La vida con príncipe azul
Chango:
…
Elena:
…
Chango:
Es que no sé si ese es el punto.
Elena:
Cómo, no entiendo. Para mí es fácil. Si vos me amás, podemos seguir para adelante, buscar una solución. Pero si a vos ya no te pasa nada conmigo y estás aburrido, no sé qué podemos hacer.
Chango:
Es que no funciona así. Mirá, no nos estamos llevando bien, no la pasamos bien, no podemos hablar como antes ni coger como antes… ¿Cómo voy a saber si te amo?
Elena:
… bueno… si tenés ganas de seguir intentando es porque me amás, supongo… y si no le ves el sentido es porque ya fue.
Chango:
¿Y a vos que te pasa?
Elena:
Yo ya te dije, estoy cansada. Pero no es que esté cansada de vos… a veces solamente necesito que me abraces y que me digas que todo va a estar bien, que las cosas se van a ir solucionando, que vamos a tener mejores laburos, que nos vamos a poder mudar, que sólo hay que pasar esta etapa que es mala pero que todo va a mejorar… y cuando te busco veo que estás en otra cosa, pensando en tus amigos o en tu familia, en tus proyectos, es como que a veces ni te das cuenta de que estoy ahí. Te comés la comida como si te cayera del cielo. La hice yo la comida ¿sabés? Y para comprarla tuve que aguantar que mi jefa me dijera que soy una inútil y que me borrara el laburo de una semana. Yo sé que es un embole la rutina, sé que te gustaría que las cosas fueran más excitantes, pero estoy haciendo lo que puedo.
Chango:
Bueno pero yo no veo eso. Yo veo una persona que está muerta por dentro, aburrida, que no tiene ganas de hacer nada… ¡yo también tengo problemas pero coger quiero igual! Vos a veces ni te sacás el jogging, es como que ni te interesa…
Elena:
Perdoname, el jogging me lo pongo a las 11 de la noche, hora a la que vos llegás porque todos los días tenés que hacer algo, hasta esa hora estoy con ropa de calle, peinada y pintada para ver si me decís que estoy linda, aunque ya nunca me decís nada.
Chango:
Sabés que siempre me parecés linda, no te lo tengo que andar diciendo. Pero no sé, hace mucho que estamos así. ¿Cuánto tiempo hay que esperar para darse cuenta de que uno se tiene que separar? ¿Cuánto es lo normal que tiene que durar una crisis? Qué se yo… ¿Es una crisis, es una etapa o es que no funciona? ¿La gente normal no coge? ¿Las demás parejas de qué hablan?
Elena:
Bueno, no sé, podemos ver qué nos pasa. Si querés nos tomamos un tiempo para extrañarnos y ver si tenemos un problema de amor o un problema de rutina.
Chango:
Bueno pero no podés estar con chongos, eh.
Elena:
Vos tampoco podés estar con chongas y ya sabés de quién te hablo.
Chango:
¡Pero tiene unas tetotas tan lindas…!
Elena:
Entonces nos separamos.
Chango:
No, bueno, hablando en serio… ¿de verdad querés que me vaya un tiempo?
Elena:
No sé… creo que si te vas me moriría.
Chango:
Nadie muere de amor, Elen.
Elena:
Sabés lo que quiero decir, tu presencia acá es muy fuerte. Yo sé que me quejo todo el tiempo pero si vos no estás… ¿Quién va a comer conmigo a la noche? ¿Quién me va a hacer reír? ¿Quién va a tapar el inodoro? ¿Para qué quiero esta casa, toda para mí?
Chango:
Yo si pienso en dormir sin vos me pongo a llorar.
Elena:
Pero a veces nos vamos a dormir juntos y ni nos hablamos. Por ahí si dormimos separados nos dan ganas de hablar y volvemos a encontrar lo que nos hacía querer ser novios, ¿no?
Chango:
Puede ser… pero también puede ser que no nos extrañemos y que no volvamos a ser novios nunca más.
Elena:
Es un riesgo que hay que correr, supongo.
Chango:
¿Querés correrlo?
Elena:
Sí. Pero si me entero que le tocaste las tetas te mato.
Elena:
Me gustaría hablar con vos…
Chango:
Sí, me imagino sobre qué.
Elena:
¿Sobre qué?
Chango:
Te sentís mal, estás agobiada en la relación, algo así, ¿no?
Elena:
Sí, bah, siento que perdimos un montón de emoción. No tengo ganas de hacer nada, estoy cansada siempre… no encuentro la manera de sentir lo que sentíamos antes cuando estábamos juntos, no sé cómo hacer.
Chango:
Hmmsí, yo también estoy agobiado. Te veo siempre con cara de culo, estresada, pero a la vez odio tener que perder el tiempo con cosas triviales como pagar una factura, me parece que dramatizás todo, no sabés pasarla bien.
Elena:
Y, en parte puede ser porque soy obsesiva, pero por otro lado siento que no estás en sintonía conmigo, que no nos podemos comunicar como antes.
Chango:
No fluye, es cierto. Está como forzado, no nos podemos relajar.
Elena:
Y, no, porque estamos todo el tiempo con la cabeza en otra parte, en los problemas de todos los días. La convivencia es difícil pero antes era divertido… ahora no, ahora es una carga pesada, no sé qué pasó…
Chango:
Nos fuimos alejando, a veces es como si fuéramos dos extraños, me parece.
Elena:
Pero ¿vos me seguís amando?
El amor nos pone tan tarados que solo podemos usar las metáforas más idiotas para describirlo.
Así que yo voy a tomar la de una de mis bandas favoritas de los noventa y sostener que el amor es como una montaña rusa.
Claro. Hay subidas lentas, picos de excitación, bajadas vertiginosas y pozos a partir de los cuales hay que volver a tomar impulso para seguir, siempre hacia adelante.
No estamos pasando por el mejor momento con el Chango, eso se nota. Me doy cuenta porque cuando nos vamos a dormir no nos damos besos por un rato largo antes de apagar la luz, ni hacemos cucharita hasta que él empieza a roncar y yo me tapo la cabeza con la almohada.
Y también se ve en otros detalles, como que no nos llamamos tanto durante el día ni nos hacemos mil preguntas mientras estamos cenando, y yo no me esfuerzo por mimarlo, ni él por darme una mano.
Pero no sé bien cómo encarar el tema. Sé que hay que hablarlo porque el diálogo es lo único que puede alimentar a una pareja en la que el amor no está en duda sino que está amenazado por la vida misma, aunque no tengo mucha idea de qué es lo que debería decirle, o qué pequeñas cosas hacer para que el carrito suba y termine este momento raro.
Siento que la rutina nos pasó por encima y la única palabra que se me viene a la mente es cansancio. Estoy cansada. Cansada de trabajar, cansada de tener obligaciones, cansada de meter cosas a presión en la agenda, cansada de hacer dieta e ir al gimnasio, cansada de la celulitis y las puntas florecidas, cansada de no tener auto, cansada de no poder sentirme sexy mientras me saco la ropa. Y no es culpa de nadie.
Las cosas tienen que cambiar, pero ¿cómo?
Porque lo cierto es que en algún momento el el paseo se termina, y hay que decidir si nos volvemos a subir, o si mejor cambiamos de juego…
Lo mejor de la pareja es el compañerismo. Es sentir que somos dos contra el mundo, un equipo invencible.
Con un compañero es más fácil ir a visitar a tu vieja, ir a casamientos familiares, hacer una dieta estricta, pelear en una reunión de consorcio, renunciar a un trabajo en el que te sentís mal o empezar un curso o una carrera nueva, porque hay alguien que está ahí para darte un empujoncito cuando tus energías se acaban y la voluntad comienza a flaquear.
Pero a veces en un equipo hay fracturas. Uno está más ocupado con cosas que le resultan más interesantes -menos rutinarias- y se corre un poco al costado mientras el otro queda desorientado, sin saber bien qué hacer y obligado a arreglarse solo.
Ayer a la tarde la lluvia hizo desastres en casa. Por la ventana del baño comenzó a filtrarse agua, que entraba a chorros y se extendía por el piso del pasillo sin pausa.
Después de un buen rato de secar con un trapo e intentar sellar la ventana con otro mientras seguía pasando el secador, pedí ayuda. Quizás mi coequipper no había visto lo que estaba pasando.
Elena:
¡Se está inundando el baño!
Chango:
¿Y qué querés que haga?
Elena:
… ¿me alcanzás otro trapo?
Chango:
No sé dónde están. Guarda que va a llegar el agua a la computadora y están todos los cables en el piso.
No dije nada y seguí limpiando. Ni siquiera tenía ganas de discutir, porque me pareció una pérdida de tiempo y el agua seguía entrando a mares. Puse toallones y repasadores para absorber los charcos, cerré todas las puertas y me tiré a mirar la tele.
Sigo sin ganas de sexo.
Creo que me voy a dejar de depilar. ¿Se usa el bigote, alguien sabe?
Elena:
Estoy tratando de tener ganas de coger y no me sale.
Terapeuta:
Ajá.
Elena:
Sí, yo todas las noches trato de mentalizarme, de entrar en contacto con mis sentidos, pero es imposible. Incluso me compré ropa interior nueva y una pollerita a cuadritos pero no tengo ganas de ponérmela… estoy muy cansada a la noche, me parece, pero a la mañana también estoy cansada.
Terapeuta:
¿Cansada de qué?
Elena:
Y… yo me levanto y voy a trabajar y estoy hasta tarde ahí. Odio mi trabajo. Después vengo a casa y hago el resto de los laburos que tengo por mi cuenta, y en el tiempo que me queda voy al gimnasio y hago las cosas de la casa y después ya se hace muy tarde… entonces yo estoy cansada de cocinar todo el tiempo y que él nunca me diga que está rico, porque además tengo que estar pensando que no come zanahoria, no come brócoli, no come berenjena, no le gustan las cosas del freezer y estoy un montón de tiempo cocinando y él después llega a la hora que quiere sin avisar y está todo frío y a mí no me gusta comer tan tarde porque acumulás más grasas. Además yo ya estoy cansada porque después del trabajo tuve que venir a limpiar el piso o el baño, y él nunca está en casa y nunca viene a las reuniones de consorcio porque lo aburren. Igual yo limpio el piso porque a mí no me gusta que élande descalzo sobre el piso sucio, él ni se da cuenta, lo que pasa es que no me gusta tampoco que venga a dormir con los pies negros. Y después por ahí se enoja porque el lavarropas hace ruido a la noche pero si no lavo a la noche después él no tiene calzoncillo o camisa para el otro día…
Terapeuta:
Entonces él es tu bebé, no tu hombre y por eso no podés verlo como objeto de deseo.
Elena:
Estás loco, qué desubicado, si seguís así no vengo más.
No hay nada peor que ir al supermercado el jueves con el 20% de descuento.
Es una experiencia horrible en que la certeza acerca de la propia mortalidad se materializa y nos sentimos presas de un sistema que nos castiga todo el tiempo. No solo hay que romperse el culo para procurarse el alimento, sino que además hay que ir a buscarlo a ese lugar que, estoy segura, fue ideado por una de las mentes más perversas de la historia.
Hordas de bestias sin control llenan sus changuitos con cartones de leche entera, sachets de yogur, kilos de queso cremoso, galletitas dulces y gaseosas ídem, bandejas y bandejas de carne, botellones de aceite, paquetes de fideos y todo tipo de productos considerados “familiares”.
Mientras, gritan todo el tiempo: “¡Jonathan, vení para acá! ¡Papá te va a pegar si no venís ya mismo! Y vos, boludo, ¡hacé algo, no ves que tu hijo hace lo que quiere! Andá a buscar las mayonesas, hacelfavor ¿Dónde está la abuela? ¡Jonathan, la concha de tu madre, dejá a tu hermana tranquila!!!”
Luego corren a la caja más cercana y esperan. Y esperan. Y esperan, dejando que los productos de heladera pierdan, inexorablemente, la cadena de frío.
En medio de esta odisea épica estábamos el Chango y yo la semana pasada, solo que en la caja rápida. Teníamos cinco o seis cosas que necesitábamos para esa noche. Detrás nuestro había al menos veinte personas en la misma situación hacía cuarenta minutos.
De pronto se nos acercan dos tilingas, de no más de 14 años, shorts cortísimos, tops que no dejaban nada librado a la imaginación y cara de borders sin remedio. En las manitas sostenían un bolsito rosa, un paquete de hebillitas y un paquete de caramelos sabor chicle globo.
Y cuando digo borders sin remedio lo hago con el fundamento que me otorga el hecho de que, de tooooooda la gente que allí había, hayan elegido al chango, negro, con cara de orto, bufando fastidiado, impaciente de esos que no pueden quedarse quietos en su lugar y alternan el peso de su cuerpo entre un pie y otro, transpirado y vestido con ropa deportiva, para pedirle un favor:
Nena adolescente 1:
Disculpáaa, ¿nos dejarías pasar, que tenemos esto solooo? ¡jiiji!
Chango (mira lo que tienen):
Pfffffffffffnaaananananana, volá de acá, me estás cargando, nena. Además, no me pidas permiso a mí solo, pedile a toda esta gente que también está esperando. Rajá de acá, andá a hacer la cola.
Las nenas salen corriendo, asustadas, y yo las sigo con la mirada. Detrás nuestro, el resto de los clientes del supermercado asienten con aprobación.
Señora:
Si hubiera tenido un sachédeleche vaya y pase, pero…
Señor:
Que vayan a hacer la cola, como todos nosotros.
Señora2:
Además ¡Esta es la caja rápida, todos tenemos dos o tres cosas! ¡cómo van a decir “esto solo”?
Señor2:
Estuviste bien, pibe.
Chango:
Gracias, chicos, gracias.
Cuando nos tocó a nosotros, la cajera nos saludó con simpatía y nos cobró enseguida. No se rompió el postnet, ni se quedaron sin bolsas. En 3 minutos estábamos afuera.
El Chango había dado un paso al frente y no se había dejado pisotear. Sentí que ese día se había hecho justicia y…
Chango:
Esperá… nos olvidamos de la masa de tarta.
Elena:
Si te callás te hago una casera.
Chango:
Hecho.
… y me fui a amasar.
20% my ass.
Cuando tenía más o menos 10 años solía decir que cuando fuera grande tendría una heladería. Nada me seducía más que la idea de tener ahí,cuando yo quisiera, ese manjar cremoso al alcance de la mano.
Me imaginaba llevando una dieta puramente compuesta por dulce de leche granizado (en los 80 no existía el noventoso súper dulce de leche), chocolate con almendras y frutilla a la crema, sin límites.
Más tarde comprobé que esta idea de volverse loco para siempre con algo que está disponible a todas horas es totalmente inviable, aunque a veces creo que el resto de la gente todavía no se dio cuenta.
Un amigo mío siempre decía que la convivencia era lo más parecido a vivir en la fábrica de Willy Wonka: Todos los días sexo, todos los días pete, todos los días tocar teta.
Pero la realidad no es así. Los primeros meses de concubinato los pasás revolcándote en la cama a todas horas, eso es cierto, pero luego esa frecuencia se va haciendo cada vez más menos hasta que, si tenés suerte, te hacés uno en la semana y uno o dos el finde, en general el domingo a la tarde. Eso es todo, la verdad sea dicha.
Las jornadas laborales inhumanas, los problemas domésticos, el agotamiento físico y la certeza de que “eso” va a estar ahí al día siguiente y al otro y al otro hacen que nos inclinemos por una hora más de sueño antes que por una sesión de tantra loco, porque total “mañana, cuando no esté tan cansada le pongo un poco más de onda…“.
Y no habría problema con eso, si no fuera porque en todos lados parecen bombardearte con el mensaje de que lo único que hay en la vida es el sexo, un culo redondo y jugoso listo para hincarle el diente, unas súper gomas apenas sostenidas por unos triangulitos de lycra y un constante deseo de estar en frenético contacto bucal con un pito como si se tratara de la última coca en el desierto.
Si bien todos los sexólogos del mundo -sean gorditas mediáticas, señores canosos parecidos a Héctor Alterio o ignotos laburantes- insisten en que no hay una frecuencia “normal” sino que depende de cada uno; lo cierto es que para nuestro entorno da la sensación de que lo normal es ser una ninfómana desesperada por calentar a cuanto macho se nos cruce en el camino, aunque siempre, siempre hay que ser la más trolita para el nuestro.
Hay que querer todo el tiempo, estar dispuesta a cada minuto y vivir para ello. Colgar fotos chupando helados en el flog, hacer doble tanda de glúteos para que el pantalón nos calce como a Cathy Fulop y caminar como una Alfano en celo.
Esto sin mencionar el ideario popular del “macho cogedor” que tan arraigado parece estar a nuestro imaginario colectivo. Según dicta este concepto, un macho que se precie siempre la quiere poner. A cualquier hora, en cualquier lugar y con cualquier cosa que tenga dos bolsas de carne colgando de la parte superior de su cuerpo y un agujero un poco más abajo.
Contrastando con nuestra vida, veo que después de varios años de convivir con el Chango y haberlo hecho de todas las formas posibles, él sigue siendo un niñito hambriento en la fábrica de chocolate, y en cierta forma estoy agradecida, porque no hay nada más lindo que saber que todavía soy capaz de encenderlo, aunque mis caderas sean 20cm más anchas que las de Evangelina Anderson y mis pechos no salgan directamente de mi cuello como los de… qué se yo, alguna otra de esas. Pero la chispa no es la misma. Hace bastante que vive rodeado de las mismas golosinas, entonces a veces prefiere entregarse a los brazos de morfeo para no sentirse un muerto en vida cuando suene el despertador a las 6 a.m.
Yo, por mi parte, estoy muy lejos de tener ganas todos los días. A veces estoy tan embalada pensando en temas del laburo (me quieren cagar, me van a cagar, me cagaron, ¿a dónde va mi carrera?), entregada a algunas obsesiones personales (un alfajor son 270 kcal o sea 20 mins de cinta así que si voy 20 mins antes de la clase y corro a la noche me como el havanna que quedó del sábado…) o sacando cuentas relacionadas con cuestiones operativas (esta semana me llega la luz y si viene con aumento no vamos a poder comer tanta carne, a menos que dé de baja el cable pero sin cable me aburro), que ni se me pasa por la cabeza sacarme la ropa y refregarme contra el Chango, por más tentadora que resulte la idea para todas las chicas que lo conocen y no duermen con él.
Hacemos lo que podemos, cuando podemos. Cuando nos da el tiempo y cuando nos responde el cuerpo. Cuando no estamos destrozados porque otra vez nos tuvimos que quedar hasta tarde cerrando un trabajo, o cuando logramos desenchufarnos del fantasma del fracaso profesional o económico que nos nubla el juicio.
Pero no sé si está bueno que sea así. En vez de ponerme en contra de los medios por default o despotricar contra la vida moderna, hoy quisiera pensar un poco más en lo que me pasa a mí en la intimidad.
El otro día, el Chango me dijo: “esta bien que estés cansada, pero no te pierdas la oportunidad de disfrutar. Es algo natural, no dejes que lo afecte lo que pasa afuera“. Ahí hice un click. Y aunque pasaron muchísimos años desde que deseché la idea de la heladería propia, si tengo que ser honesta me gustaría tener antojo de sexo más seguido. No cada ocho horas como Moria Casán, ni al estilo pornostar, pero sí con las ansias de quien abre una botella de vino rico a la hora de la cena y huele, con emoción, el corchito.
Lo que quiero decir es que quisiera cagarme en todo e intentar volver a la época en que mi capacidad de abstraerme del mundo exterior era tan grande que solo pensaba en cucuruchos, porque la verdad es que la pasaba mejor que ahora.
Y lo voy a hacer.
Como decía mi amigo del cuarto párrafo, ¡a coger, que se acaba el mundo!
Mi suegra tuvo muchos hijos. Cuando le pregunto al Chango si esta situación fue planeada, él siempre contesta “absolutamente, mis papás querían una familia grande”.
Y yo reflexiono un momento sobre lo difícil que sería criar a tantos chicos, preocuparse por cada uno, por sus necesidades, por darles amor, por educarlos, por su salud, e imagino que seguro a ella esto no les parecía para nada complicado, aunque a mí me da bastante terror.
Y por eso no me explico bien por qué en el balcón de casa, además de Félix, ya tenemos una plantita de orégano, una de tomillo, una de menta y una de salvia. (Dios, ¿qué dice esto sobre mi tendencia reproductiva?).
Las compré un par de sábados atrás en la feria, sin detenerme un minuto a pensar que son de riego diario aunque no hay que inundarlas porque les salen hongos, que necesitan luz pero no excesivo calor, y que si nos vamos de vacaciones alguien va a tener que darnos una mano.
Se las regalé así, sin más, al Chango, que puso una cara de felicidad tan grande que lo único que quería era llenarlo de macetas para que vaya teniendo su mini-jardín balconero, con macecitas de colores y hierbas para todos los gustos.
Hasta ahora, él las viene cuidando con dedicación. Buscó en google información sobre cada una. Les habla todas las mañanas mientras les pone el agüita, y yo siento que nuestra relación se afianza, porque asumimos juntos el compromiso de cuidar algo frágil que nos necesita.
Pero tengo miedo de que cuando me quiera dar cuenta tengamos veinte perros y seis caballos como Nicole Neumann o peor aún… ¡bebitos!
¿Cómo las bautizo? La menta va en maceta chata, ¿no?
Los días de lluvia (o de síndrome premenstrual) hago bizcochuelo con la receta de mi abuela, que en vez de manteca lleva queso blanco. Cuando mezclo los ingredientes y agrego la esencia de vainilla es como si ella se materializara a mi lado y juro que la escucho decirme con su voz chillona: “vainilla no, es muy vulgar, ponele ralladura que queda fino, ¡ralladura!“.
Y lo mismo me pasa cuando elijo suavizante para la ropa marca Max Suave
y se me viene a la mente la enseñanza de mi madre: “usá Vívere, ¡no comprés el trucho que te quedan las toallas todas duras!”
Pero los seres queridos no solo dejan marcas en la manera en que hacemos algunas cosas como cocinar, archivar facturas, putear como cloaca o discutir porque nos cobraron demás los tomates, sino que dejan su huella en los espacios que ocuparon.
Así como nos traen recuerdos los aromas de la infancia o las frases sabias dichas a tiempo, también lo hacen el agujero gigante que dejó un vecino macanudo cuando nos intentó ayudar a colgar un cuadro, o la quemadura de cigarrillo en el mantel que sin querer nos regaló nuestra amiga neurótica mientras se quejaba de su novio.
Una vez cuando era chiquita, por ejemplo, dibujé las paredes del garage de mi casa con fibrones para que mi papá pensara en mí cada vez que sacaba el auto para ir a trabajar. Enojadísima, mi vieja llamó al pintor al día siguiente, pero parece que él se confundió de color, se hizo el boludo y dejó un lamparón amarillo que siempre los hacía acordar a mi travesura.
Y hablando de siempre estar presente, algo parecido me pasó ayer:
Elena:
¿Cómo te está yendo?
Chango:
Bien, re bien, con muchísimo laburo, no veo la hora de volver a casa ¿cómo anda Félix?
Elena:
Félix está espléndido, tiene un montón de hojitas nuevas bien verdes y está creciendo sanito. Los días de mucho calor lo pongo en el baño para que le dé luz pero no se seque. Igual lo que más le gusta es que le ponga un chorrito de agua a la mañana y lo deje a la sombrita, se queda re pancho.
Chango:
¡Qué bien! Tengo unas ganas de clavarme unos ravioles al pesto… ¿Alguna otra novedad?
Elena:
Sí, se tapó el baño, recién llamé al plomero porque con la sopapa no salió nada. Probé con el destapacañerías líquido y tampoco, y no sé qué puede ser, metí la mano y no había nada… qué raro…
Chango:
…ups…
Elena:
¡Yo sabía!
Chango:
No, no, ¡no es lo que vos pensás! Es un desecho sólido. ¿Viste que siempre te digo que quiero poner un glade canasta para que perfume y no quede siempre olor feo? Bueno el otro día lo puse y me parece que se salió el huevito y se fue por el caño… pensé que se había caído al piso y que después iba a aparecer pero no lo encontré por ningún lado… capaz es eso lo que está tapando…
Elena:
¿Pero cuándo fue esto?
Chango:
Hace diez días más o menos, cuando fui a comprar papel higiénico me tenté y lo traje.
Elena:
Dios mío, pobre Jorge… me va a cobrar una fortuna… ¿Y cómo no me dijiste nada?
Chango:
Es que creo que fue el día de la choriceada… ¡te juro que pensé que con la fuerza de la caca se iba a ir!
Elena:
…
Chango:
¿Hola?
Elena:
No tengo ninguna respuesta para eso así que te voy a tener que cortar.
Chango:
¡Bueno, chau amorcito, hablamos pronto! No viste Lost ¿no?
Aunque no lo veamos, el Chango siempre está.
Hay muchas maneras de ser infiel.
Normalmente, cuando pensamos en infidelidad lo asociamos a lo sexual y la pareja. Acostarse con otra persona, besarla, coquetear sin vergüenza o simplemente pensar en otro todo el tiempo son las formas más comunes de meter los cuernos en mayor o menor medida y según cada relación, pero hay muchas otras.
Entre amigos, dejar escapar una confidencia a alguien que no fue elegido para oírla es ser infiel, tanto como dejar plantada a tu compañera de aventuras de toda la vida para irte de shopping con una que conociste hace dos meses en el laburo.
Pero en todos los casos, la idea por detrás es la traición al equipo.
El que es infiel traiciona la confianza del otro pero no porque se desnuda adelante de un tercero o porque habla demás, sino porque es desleal. Destruye la idea de “vos y yo contra el mundo”, y deja solo a quien da por sentado que eso nunca sucederá, que a su vez se sorprende dolorosamente al comprobar que lo que consideraba un vínculo sagrado no lo es tanto.
En mi caso, no hay nada que me haga sentir más adúltera que mirar una película sin el Chango. No puedo. Siento que se la está perdiendo, que debería estar mirándola conmigo, que la quiero comentar con él; pienso que él jamás vería una película sin mí y me lleno de culpa.
A menos que se trate de comedias románticas que él detesta o algún film mudo de 3 horas, nuestro acuerdo de equipo es mirar todo juntos, y ni hablar de las series que seguimos. Ni siquiera pispeamos los avances que cuelgan en otros blogs, porque queremos compartir cada escena, cada giro inesperado de la trama.
Claro que esto me complica un poco a la hora de ir al cine con amigos porque solo puedo elegir aquellas películas que creo que al Chango no le van a interesar, que son las que usualmente tampoco me interesan a mí, pero hasta ahora me vine arreglando sin problemas, hiriendo algunas susceptibilidades (”¿Todo lo tenés que hacer con él? ¡Nosotras somos amigas desde antes!”), pero dentro de todo sin mayores incidentes.
El tema es que ahora el Chango tuvo que viajar por trabajo y yo estoy acá, solita, con los dos últimos capítulos de Lost en el pendrive y tanto tiempo en mis manos…
La carne es débil… ¿Qué hago?
Basta de blogs de ingratas minas solas. ¡Estar felizmente en pareja es mucho peor! elenapaoloni@gmail.com