La vida con príncipe azul
Pájaro en mano sigue presente en los medios, lento pero con paso firme.
Lectores, comparto con ustedes esta nota de La Nación en la que citan a nuestro querido blog con motivo del fabuloso y tan, tan esperado día de San Valentín.
Como diría Blanca Cotta, ¡glup!
Si las peleas son el condimento picante de los vínculos entre personas, las reconciliaciones son el vasito de gaseosa fresca y burbujeante que se hace esperar, pero que cuando llega lo hace en una explosión de emociones igualmente sabrosas.
Tan importante son la una para la otra que cuando discutimos con alguien, nuestra voz interna nos dice si es en serio o si hay posibilidad de arreglar las cosas más adelante.
Como cuando le digo al Chango que lo nuestro se terminó con toda la soltura del mundo porque sé que en 15 minutos me va a venir a dar besito, o cuando le corto el teléfono a mi vieja porque estoy segura de que me va a volver a llamar, aunque solo sea para gritarme que soy una desequilibrada.
Hay mil maneras de hacer las paces. Con una sonrisa, dando besos y abrazos en silencio, pidiendo disculpas, mediante e-mail o sms, cocinando una cena especial o comprando una ropita interior sexy para sorprender, y hasta dejando una notita en la puerta de la heladera.
Pero esta vez no sabía que hacer. Quería volver pero no podía acercarme. Había cerrado la puerta para siempre, y aunque ahora me arrepintiera, el paso ya estaba dado y no había vuelta atrás. Quizás vendrían otros, pero nadie sería como él, eso era seguro. Hasta que sonó el teléfono y esa voz familiar me reconfortó enseguida.
“Elena, necesito verte“.
Acepté sin dudar. Acordamos fecha y horario, y cuando llegó el gran día me puse la ropa que mejor me queda, me hice brushing en el flequillo, me perfumé con una de esas fragancias que se podían comprar en los ‘90 y me dirigí hacia lo que esperaba fuera el escenario de una reconciliación de novela.
- Mirá Elena, te llamé porque no estoy de acuerdo con que interrumpas el análisis.
- ¿Por qué?
- Porque no.
- Ok. Hoy quiero hablar sobre por qué me dan un poco de miedo los números impares.
¡Y lo fue! Volví con el terapeuta y me siento más plena que nunca.
Se viene San Valentín, esa irritante festividad empalagosa parte de la trilogía compuesta, además, por el día del amigo y el infame halloween.
Según el portal oficial de esta celebración dedicada al amor y a la amistad (léase: a vender osos de peluche y cualquier pelotudez con corazones rojos), el Día de San Valentín tiene su origen en la Roma del siglo III. En esa época, parece ser, estaba prohibido que los soldados se casaran, ya que se creía que los hombres solteros rendían más en batalla. Ahí es cuando aparece la figura de Valentín, un sacerdote que se animó a desafiar las leyes y unía en matrimonio secretamente a las parejas que se amaban bajo el ritual cristiano. El pobre Valentín fue descubierto y condenado por el emperador Claudio II, y finalmente fue ejecutado un 14 de febrero.
Más tarde, la iglesia católica recuperó la figura de este sacerdote para opacar una celebración pagana en honor a Lupercus, el dios de la fertilidad, en la que los muchachos elegían a una chica por medio de un sorteo, para convertirse en compañeros durante un año. Con San Valentín canonizado, el aniversario de su muerte se convirtió oficialmente en el día del amor.
Unos cuantos siglos después, en esta fecha los restoranes se llenan de parejas espantosas y rutinarias que nunca salen, pero que se sienten en la obligación de mostrarle al mundo que no son solteros yendo a comer a una parrilla y compartiendo un matambre a la pizza.
También están los renegados que no adhieren a las costumbres capitalistas extranjerizantes y se quedan en sus casas, piden unas empanadas y ven algún programa de perlitas de archivo conducido por una insulsa dupla que llena el aire con chistes ídem.
Y no pueden faltar, desde luego, los noviecitos melosos que se dedican temas de Axel en la radio, se regalan muñecos que sostienen almohadoncitos con puntillas y la leyenda “te quiero mucho” o tarjetas con nenitos tomados de la mano y se mandan powerpoints con frases de amor como “eres el amor de mi vida” o “quisiera estar junto a tí por siempre”.
Los solteros, por su parte, a veces salen a tomar cerveza con amigos y la pasan bomba, o quizás deciden comprarse una bolsa de golosinas y sufrir un poco por no tener con quién compartirlas, hay de todo.
El Chango y yo todavía no sabemos qué posición tomar. La verdad es que el matambre a la pizza nos encanta e ir a comer es un lujo que nos gusta disfrutar de vez en cuando, aunque también somos fanáticos de vegetar en el sillón.
Por otra parte, nos oponemos a gastar dinero en merchandising inútil, como en ese capítulo de los Simpsons en el que Marge decora toda la casa con guirnaldas y carteles del “día del amor”, solo para tirar todo 24 horas después.
Pero de lo que estamos seguros es de que, lejos de refunfuñar contra el orden mundial o creernos súper originales por decir que “no festejamos San Valentín” o que “San Valentín es todos los días”, nuestro plan será emborracharnos, tener sexo toda la noche y decirnos “te amo” antes de
quedarnos dormidos desnudos y abrazados.
Es que estamos enamorados, señores, qué se le va a hacer.
Elena:
Dale, decime, dónde está el pendrive.
Chango:
Mirá, pensá tranquila. Razoná. ¿Dónde guardás las cosasdelectrónica?
Elena:
No sé. Ya me fijé en todos los cajones de la cocina y en los del escritorio y no está, y me fijé en los canastos y en los floreros. Dale, lo necesito para laburar, no es justo. Y tampoco está con los cargadores, abajo del televisor hay un montón de cables pero no está el pendrive. ¡Dame mi pendrive!
Chango:
Hmmmmm me parece que no sabés buscar…
Elena:
Ya sé, pero igual lo tendría que haber encontrado porque busqué bien.
Chango:
Bueno, vamos a hacer así. Vos seguí buscando, y si no lo encontrás, hoy a la noche te digo dónde lo puse.
Elena:
Está bien, pero si lo encuentro me das un premio.
Chango:
Tu premio tiene que ser el aprendizaje que estás haciendo. Estás aprendiendo a respetar un orden y a asimilar nuevos criterios de organización, rompiendo con el paradigma hegemónico.
Elena:
Andálaputaqueteparió.
Chango:
¡Epa, qué carácter! ¿Con esa boquita le das besito al Chango?
Seguí buscando, pero sin resultados. No estaba por ninguna parte, y ya
me estaba preparando para darlo por perdido y empezar de cero todas las
notas e informes que tenía ahí adentro. Busqué en la heladera y me dí por vencida. Prendí la tele y me ví esa película con Kate Hudson en la que ella es una cosmpopolita agente de modas y su hermana muere y debe hacerse cargo de cuidar a sus tres sobrinos. Al principio le cuesta pero finalmente descubre el valor de las cosas importantes de la vida, mientras emprende una tierna relación amorosa con el director del colegio de los nenes y descubre, a la vez, la maravillosa aventura de la maternidad.
A las diez de la noche volví a la carga.
Elena:
Me rindo. Dámelo.
Chango:
Bien, creo que estás viviendo una típica experiencia Chango, y, desorientada en un medio que ya no conocés, que se maneja con criterios misteriosos, quedás desamparada y debés pedir ayuda.
Elena:
…
Chango:
Traeme tu cartera.
Elena:
!?
Chango:
Acá está.
Elena:
¿Estuvo todo el tiempo en mi cartera? ¡Pero vos dijiste con las cosas de electrónica!
Chango:
Claro, pero tenés que tener la miente abierta, mamita. En tu cartera
ponés el celular con el cargador, el mp3 y a veces hasta llevás la cámara. Estadísticamente es el lugar donde más cosas de electrónica hay. Ahora, me impresiona que no hayas buscado en tu propio bolso, ¡sos medio bobita!
Elena:
…
Chango:
¡Qué pasa! ¡Estás enojada!
Elena:
Cuando menos lo esperes…
Chango:
No me importa, me divertí un montón, valió la pena, ¡sobre todo cuando buscaste en el botiquín del baño!
Elena:
Es que pensé que la epilady calificaba como “electrónica”…
La revancha es deliciosa, no importa lo que digan los demás. Sobre todo cuando la has esperado con paciencia, aguardando al momento justo para dar el golpe de gracia y dejar a tu enemigo paralizado de la sorpresa y sin otra opción que rendirse.
No encuentro el papel higiénico, ni mi blazer azul francia, ni el desodorante, ni el cargador del celular. La casa reluce, y la yerba no está a la vista, ni el termo de acero, ni tampoco el mate forrado en cuero que compramos en el norte. Tardé más de media hora en encontrar la pava.
Sería una mentirosa si dijera que soy metódica y ordenada. Nada más lejos de la verdad. Toda mi vida luché incansablemente contra mi naturaleza, que es de dejada, desprolija, despelotada.
Durante el tiempo que viví sola intenté contrarrestar mi tendencia al caos, y al cabo de algunos meses ya había establecido un cronograma de vencimientos, cambio de sábanas, supermercado y doblado y guardado de ropa.
Y más o menos me iba arreglando, sin grandes momentos de frenesí limpiador, pero sin olor a pis en el baño. Mis cosas, eso sí, quedaban guardadas en cualquier lado, ya que tenía 3 placares completos a mi entera disposición, aunque nunca perdía nada. Todo seguía un razonamiento sencillo y empapado de sentido común.
Pero todo eso cambió con el Chango. Ahora hay libros, películas, calzoncillos y camisas, papeles, carpetas frascos con arroz o yerba o café en cualquier lado, comida, pares de ojotas y demás objetos que hay que acomodar de vez en cuando para poder ver de qué color era el piso.
Siempre me quejo y hago algún reclamo, pero hace un par de días que no paro. “Estoy harta de que esté todo tirado”, “No entiendo. Si sacás algo ¿por qué mierda no lo volvés a su lugar?”, “¿Qué te dije de los platos chiquitos? ¡No van con los grandes, van siempre al lado de los vasos en la otra alacena! ¿No podés hacer el esfuerzo?”, “Claro, después no sabés dónde buscar las cosas, porque nunca ordenás, así no se puede vivir”, grité enajenada toda la semana, hasta que me fui hoy a la mañana dando un portazo exclamando que mi concubino era un roñoso de porquería y que se fuera a cagar.
Acabo de volver, los muebles fueron reubicados y no hay un solo elemento a la vista que no sea funcional, como un florero a modo de centro de mesa y una frutera con bananas en la mesada de la cocina. Del resto de mis cosas, ni noticias.
Busco sin parar, pero no entiendo nada. ¿Por qué todas las cosas del mate están en el mismo lugar, si la yerba va con los tés y el azúcar con la harina, en otro estante? ¿Y las latas de jardinera? ¿Y la revista del cable? ¿Por qué no está en el baño, donde tiene que estar?
No tengo idea de dónde fue a parar mi pendrive, y eso es lo que más me preocupa, porque ahí tengo todo. Busco en el lugar de siempre (adentro de un florero azul arriba del televisor, donde también va la pincita de depilar) pero nada, así que tengo que llamar al Chango:
Elena:
O me decís dónde está el pendrive o te tiro las revistas.
Chango:
Eso si sabés dónde las puse.
Elena:
Dónde. Está. Mi pendrive. Decime ya.
Chango:
Cómo no, está donde están las cosasdelectrónica.
(click).
(llamo de nuevo).
Elena:
Creo que SE CORTÓ. Dónde están mis cosas.
Chango:
Está todo ordenado, pero siguiendo MIS criterios. Quiero que vivas lo que es sentirte un tarado por no encontrar nada, simplemente porque alguien totalmente irracional guardó las cosas según un criterio ridículo. El pendrive está donde me parece a mí que tienen que ir las cosasdelectrónica, “ahí, ahí, ¿no lo ves?”. Buena suerte y hasta luego.
(click).
¿Dónde se guardan las cosas de electrónica? Yo las pondría en un cajón de la cocina, pero ahora ahí hay unos repasadores que en realidad deberían estar con los toallones en el armario del pasillo…
mierda.
Como niños a los que se les niega un juguete o una golosina, los hombres chillan y patalean cuando sus ocurrencias no son festejadas como si se tratara de descubrimientos asombrosos y se ofenden profundamente cuando no celebramos cada iniciativa con efervescencia incontenible y ofertas de sexo (esto último los hombres, no los niños).
Es que ellos necesitan ser reyes, genios, perfectos y si no reciben hurras incondicionales se sienten defraudados. Pero ¿Cómo explicarles que eso no es condicion sine qua non para nuestro amor?
¿Cómo hacer que comprendan que no los amamos menos por el hecho de que nos irrite que estén tocando la guitarra hasta las 3 am y dejen enfriar la comida porque se colgaron “leyendo un blog”, sino que, al contrario, nuestra tolerancia es la más clara muestra de que los amamos con devoción?
¿Cómo explicarles que nuestra cara de culo resignada no significa, en ningún modo, que nuestro objetivo sea coartarles la inspiración o sabotearles sus proyectos personales y que los apoyaremos aunque para nosotras sea un dolor de huevos?
El amor es no quejarse porque tardan 45 minutos en bañarse y gastan miles de litros de agua sin pensar en el medio ambiente, ¡no besarlos apasionadamente porque son limpios!
El amor es no alterarse cuando es hora de salir y ellos todavía están en bolas y querer invitarlos al cine a pesar de eso, ¡no aplaudirles la libertad de expresión y perdernos 10 minutos de película!
Lo que quiero decir es que no hace falta vitorear cada hábito, cada manía y cada hobbie para expresar afecto sino que, al contrario el amor está en la aceptación de las cosas que más nos molestan del otro, justamente porque nunca alcanzan a opacar todo lo bueno.
Así que sí, Chango, te espero con el pollo y las papas en la mesa mientras hablás por teléfono con tu amigo, porque me gusta que tengas vida social; hacé pan casero a las once de la noche de un martes porque está bien romper la rutina; usame la laptop porque quiero que trabajes cómodo en el sillón; olvidate el celular en modo silencioso porque está bien que lo personal no influya en las horas de trabajo… pero no esperes que esté loca de contento.
Igual te amo.
Chango:
…y la chica se sentó y ocupaba todo el asiento.
Elena:
¡Pobre, qué incómodo!
Chango:
¡Pobre yo, que iba todo apretujado!
Elena:
No exageres, según vos yo tengo “culo para cuatro” y siempre entramos bien en los asientos, pobre chica.
Chango:
Pero si vos tenés el culo así, ¡ella lo tenía así! Mirá la diferencia.
(Estira sus brazos para indicar el ancho de mi trasero, luego el de la chica, y nuevamente el mío).
Elena:
¡Qué?! ¡Yo no tengo el culo así! ¿Estás loco?
Chango:
¡Qué noooo! Admitilo, tenés culo para cuatro.
Elena:
No tengo el culo así, sos un pelotudo.
Chango:
A ver, vení, ponete acá y vemos.
(Me acerco y me coloco en el hueco que forman sus brazos. Sobra la mitad).
Elena:
…
Chango:
Uh.
Elena:
…
Chango:
Me re equivoqué, ¿no…?
Elena:
Digamos que tus probabilidades de tener sexo esta semana están disminuyendo estrepitosamente.
Chango:
Bueno, por ahí no es taaaan ancho, pero te empieza acá arriba en la espalda más o menos, por ahí eso me confundió.
Elena:
Relmente sos suicida. ¿Tu pito sabe que estás boqueando de esta manera?
Chango:
Mejor me voy a ir callando.
Elena:
Dale.
En mi sueño yo estaba en Las Cañitas o en un barrio de ese carácter, en un centro comercial topísimo en el que se hacía, una vez al año, ese evento.
Ese evento era como una especie de día/noche de misterio, en el que las vidrieras de los locales se teñían de maderas oscuras y vendían artículos diferentes, a veces onda gótica, a veces kinky, a veces bien onderos.
La atmósfera era tenebrosa, porque no se sabía qué podía pasar. Lo único que salvaba a los visitantes de la oscuridad total era la luz de algunas antorchas o velas ubicadas cada cierta distancia. Las escaleras, de piedra pesada, cambiaban de sitio como en Harry Potter, y lo mismo sucedía con los puentes que unían las dos orillas de una especie de río o foso que había en lugar de un pasillo central.
Había que estar ahí. Era una ocasión imperdible. Yo recorría los locales en los que se vendían prendas para bondage, ropa hippie o de diseñador Palermitano (ellos siempre tienen que estar), accesorios extraños, disfraces y pelucas. Las vendedoras trataban mal a los visitantes, y algunos negocios tenían subsuelos con animales embalsamados como decoración.
De fondo sonaba una música industrial que iba bien a tono con la nieve artificial tipo telaraña que habían colgado de algunas paredes aunque no estabamos en época de fiestas.
Lo que yo necesitaba, comprendí en ese momento, era una peluca rubia para tener sexo con el Chango y ser la más p**a de todas. La iba a combinar con unos shorcitos de charol, seguramente, y unos tacos negros muy altos para que cuando me viera se diera cuenta de que nunca necesitaría otra mujer porque yo podía ser todas.
En ese momento me crucé con una ex compañera del secundario que siempre se caracterizó por ser muy canchera y le pedí ayuda. “Maite, necesito comprarme una peluca rubia”. “Perfecto, vamos”, me contestó adivinando seguramente todas mis aspiraciones a pornstar.
Recorrimos todo el centro comercial esquivando algunos seres malignos, y mientras ella me contaba que estaba harta de su novio, que era como un chico, que quería que madurara, y que de hecho, estaba dando vueltas por los locales tan excitado que le pidió permiso a ella para llamar a su mamá e ir contándole lo que veía.
En eso dimos con el negocio indicado: “Mercería y Pelucas 4 you - De Berazategui a Cañitas”. Había viajado dos horas para comprar algo que vendían a 30 minutos de casa y seguro me cobrarían el doble solo por la zona. Pero no me importaba, yo necesitaba la peluca rubia.
Entramos. El lugar era muy profundo, pero el mostrador estaba colocado bien al frente. Prácticamente no se veía nada. Había telas de arañas que cubrían las cajas con mercadería a la usanza de las viejas lencerías de barrio, que se extendían hacia el fondo en una galería interminable.
Atendían dos señoras coloradas, sin maquillaje, gordas y petisas, de pechos grandes engalanados por los anteojos de aumento que colgaban de esas cadenitas tan amadas por las sexagenarias.
Me trataron mal, pero me ofrecieron dos pelucas. La primera era de pelo muy largo y platinado. Me ecantaba. Me pintaría los labios de rojo y lo seduciría tanto al Chango que pediría siempre más. Me la probé feliz, pero cuando me la colocaba en la cabeza se volvía morocha. Había algo mal, no funcionaba.
Las señoras me dijeron que eso era mi culpa, y que la peluca les iba bien a todas. Que si yo la ponía oscura era un problema mío y un mal augurio.
La segunda peluca era una melena a la altura de los hombros, bastante rala, y también platinada. Del mismo modo que la anterior, ni bien me la puse se tiñó de castaño.
Las señoras me tiraron una tercera en la cara que no era tan platinada sino más bien rubio ceniza, en estilo melenita showgirl y esa me fue bien. Salía 115 pesos, pero pagué sin chistar, mientras observaba cómo del otro lado del mostrador no había piso. Las vendedoras caminaban en el aire.
Me despedí de Maite y caminé esquivando carretas de campesinos y cascotes. El centro comercial ya se
asemejaba a una especie de Venecia antigua, medieval, y el río seguía ahí.
Un señor muy viejo, de barba, vestido con harapos y con la mirada perdida me tomó del brazo y me pidió que lo acompañara a su departamento, que era el 28-A. Sin darme opción comenzó a arrastrarme por una calle lateral en la que no había negocios sino depósitos. Parecía un loco, y yo no tenía idea de a dónde estábamos yendo.
Le conté sobre mi peluca, le dije que me estaba preparando para una noche de sexo, que quería disfrazarme, ponerme ropa trashy y zapatones para darle una sorpresa al Chango. Llegamos al fondo de la callejuela y el anciano dijo “Este es mi departamento, el 28-A”. Sólo se trataba de una puerta en una pared calamitosa, y cuando la abrió ví que del otro lado no había nada, sólo un hueco. El viejo comenzó a reirse de manera diabólica y se metió adentro de un salto. A medida que cerraba la puerta se veía desaparecer al hueco al tiempo que el 28-A se transformaba en un 4-D. La risa maniática del viejo se apagó en la noche y decidí que era tiempo de volver a casa. No entendía qué le podía ver la gente a un acontecimiento así.
Y ahí me desperté, ¡y ahora no sé si correr a comprarme la peluca y los tacos, consultar con un sexólogo o jugarle al 115, al 28 o al 4!
Todas las publicidades de productos para lavar la ropa son iguales. Hay un ama de casa abnegada, trabajadora pero feliz, que tiene indefectiblemente un marido o un hijito terribles que ensucian toda la ropa con sus desopilantes aventuras.
Ella, que tiene entre 30 y 35 años, es siempre morocha y lleva el pelo atado en media cola, usa camisas clásicas blancas o celestes y pantalones flojos de gabardina color manteca. Está impecable, no sólo cuando lava la ropa, sino también cuando pasa el trapo de piso con un limpiador de última generación, o cuando refrega los cachos de grasa negra pegados a las hornallas.
Con la ayuda de sus mágicos aliados cuyas marcas top no quiero nombrar, ella mantiene su casa de pisos blancos y amplios ventanales que dan al jardín perfectamente impecable, para que su marido proveedor y su hijito travieso puedan disfrutar de la vida y no deban preocuparse por nada.
Hay algo noble, una superioridad moral que el ama de casa de la publicidad siente cuando se encarga de los quehaceres domésticos. Ella es la reina del hogar y está orgullosa, claro, porque es la que lo mantiene limpio y seguro para sus seres queridos que juegan en el barro y comen paty con ketchup, o se ensucian el piyama cuando toman jugo a la madrugada antes de ir a buscar a su hija adolescente al baile.
Pero no sé quién inventó todo eso, porque mi experiencia personal es algo diferente.
Yo paso el trapo en ojotas de goma de esas que venden en Once y tienen la tira de soga gruesa, mitad azul francia y mitad roja, con un short de fútbol del Chango y una remera que dice “Leche condensada La Lechera” y le regalaron a mi mamá en el súper en los ‘80. Me ato el pelo con una liga que me dieron en el casamiento de una piba que mucho no me aguantaba y avanzo, firme, con un secador que no da más, mientras me despeino y sudo como si estuviera corriendo una maratón.
Mientras hago esto pienso en por qué elegí la vida que llevo, qué fue lo que estaba pensando cuando me enamoré de este piso beige poroso que registra cada pisada, o qué me motivó a hacer ravioles anoche si sabía que la salsa me iba a manchar la cocina como si allí hubiera ocurrido un asesinato sangriento.
Después, cuando uso el limpiador cremoso en la bañadera y cepillo con fuerza arrodillada en cuatro, me imagino lo lindo que sería que una señora buena y dulce, quizás con algunas canas, un vestido floreado y chancletas de toalla, viniera a ayudarme al menos una vez por semana con todo esto. Me odio por haberme decidido por una carrera tan poco redituable.
(¡Vivir de escribir! ajajajaja sí, sí).
Pero lo peor de todo es cuando me toca poner el lavarropas. El canasto está que explota. Mío hay un culotte, la remera que usé para el gimnasio y dos pares de medias. El resto es del Chango. Dos chombitas por día, seis en total, un jean, un pantalón de jogging, la bermudita que usa para hacer deporte, siete pares de medias, dos camisas, unas toallas que usa sólo para los pies y no se cuántos calzoncillos (ni trato de contarlos, ocupan un tercio del lavarropas y los hay de todos los colores).
Empiezo a separar lo clarito de lo oscuro y, entre lo oscuro, lo negro de lo de color. Y ahí empieza el desfile de inmundicias. Todo tipo de comestibles pegados a las prendas, tinta, aceite, pintura (!!), algunos lamparones raros.
Y ahí es cuando trato de ser como el ama de casa de la tele, y pensar, condescendiente “¡aaaay, este chicoooo, es terribleeee!”mientas sonrío con paciencia, comprensiva.
Pero yo no tengo 30, los pantalones manteca me hacen gorda y las camisas no me cierran en la parte de las tetas. Todavía tengo que ir a laburar y este Chango parece que tomó helado de chocolate o se volcó una cindor en la remera. Quiero terminar con esto ya.
Y ahí es cuando evoco todas, todas las publicidades de jabones y limpiadores para la ropa y pienso, pienso… ¿Cómo se sacan todos estos pegotes? ¿Qué es lo que hay que usar? ¿Y no había ningún remedio casero?
No se me ocurre. Me duele la cintura.
Así que lectores, necesito saber cómo se remueven las siguientes manchas:
- Birome de una camisa blanca
- Aceite comestible de una corbata celeste
- Tuco de una remera verde
- Manchita marroncita de una prenda color blanca de algodón, origen desconocido
- Remolacha de un mantel celeste
- Chicle de un buzo gris
- Mostaza de una chomba roja
Ya probé con los mierdaproductos con denominación “Oxi” pero me parece que no hacen nada.
Gracias.
(El ganador se lleva un Glade Canasta.)
¡Qué lindo es dormir abrazaditos o mirar una peli en el sillón una noche de semana! ¡Y qué aventura la primera vez que pidieron helado, elegir los gustos de a dos! Y desayunar juntos… sin dudas pasar tiempo con la persona que más nos gusta en todo el mundo es una experiencia que nos acerca a comprender el sentido de la vida.
De pronto, él se siente cómodo en tu casa. Conoce los espacios, se devenvuelve con tranquilidad por los ambientes, y te parece encantador. El vínculo se afianza y crece. Era justo lo que querías, o al menos eso pensabas.
Me acuerdo cuando el Chango empezó a querer pasar cada vez más noches conmigo. Yo estaba feliz y lo esperaba en casa, ansiosa, lista para pedir algo rápido por teléfono o dispuesta a cocinar algo especial, con el DVD preparado y la cama hecha prolijamente.
Las semanas se hacían cada vez más cortas, y con todo el sexo y la excitación,ni me di cuenta de él que había empezado a dejar sus remeritas y sus calzoncillitos en un cajón de la mesa de luz.
Tampoco me percaté de que todos sus amigos ya conocían mi departamento, ni me pareció un signo de alarma que cada tanto trajera comida y gaseosa o se animara a poner la pava para el mate. Yo disfrutaba.
A los quince días de este comportamiento, me dijo al pasar “creo que ya me voy a quedar acá, ¿qué te parece?”
Y a mí me pareció la mejor idea del mundo, sin pensar en el Harpic baño, la factura de la luz, el ticket del súper, la familia política, el inodoro patinado, los ronquidos, la rutina implacable o el lavarropas. Nada me importó. Ni siquiera saber que ya nunca volvería a ser soltera, a comer del táper, a cenar yogur, a chusmear hasta las 3 con una amiga o a salir a cualquier hora, cualquier día y con cualquiera. Lo que yo quería era oler al Chango mientras dormía de lunes a domigo, y ni me preocupé por los problemas operativos.
Pero la convivencia es una prueba difícil, que hay que superar día a día, y a veces pienso que quizás no estaba preparada. Después de todo, sólo hacía un año que vivía sola. La verdad es que no me dí cuenta. Él simplemente vino, vino, vino… y un día no se fue más.
Por eso quiero hablarte a vos, novia con novio semi-cama adentro. ¿Querés dar el gran paso? ¿Estás lista para ser concubina?
¡Prestá atencion a estas señales para que el muy vivo no te agarre desprevenida y se te instale sin que puedas decir nada!
1) Se baña en tu casa
Si pensaste que la señal era que caga en tu baño, olvídalo: ellos pueden cagar hasta en una estación de servicio. La prueba de que llegó para quedarse es que se bañe. Y si deja pelos en el jabón, estás perdida.
2) Te abre la heladera y ya sabe dónde están los vasos
Lo más probable es que este comportamiento tarde en aparecer, ya que vivís atenta a sus necesidades y todo el tiempo le servís gaseosa, le hacés café y le das galletitas o sanguchitos. Pero el día que él se levante, saque la botella de la heladera, y unos segundos después agarre un vaso de la alacena correcta… game over.
3) Te usa la Pc por más de media hora
Es decir, no sólo chequea los mails. También usa el messenger, baja música y actualiza su facebook. Cuando se arma una carpetita en el escritorio con su nombre y sus archivos, ya vive con vos.
4) Se queda dos días de la semana seguidos
Sin incluir lunes y viernes. Es decir, duermen juntos martes y miércoles o miércoles y jueves. Él ya sabe bien qué bondi o que subte tiene que tomar desde tu casa para llegar a tiempo al laburo, y te deja la taza del café para lavar. No le planches la camisa porque ya sería el colmo.
5) Dejó todo MENOS el cepillo de dientes
No quiere levantar la perdiz, es obvio. Se está autoengañando, también, porque cree que mientras no deje el cepillo de dientes en tu casa la cosa no es formal y él es un pibe libre. Pero nada más lejos de la verdad. Cuando mirás a tu alrededor ves sus libros, algunos apuntes de la facultad, su desodorante, películas en dvd, mudas de ropa y, lo más definitivo e irreversible, el cargador del celular. Felicitaciones, concubina.
Ahora ya estás advertida. Cuando empieces a ver estos síntomas en tu pareja, reflexioná con cuidado.
¡Es tu decisión!
Basta de blogs de ingratas minas solas. ¡Estar felizmente en pareja es mucho peor! elenapaoloni@gmail.com