consultar con dos amigos que han pasado por rupturas sentimentales acerca de cuál es el mejor modo de salir de esta etapa para poder ver con más claridad hacia dónde debo ir.
“Es como decimos siempre, tenés que recuperar espacios. Andá al cine, reunite con amigos. De a poco andá saliendo de tu escondite. Escuchá discos que te gusten, leé libros que nunca tuviste tiempo de leer, dedicate a vos, arreglate. Hacelo de a poco, pero ponete como meta cumplir con pequeñas cosas. El tema pasa por estar en paz con vos misma, aprender a relajarte, concentrarte en lo que te hace bien y dejar que el resto fluya. Es un proceso interno”, me aconsejó Juanjo, mi compañero de laburo más zen.
Charly, en cambio, me dijo algo un poco diferente: “Mirá, es muy fácil. Primero te emborrachás hasta quedar idiota. Después tenés sexo con gente. No preguntás nombres. Te despertás desnuda en cualquier lado. Seguís sin preguntar nombres. Te drogás y volvés a tener sexo, y cuando te aburrís de todo eso, te volvés a emborrachar. Seguís así hasta que haya pasado tanto tiempo que no te acuerdes por qué habías empezado a coger, tomar y drogarte, y ya está, ¡estás curada!”.
Me pregunto a cuál de los dos debería hacerle caso. ¿Introspección o descontrol? ¿Meditación o faso rico? No sé qué es lo que más conviene; lo cierto es que las dos corrientes tienen puntos fuertes a favor. Es importante cuidar nuestro interior y hacer las paces con nosotros mismos, pero igualmente de esencial es divertirse hasta el límite sin pensar tanto, dejarse ir.
De todas maneras, mi duda es otra. ¿Cómo me voy a dar cuenta de que el tratamiento está dando resultado?
“Es muy fácil“, sentenciaron los dos sin titubear. “Vas a estar curada cuando puedas volver a ver Lost”.
from: Elen <elen@elen.com>
to: Chango <chango@taradoboludo.com>
date: Thu, Mar 26, 2009 at 3:30 PM
subject: Estúpido
No iba a decir nada pero me parece una falta de respeto que te hayas cambiado el estado en facebook. ¡UN TIEMPO no quiere decir que te tenés que poner soltero en facebook! ¿Qué querés hacer, salir con gatos? ¿Ponerla en cualquier lado? Me podrías haber consultado, ¿no?
Para que sepas, yo también me puse como soltera, a ver si te gusta, y decile a Estela que no lo intente más, ¡no tenés arreglo!
¡Gil!
from: Chango <chango@taradoboludo.com>
to: Elen <elen@elen.com>
date: Thu, Mar 26, 2009 at 3:52 PM
subject: Inestable emocional
¡Eeeeeh tanto lío por eso! Ya sabía que te ibas a enojar, quería ver si te lo ponías vos también y veo que sí, atorrantitaaaa.
Además no entiendo qué quiere decir “un tiempo”. ¿Qué tengo que hacer en ese tiempo? ¿”Un tiempo” no es un tiempo separados y que cada uno haga la suya? Porque si no, no le veo el sentido. ¿Para qué quiero estar igual que con vos pero sin vos? ¿Cuándo nos vamos a sentar a hablar? ¿Mucho tiempo más vamos a estar haciendo de cuenta que estamos pensando? Yo no estoy pensando, yo quiero estar con vos.
Te extraño, ¡quiero hablar sobre los últimos capítulos de Lost, qué zarpados!
from: Elen <elen@elen.com>
to: Chango <chango@taradoboludo.com>
date: Thu, Mar 26, 2009 at 3:58 PM
subject: ESTÚPIDO!
visteLost!?!
En pleno siglo XXI, las pruebas fehacientes de que una se ha separado nada tienen que ver con discutir por un mueble, tirar un cepillo de dientes a la basura o ir sola a una reunión de consorcio.
Tampoco son claros indicadores de la ruptura los gritos e insultos, haber guardado los portarretratos en algún lugar poco visible ni mucho menos ocupar los dos lados de la cama sin pudor.
Todo eso es vago y trivial comparado con los tres signos indiscutidos de que estás soltera otra vez:
1) Él te bloqueó en el gtalk y en el msn.
No sabés cuándo está conectado, así que entrás y salís de los mensajeros instantáneos y del mail a toda hora. Lo peor es el sábado a madrugada, porque si estuviera online por lo menos significaría que no salió a reventar la noche con alguna atorranta o, peor, con la manga de ebrios sin remedio a los que llama cariñosamente “los chicos”.
2) En los SMS te pone quién es.
Asume que, como ya no es tu pareja, no tenés por qué tenerlo en la agenda del celular y entonces te aclara que es él el que te pregunta si le llegó la factura del celular a tu casa, como si hubiera otros cinco o seis tipos con los que compartías domicilio, o como si no te supieras su número de memoria.
3) Cambia su estado en Facebook.
“Chango figura ahora como soltero/a“, aparece en la pantalla. El oráculo ha hablado. Por si te quedaba alguna duda: estás sola.
La relación nuera-suegra es una de las más complejas en lo que a vínculos humanos se refiere. Desde el principio se constituye como una lucha territorial tácita, que se desarrolla en silencio, cubierta por un manto de cordialidad que muchas veces es genuino, pero otras es fingido con esfuerzo.
La verdad es que nunca tuve problemas con mi suegra, más allá de los celos esperables de su parte porque yo le robé al nene, y de la mía porque el nene dice que nadie amasa fideos y plancha camisas como mamá.
De todas maneras, imaginé que estos días serían vividos por ella como una vuelta al paraíso. El retorno del Chango sería una fiesta y ella lo taparía de atenciones. Le llevaría el desayuno a la cama, lo dejaría cambiar de canal cuantas veces quisiera y le haría sus platos favoritos todos los días.
Quizás ella haría uno o dos comentarios sobre lo tonta que fui al dejarlo ir, y le aseguraría a su hijo que ya encontrará una mujer mejor, pero eso sería todo: sólo se dedicaría a disfrutar de la compañía de su bebé.
Sin embargo, anoche me sorprendió un llamado de Estela a las 12:20:
Estela:
Elena, habla Estela ¿dormías?
Elena:
Hmmmno, hola Estela! ¿Cómo le va?
Estela:
Y, más o menos, ya no sabemos qué hacer acá, no podemos dormir, se ve que nos desacostumbramos…
Elena:
¿Al calor?
Estela:
De qué calor me hablás, querida, te digo por los ronquidos del nene, no lo podemos parar con nada… antes de ir a vivir con vos no era así.
Elena:
Era peor, Estela, pasa que perdieron la costumbre.
Estela:
Bueno, ¡decime qué le doy!
Elena:
Mire, lo que usted tiene que hacer es, para empezar, no darle mucha comida a la noche. Fíjese que no se hinche tomando gaseosa, dele jugo, y tampoco lo haga cenar muy tarde porque se va a dormir con la
panza llena y es peor. Después, mientras duerme, si usted ve que ronca mucho, lo que tiene que hacer es ponerlo de costado y hacerle unos mimitos en el cuello y en los hombros, pueden ser unos masajitos o unas caricitas porque con eso él se relaja y empieza a roncar menos. Y ahí ustedes tienen que aprovechar y dormirse porque al rato empieza de nuevo con los ruidos y ya es imposible. Ah, y dele una manzanilla o un tilo antes de dormir, para que descanse mejor. Si no, otra cosa que puede hacer es darle una golosina o un café para que tarde en dormirse y les dé ventaja a ustedes para acostarse primero, eso también funciona.
Estela:
Bueno, vamos a ver qué pasa… si no te lo vamos a mandar de vuelta. ¡Cuando quieras lo podés pasar a buscar!
Cuando una se queda sola es inevitable sentirse abandonada. No importa el cariño que nos brinden nuestros amigos o nuestra familia, ni todas las veces que nuestras madres nos llamen para ver cómo estamos y si estamos comiendo bien; la sensación de desamparo es tal que nos come por dentro y nos hunde en un pozo negro del que cuesta mucho salir.
Pero allí donde la gente que queremos no puede llegar, en ese lugar profundo de nuestra psiquis que intentamos ocultar porque nos suele jugar malas pasadas, ahí es donde tiene que estar nuestro terapeuta, firme y atento porque ese es su trabajo y todos tenemos que hacer bien nuestro trabajo.
Él nos recordará que no hay que sobreexigirse ni sobreexigir a los demás, que la sensación de absoluta soledad es sólo producto de la ruptura reciente y que hay mucha gente que está dispuesta a cuidarnos y a hacernos compañía. No estamos solos, nos dirá, siempre, y nosotros nos sentiremos un poco mejor.
Bueno, esta semana Adrián me dejó plantada.
Llegué al consultorio con lágrimas en los ojos porque había visto un chico con una chomba igual a una que le había regalado al Chango el año pasado y mi profesional de la salud mental no estaba.
En su lugar me abrió la puerta un muchacho muy buenmozo de treintaypico, que me dijo que él estaba esperando hacía media hora y el terapeuta aún no había llegado. Tenía mucho pelo, negro, muy bien cortado, ojos del mismo color y una camisa celeste limpia. El cinturón le combinaba con los zapatos y su nariz era chiquita y recta. Además, me pareció que olía rico.
Me sequé lo que me quedaba de mocos y bajé con él en el ascensor.
Chico pintón:
¿Te atendés con Adrián?
Elena:
Sí.
Chico pintón:
Aaah, ¿y hace mucho? Porque no te había visto antes.
Elena:
Es que cambié el horario, sí, hace 10 meses más o menos…
Chico pintón:
Mirá vos, bueno, no creo que Adrián tarde mucho más, se debe haber demorado pero vamos a hacer así: Yo ahora me voy, porque si me tiene que atender a mí antes que a vos vas a tener que esperar un montón. Prefiero que vos tengas el turno en el horario que te toca y nos vemos la semana que viene. ¿Venís la semana que viene?
Elena:
Sí, claro, tengo turno a esta hora todos los miércoles. Gracias, qué caballero.
Chico pintón:
No, por favor, espero verte entonces, ¡suerte!
Pensé en lo ridículo -y riesgoso- que sería conocer a alguien en el consultorio del terapeuta y me senté en la vereda a esperar, más sola que nunca, a que llegara Adrián a solucionarme la vida.
No llegó.
Mientras caminaba a la parada del colectivo me volví a cruzar con el sujeto de la chomba y extrañé al Chango tanto, tanto… pero esta vez no lloré. Si no estaba Adrián para decírmelo, me lo iba a recordar a mí misma: no estoy sola.
Elena:
¿Compramos helado y miramos A Chorus Line?
Amiga:
Uf, dale que hoy mi jefe me preguntó si yo era distraída o estúpida. ¿Vos cómo estás?
Elena:
Bien. ¿Puede ser que me haya tirado onda un pibe en el consultorio del terapeuta?
Amiga:
Sí. Hay helado de alfajor, ¿sabías?
Cuando alguien se separa, enseguida recibe recomendaciones de quienes se preocupan. “Hacé cosas que te gusten“, “no te quedes sola“, sentencian con las mejores intenciones, aún a sabiendas de que uno ya está perfectamente al tanto de que es eso lo que tiene que hacer.
Pero sin dudas el consejo que más seguido nos regalan nuestros seres queridos es “tratá de recuperar tus espacios“.
En mi caso ya no me acuerdo de cuáles son esos espacios o mejor dicho, todo es espacio. Todo es grande y está vacío. La casa sigue estéril como si ni siquiera yo viviera en ella y la cama sólo se deshace de un lado. La heladera está repleta porque nadie devora todo a su paso y hace semanas que no enciendo el horno ni como un plato de comida caliente.
Mi vida entera estaba amalgamada con la del Chango, y todo giraba de alguna manera en torno a él, desde el horario de mi curso de francés y qué sábado del mes salía con mis amigos hasta los zapatos que usaba, porque a él le gustan las chicas prolijas; pasando por las incalculables cuestiones de logística que hay que tener en cuenta cuando se convive. Ahora, después de cuatro años de tenerlo presente cada minuto, la separación es un hecho y ya no corresponde pensar en él.
“Pensá en vos“, dicen.
Intenté entonces empezar por algo de eso. Hice un esfuerzo, pero esto es lo que resultó:
07:30 - Me levanto y desayuno.
08:00 - Me fijo si hay cosas para lavar. Hay dos bombachas y una musculosa así que no lavo.
08:30 - Me acuerdo del olor de las remeras del Chango y lloro.
09:00 - Voy al gimnasio.
10:00 - Me acuerdo de cuando el Chango me esperaba a la salida de la clase y lloro.
11:00 - Tomo mate de yuyos mientras trabajo en casa, sin bañarme.
13:00 - Voy a la heladera. Agarro un pedazo de pizza fría y lo como parada,directamente del tapper. Dejo un pedazo mordido sobre la mesada.
14:00 - Lloro y sigo trabajando.
15:30 - Me hago un baño de crema y miro fotos de otros en facebook.
16:00 - Hago un break. Salgo a mirar vidrieras y compro una ropita que no necesito.
17:00 - Retomo el trabajo. Hablo con amigos y lectores sobre cuánto amo y extraño al Chango.
19:00 - Tomo té de tilo desnuda mientras miro una comedia romántica en cinecanal.
20:00 - Me doy un baño de inmersión y lloro porque sí.
21:00 - Hablo a los gritos con mi madre sobre lo mucho que se debe cuidar Cristina Kirchner en las comidas.
22:00 - Ceno compota de ciruelas y vino frente a la PC, adelantando trabajo.
23:00 - Voy al kiosco en ojotas y compro un helado Tofi. Lloro y como en la cama.
24:00 - Miro Seinfeld y me acuerdo del Chango. Lloro.
02:00 - Miro “Animales extremos” y me agarra miedo. Uso las dos almohadas.
02:30 - Lloro y me duermo
Después de varios días de esta rutina es evidente que recuperar los espacios no tiene que ver solo con dormir en diagonal, mirar programas de moda hasta las dos de la mañana o hacer pis con la puerta abierta, sino más bien todo lo contrario.
Recuperar los espacios significa apropiarse de todo lo que hay ahí afuera y que no veíamos porque estábamos muy ocupados dentro la cápsula en la que se puede convertir una pareja. Para encontrarse con uno mismo hay que encontrarse con el mundo, parece, y estar preparado para sentir cosas nuevas.
Aunque es doloroso tener la posibilidad de estar bien sin el otro, es algo que nos debemos a nosotros mismos, así que después de llorar sobre la leche derramada tooodo el tiempo que sea necesario, hay que pasar un trapo con pinolux y seguir adelante.
Eh…
No sé por dónde empezar.
Con el Chango siempre bromeábamos acerca del entonces lejanísimo momento de la separación.
Como la repartija de bienes es un momento tan desagradable, de esos que incluyen discusiones, insultos y golpes bajos por default, habíamos decidido establecer de antemano quién se quedaba con qué una vez que nuestro amor hubiera naufragado.
El DVD sería para él, junto con sus libros y las películas originales que hubiera adquirido antes y durante el concubinato, mientras que yo haría lo propio con mis objetos culturales, la cafetera, el revistero, todos los objetos del hogar -floreros, vajilla- y todas las películas copiadas, independientemente de quién fuera el propietario inicial.
Pero cuando armamos el testamento de nuestra relación todavía éramos muy novatos y no pensamos en ir actualizándolo a medida que incorporáramos nuevas posesiones.
Así que, hecha la división, Félix y sus hermanitos se quedaron conmigo. Trato de cuidarlos lo más amorosamente posible. Los riego, a veces los saludo y les pregunto cómo están y les hago mimitos, pero creo que extrañan a su papá tanto como yo.
A Félix ya no le nacen brotes nuevos, la menta tiene un día bueno y tres malos como si estuviera en plena adolescencia y la salvia exhibe todas sus hojitas para abajo como si fuera un mini sauce.
El único que parece estar contento es el orégano, que en un ataque de ira juvenil le comió las raíces al tomillo y le chupó toda la energía. De hecho tuve que cambiar a este último de maceta para ver si sobrevivía pero creo que no tiene salvación. Está casi completamente seco, y como si eso no fuera desastre suficiente, ahora el Chango me reclama la tenencia.
Chango:
Quiero pasar a buscar a los chicos.
Elena:
No, no podés, los estoy cuidando yo.
Chango:
Pero son míos también, ¡tengo derecho!
Elena:
No, no tenés derecho porque no vivís más acá y la que los cuida ahora soy yo, que soy la madre.
Chango:
Pero yo era el que los cuidaba antes, ¡vos ni siquiera sabés cuándo hay que regarlos!
Elena:
Sí que sé.
Chango:
Ah ¿sí? A ver, decime cómo está cada uno.
Elena:
….bien, muy bien, están todos sanísimos.
Chango:
Mentís, decime qué pasó.
Elena:
¡Nada! ¿Por qué tiene que pasar algo?
Chango:
Ufff dale, que vos sos muy buena administrando el hogar pero de plantas no entendés un pomo, decime, ¿le pasó algo a alguno?
Elena:
Bueno… el tomillo está muy mal, todo seco… no sé qué hacer, me fijo que siempre tenga la tierra un poco húmeda pero hace días que está así. No sé si se murió o puede rebrotar en algún momento.
Chango:
¡Cómo pudiste! Mirá, decí que si me los traigo a lo de mamá se los comen los perros, sino me iba ya mismo hasta allá a rescatarlos. Cuidalos mejor, ¿sí? Y me decís cómo evoluciona el tomillo, ¿por qué no googleás y te fijás cómo hay que cuidarlo?
Elena:
Ya lo hice pero no entendí nada. Quedamos en que no íbamos a hablar por un tiempo y no está funcionando…
Chango:
Ya sé, pero los chicos son un tema aparte, siempre vamos a estar en contacto, aunque sea por ellos. Además, quiero pasar a visitarlos, y de paso hablamos, pero todavía es muy pronto. La semana que viene ¿te parece?
Elena:
Sí, espero que el tomillo mejore… sino, ya que está seco, le saco las hojitas y las pongo en un especiero.
Chango:
¡Salvaje, lo dejaste morir! Te diría de todo, pero te tengo que dejar porque mamá ya hizo la comida y no le gusta que tarde mucho en ir a la mesa. Igual, te digo una última cosa y no quiero que te sientas mal pero… tratá de acordarte de cuál era el proyecto original y reflexioná un poco sobre tu comportamiento. Yo estoy aprendiendo sobre limpieza y vencimientos de facturas y estoy ayudando en la casa de mi mamá, el otro día lavé la ropa y la colgué… ¿Y vos? ¿Qué estás aprendiendo? El que mucho abarca, poco aprieta, no te olvides. Besos, mi tetoncita, te quiero mordisquear toda.
Ups…
Maldito Chango racional.
Ya pasaron los primeros días sin el Chango.
La casa está impecable y en silencio. No se junta ropa con olor a chivo en los rincones, ni se acumulan vasos sucios o platos con cáscaras de queso mar del plata y migas de galleta.
Sobra la comida, duran el detergente y el shampoo, el jabón siempre está en su sitio y el inodoro nunca queda perdiendo.
Es aburrido y lloro.
¿Cómo llegué hasta acá? Ahora que él no está, todo el tiempo se me ocurren cosas divertidas para hacer… con él, y hay programas buenísimos para ver juntos en la tele.
Elena:
Hola, te extraño.
Chango:
¡Yo también!
Elena:
Puse una pila de ropa en la cama para que ocupe tu lugar y mientras duermo la abrazo, pero no me toca la cola.
Chango:
Yo me quedé sin papel higiénico y tuve que ir a comprar y ya era tarde, estaba todo cerrado, ¡en casa siempre había más rollos! Y quiero charlar con alguien mientras estoy en el baño y no hay nadie.
Elena:
Bueno, pero yo tenía cara de culo porque era la que los iba a comprar a los rollos.
Chango:
No mires películas con otros.
Elena:
¡Vos tampoco! Tengo un quilombo en la cabeza… cuando hablamos así no me acuerdo por qué estamos separados.
Chango:
A mí me pasa lo mismo, pero acordate de cómo nos peleábamos, de las caras de orto, de todas las veces que nos fuimos a dormir sin hablar, de los celos… era una mierda eso.
Elena:
Sí, tenés razón. Tenemos que hacer este corte porque todavía no estamos listos para intentar de nuevo.
Chango:
Quizás no tendríamos que hablar, por un tiempo.
Elena:
Voy a tratar.
Chango:
Bueno, pero antes, ¿me explicás algunas cosas?
Elen:
¿Como qué?
Chango:
Cómo se hace el pastel de papas, con qué se limpia la pileta del baño y qué marca de yerba tengo que comprar para que no tenga mucho polvo, quiero aprender todas estas cosas.
Elena:
Bueno, agarrá la birome. Yo quiero aprender a no sentirme la dueña de la sabiduría y a saber delegar.
Chango:
Ay pero… ¿No me lo podés mandar por mail que estoy acostado y no tengo ganas de ir a buscar para anotar?
Hicimos lo que teníamos que hacer.
Cuando una pareja toma la decisión de separarse es muy fácil echarse atrás.
Inmediatamente después de haber llegado a la conclusión de que no se puede seguir empiezan las dudas. ¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Estoy dejando que los problemas de la vida arruinen mi relación? ¿Por qué cuando vamos de vacaciones somos tan felices y acá no nos podemos ni ver? ¿Y si conoce a otra? ¿Deberíamos tratar de nuevo? ¿No tendría que ser el amor lo más importante?
Mientras el chango ponía sus libros en cajas yo me hacía todas esas preguntas. Como siempre, estaba poniendo en tela de juicio la determinación que habíamos tomado juntos y me había puesto a pensar que quizás no era necesario pasar por esto. ¿Y si nos poníamos las pilas otra vez?
No. Si estábamos en este punto ahora era por algo y había que respetar lo pactado. Era lo mejor. Cortar por lo sano.
En un momento nos abrazamos y él me besó mientras a mí me estallaban lágrimas de los ojos, y creí que él me diría que esto no era una buena idea, que somos el uno para el otro y que sí, vamos a llegar a viejitos juntos y vamos a tener un patio lleno de alegrías del hogar y perros que se las coman.
Eso no pasó. Él siguió acomodando sus cosas y después cargó el auto sin decir nada. Hasta que no arrancó el motor no caí en la cuenta de lo que de verdad estaba pasando. Me separaba del Chango, que es mi otra mitad, mi compinche, mi camionero hediondo y mi príncipe azul y ahora se estaba yendo a casa de su madre como un exiliado que acepta su destino con resignación.
Cuando me quedé sola lloré y lloré algunas horas hasta que se hizo de noche y la cara me empezó a arder. Me acordé de que no comía desde el día anterior y fui al freezer en busca de alguna de las 20 viandas que tenía preparadas para los tappers del mediodía que ya nadie se iba a llevar al trabajo.
No había nada. Y tampoco había tappers en la alacena, dicho sea de paso.
Como si me hubiera leído la mente -años de comer a la misma hora habían sincronizado nuestros estómagos-, el Chango me envió un SMS:
“Me llevé la comida para no morirme de hambre… y para no extrañarte tanto. Besos gigantes.”
Y me puse a llorar otra vez.
Basta de blogs de ingratas minas solas. ¡Estar felizmente en pareja es mucho peor! elenapaoloni@gmail.com