La vida con príncipe azul
Hay harina en el piso. Desde el palier hasta la cocina. Tengo los zapatos un poco mojados, así que el engrudo se pegotea formando blancas huellas.
Hay utensilios sobre la mesada. De todo tipo. Cucharas de madera, bols de diferentes tamaños, tablas de picar, cuchillos, repasadores, dos rollos de cocina, un palote.
No se distingue el color del mármol, porque está cubierto además de bollos y más harina que, volátil, genera unas nubecitas blanquecinas que resplandecen con el sol matutino.
El delicioso aroma a la levadura fresca me calma y me lleva a la infancia, a la época en que las mamás (mejor dicho las abuelas, porque mi madre tiene nulas nociones culinarias) hacían todo en casa y nos daban su amor con colores y sabores encantados que convertían un día cualquiera en un evento de gala.
Ahora ya no hay tiempo, y cocinar algo elaborado se vuelve una empresa rara, casi imposible y quizás por eso más valiosa, pienso, mientras limpio mi calzado con un cepillito.
Elena:
¿Qué haces, amor?
Chango:
Pan de campo.
Elena:
¿Qué se te dio por hacer pan de campo?
Chango:
Quiero hacerte pan todos los fines de semana y llevarte el desayuno a la cama.
Elena:
¡Sos lo más!
Chango:
Sí, y aparte… hacer pan es algo ancestral, te pone en contacto con algo primitivo. Porque el pan es vida ¿sabés? Es sagrado. Fijate que si tenés que buscar otra palabra para “comida” decís “pan”. La gente ya perdió la costumbre de hacer pan pero es muy lindo y tampoco es tan complicado, seguís la receta del fascículo de Narda y ya está, no es tanto quilombo.
Elena:
Claro…
Chango:
¡Y te da una paz! ¡Yo estoy tan tranquilo que todavía no hice nada en el día! Bueno, ya está, ahora tiene que levar dos horas… ¿vas juntando acá mientras me pego una duchita?
Todavía drogada por el perfume de la masa, evoqué las tardes de primavera en casa de mi bisabuela, y vi los centenares de bollitos, perfectamente redondeados y alineados en la gran mesa de madera. Los repasadores de flores, hermosos para mí, fascinantes, cubriéndolos para que no se sequen, así las empanadas árabes quedaban bien suaves.
Le tomaba un día entero hacerlas todas y hornearlas, y yo la observaba como hipnotizada. Sus manos, larguísimas, amasaban y estiraban con una precisión digna del más eficiente chef internacional, como si estuviera bailando. Su perfecto cabello plata, en cambio, se quedaba quieto por el spray del que abusaba sin culpas.
Después comíamos todos juntos y la felicitábamos, contentos y con la boca llena. Ella sonreía, porque sabía que nadie haría jamás las empanadas árabes tan bien. Cuando terminábamos, apenas podía uno moverse, así que yo solía descansar en el pasto un buen rato hasta que fuera hora de irnos a casa.
Me imagino que a ella tampoco le gustaba limpiar después de haber cocinado. Y de hecho, creo que nunca lo hizo.
¿Quién limpiaría?
Oia… ¿Por qué estoy pasando el trapo?
¿Y el Chango?
¡Cómo me cagó!
–
(Este post es para Willito, el gurú de la paz interior)
Querida Mami:
Perdón por todas las noches en las que te desvelé para contarte algún chisme o para comentarte que me parecía que la canilla del lavadero perdía, para que me traigas agua o para reflexionar sobre si me convenía estudiar comunicación o una carrera con futuro o ser actriz o cantante o irme a vivir al campo aunque sabía que te tenías que levantar a las seis.
Perdón por nunca haber lavado mi ropa.
Perdón por llamarte neurótica, loca y exagerada cada vez que decías que no te alcanzaba la plata o cuando te ponías a barrer a las once de la noche porque yo había embarrado todo con las zapatillas.
Perdón por siempre comerme la última porción de pizza, la última empanada y la última factura.
Perdón por pedirte que me trajeras medias y bombachas aunque estuvieras todo el día trabajando en el centro y salieras tardísimo de la oficina.
Perdón por decirte que lo que habías cocinado estaba medio feo aunque te habías pasado una hora y media rebanando zapallitos.
Perdón por nunca haber hecho la cola en el pago fácil y no apagar las luces que no utilizaba.
Perdón por cambiar de planes cada 10 minutos y desorganizarte la vida.
Perdón por todas las veces que no te avisé que llegaba tarde.
Perdón por quunca jamás haber vaciado el mate ni enjuagado un vaso.
Perdón por dejar el shampoo destapado chorreando todos los días porque “total después te bañás vos”.
Perdón por decirte que “es mi cuarto y si quiero lo dejo hecho un quilombo”.
Perdón por cambiarte de canal cuando estabas viendo.
Perdón por pedirte cosas para emprender nuevos hobbies y después olvidarme y dejar todo tirado (el uniforme de hockey, las zapatillas de ballet, la raqueta de tenis, la malla de natación, el juego de ajedrez, el skate y los óleos).
Perdón por nunca haber cambiado el rollo de papel higiénico ni mucho menos el de cocina.
Perdón por haber quemado la pava por dejarla hirviendo 45 minutos y por haber arruinado el teclado de tu PC al volcarle una taza de café.
Perdón por todas las veces que te grité irritada “No hay queso rallado” y “Se terminó la gaseosa”.
Perdón por nunca haber desocupado el baño.
Perdón.
Te quiero.
Ahora entiendo.
Tu hija,
Elen
P.D: Lo hacías porque me querés, ¿no?
1) Te acostás antes de la 1 y te levantás antes de las 7
Alrededor de la medianoche el cuerpo comienza a pesarte. Los ojos se te cierran al tiempo que recordás que todavía te falta prepararle la vianda a tu concubino, decolorarte los bigotes y secar los platos. Te acordás vagamente de cómo era tener sexo todas las noches, pero estás molida, y mañana tenés que ir a hacer cola a la AFIP para hacer un trámite ridícuo que en otros países del mundo se hace por internet, así que le das unos besos a tu concubino, le decís que lo amás y los dos caen desmayados hasta que suena el despertador la mañana siguiente.
2) Tenés parejas amigas
Cuando eras soltera y joven tenías amigos, pero ahora la cuestión viene por pares. Hacés cosas con otras parejas, que son entidades compuestas e indivisibles, igualmente allegadas a los dos. Entre los temas de conversación, inevitablemente, está “el estar en pareja” y “bloopers de ellos“ y “las quejas de las brujas”.
3) Solo hablás en primera persona del plural
Es normal decir “Nos compramos una mesita ratona“, “Cocinamos pollo al limón” o “Fuimos al cine“. Lo terrible es que vos ya pronunciás frases como “No nos gusta el yogur“, “Nos aburrió la película” o “Queremos cambiar las cortinas por unas estampaditas de gasa con unos apliquitos del mismo tono que el sillón muy estilo hippie chic“, sin diferenciar entre él y vos. Preocupate cuando se te escape un “Nos fuimos a depilar“.
4) No te cambiás para ir a alquilar una película
No llegó a bajar la película de la mula y es sábado a la noche, así que van a tener que ir a alquilar. Ya fue, vas con el jogging, la remera que tu viejo usaba cuando lavaba el auto y las ojotas. Él casi se sube al ascensor en calzoncillo. Eligen una de Ben Stiller (“que les gusta a los dos”), comprán Tofi en el dvd club y se lo comen antes de que terminen los títulos de apertura.
5) Van a fiestas de cumpleaños como única actividad social nocturna
Llegan temprano, tipo 11. La gente está sentada, las luces todas prendidas y la música bajita. La pareja del cumpleañero sirve la comida, y es necesario llevar regalo. Alguien trajo a sus hijos de tres y seis años, que corretean por el lugar demandando la atención de los invitados, que beben más gaseosa que cerveza.
La vida, además de darnos sorpresas, nos destroza la espalda con las largas horas de oficina, las sillas de mierda que te dan tus empleadores capitalistas, el escaso planeamiento en la elección del mobiliario que te lleva a doblarte para ver el monitor -siempre demasiado bajo-, y es el culpable del dolor de muñecas eterno producto del tipeo frenético posmoderno.
Hace tiempo que, con la intención de revertir este malestar, tomo clases de pilate y stretching. Hace unas semanas, el Chango se decidió a darle una nueva oportunidad al gimnasio y empezó a venir conmigo, para corregir la postura y abandonar para siempre el aspecto de batata adolorida, fofa y encorvada, típico de joven trabajador.
Y la verdad que nos está yendo muy bien. El Chango ya es capaz de tocarse las rodillas con las manos, estirado en el piso, e incluso logra algunas posturas complicadas. Respira mejor y camina más derecho, y hasta está de mejor humor.
La clase de pilates es un lugar lleno de clisés. Hay viejas achacosas que van porque las manda el médico, bailarinas clásicas que quieren mantener su elasticidad y como quince jovatas teñidas que aman estar a la moda, tienen las tetas hechas y usan calzas blancas de las que salen 200 pesos y suelen galardonar los culos de las famosas en los programas de televisión.
Normalmente nos situamos al fondo del salón, hacemos los ejercicios y nos vamos, silenciosos y sin hacer contacto visual con nadie. Pero hoy fue diferente.
Ni bien entramos, se escuchó un “¡Aaaaah!” de alegría. Silvia y Estela, dos cuarentonas operadas, se acercaron corriendo a besar al Chango. “¡Cómo le va al morocho más lindo!”, exclamó Silvia, mientras Estela le tocaba la panza y le decía “¡Estás cada vez mejor, Changuito!”.
Por si esto fuera poco, las demás mujeres -las sexagenarias Elsa y Marta, la bailarina Violeta y Juana y Andrea, unas adolescentes redondeadas- se colocaron en ronda dejándome afuera, mientras le sonreían al Chango que estaba en el centro y le hacían fiesta. “¡Vinisteeee!”, “¡Te extrañamos!”, “¡Qué lindo que estás con esa remera!”, “¿Te ponés al lado mío?”, “¡No, no, Chango viene al lado mío!”.
Asombrada, ví como la profesora se acercaba a mi concubino y lo abrazaba con una sonrisa que le poblaba el rostro completo, mientras gritaba “¡Llegó el príncipe de la clase! ¡Bienvenido!”.
El Chango saludó a todas, una por una. “¿Qué tal Silvia? ¿Te pudiste comprar las zapatillas al final?”, “¡Elsa! ¡Qué remera canchera!”, “¿Y cómo le va a mis nenas?”, se dirigió a las más jovencitas, que respondieron con un irritante “jijijiji” mientras yo imaginaba que les hacía cosas horribles por festejar a mi hombre con ese descaro.
No entendía nada, pero el resto de la clase fue igual. A cada rato pescaba a alguna atorranta haciéndole caritas, o susurrándole que iba bien, que había progresado mucho y que tenía cada vez más fuerza.
Cuando terminamos, Marta pidió “¡¡Un aplauso para el príncipe Changooooo!” y todas lo ovacionaron, mientras él saludaba estilo artista, feliz y en su salsa.
Ni bien salimos quise entender lo que acababa de vivir. ¿Qué hacían todas esas cacatúas mimando al Chango? ¿Cómo sabían su nombre?
Elena:
Bueno, ahora que ya estamos afuera me podés explicar qué demonios fue eso.
Chango:
Ay nada, ¿por? A mí me encantó.
Elena:
“¿El príncipe de la clase?”
Chango:
Ah, es porque el jueves que laburaste hasta tarde fui a la clase solo y me hice amigo de las chicas. Son divinas. Y la profe me dejó hacer gimnasia con ella sobre la tarima, re divertido, y después mientras las chicas estiraban las piernas, la profe y yo las ayudábamos y las hacíamos elongar mejor. ¡Y también me dejó elegir la música porque soy el único varón!
Elena:
¿Ellas saben que sos mi novio?
Chango:
Sabés que no sabían, me preguntaron si tenía novia y les dije que sí, que sos vos y que siempre venís a la clase, pero ninguna te pudo ubicar… qué loco, porque todas se acordaban de mí…
Elena:
Necesito que dejes de ser encantador con las mujeres.
Chango:
¡Pero el Chango es así!
Y bueh, tiene razón.
Por lo menos ya no ronca tanto.
Creo que mejor lo mando a un masajista.
Soy ansiosa, no puedo esperar, me frustro enseguida, me agarra miedo, me enojo, lloro, pataleo, duermo y vuelvo a llorar.
Hay tantas dinámicas interpersonales como parejas en el mundo. Cada relación es diferente, y cada individuo maneja sus ansiedades a su manera, aunque lo esencial es, sin duda, lograr un balance para que la vida tienda a ser armónica y apacible.
Cada vez que discuto con el Chango lo echo de casa y le digo que se terminó para siempre, ya sea que estemos discutiendo porque no sacó la basura, porque gastó 300 pesos en un pantalón y se olvidó de comprar un kilo de manzanas, o porque sospecho que me engaña o que secretamente está planeando dejarme, o porque le leí el mail y ahí decía que soy una loca de mierda, o porque no podemos concretar ningún proyecto y nuestro futuro es borroso e incierto y hay que pintar porque las paredes tienen humedad y a la noche vienen bichos.
A mí no me importa el motivo. Si me peleo es hasta las últimas consecuencias, hasta el fin, porque estoy dispuesta a ir hasta el fondo, a arriesgarlo todo con gritos y llantos sin pensar en absoluto en las consecuencias. Si abro la boca agarrate porque se pudre todo y no sabemos qué puede llegar a pasar.
El Chango en cambio es más tranquilo. Jamás me toma en serio, la mitad de las veces que le voy con un planteo se ríe y le parece ridículo, nunca se armó el bolso pese a que yo le he revoleado las chombas por el aire en unas cuantas ocasiones, y siempre, siempre viene a darme un beso después de 15 minutos del más violento silencio post batalla campal.
En general tiendo a pensar que no le importa nada y para él la vida es joda, mientras que yo soy volátil y pasional para mí no tiene sentido discutir porque sí y después arreglarse sin más porque es una pérdida de tiempo.
Bah, en realidad me parece que soy una desequilibrada.
> Por ejemplo:
Elena:
¿Cuántas veces te dije que vacíes el mate después de usarlo? ¡Y tenés que usar el mate grande que carga medio kilo de yerba para tomar cinco minutos! Así no hay economía que aguante, pero claaaaaro, ¡al señor no le importa porque jamás mira un precio y ni siquiera mueve el orto para ir a comprar otro paquete!
Chango:
Relajá… ah, eso, no hay más yerba, no te olvides de comprar.
Elena:
¡Andalaconchadetumadre! ¿Qué soy yo, la sirvienta que te va a comprar la yerba? ¿Sabés qué? ¡si querés que te compren yerba andate a vivir con tu mamita, que seguro va a salir corriendo cada vez que quieras algo! ¡Yo ya me cansé!
Chango:
Ah, claro, vos lo solucionás así, “mejor me saco al chango de encima” ¿no? Bueno, ni loco me voy.
Elena:
Te vas porque lo digo yo. ¡Ya mismo! ¡Agarrate tus cosas!
Chango:
¿Sos conciente de lo que estás diciendo?
Elena:
No y no me importa. ¡Chau! llamá a tu mamá y decile que vas para allá, ¡que te vaya comprando 5 kilos de yerba, que es lo que te gastás en dos días!
Chango:
Ay, vení, dame un besito, ¿querés que vayamos a comprar un mate chiquito y esa yerba de yuyitos que te ayuda a ir al baño?
Elena:
Sí.
> O por ejemplo:
Chango:
No tengo calzoncillo… ¿no lavaste?
Elena:
Lavé el domingo, si gastás veinte calzones por día no es mi culpa.
Chango:
Pero me quiero bañar y no tengo calzoncillo… ¿Por qué no te fijaste? ¿Ahora qué hago?
Elena:
Acá tenés uno que quedó, usá este.
Chango:
¡Pero este tiene olor a humedad!
Elena:
Si no te gusta como lavo te podés ir a vivir con tu vieja, que seguro te lava bien linda la ropa como a vos te gusta. Es más, te voy preparando la ropita sucia para que se la lleves, ¿dale? ¿Y de paso ya te quedás allá?
Chango:
Uso este y le pongo un poco de perfume, no te preocupes.
> O sino:
Chango:
Cada vez que camino descalzo me pincho con una de tus hebillitas. ¿Por qué las dejás siempre tiradas? ¿No podés guardarlas a todas en un mismo lugar? ¿Qué te cuesta?
Elena:
Para mí que te pinchás con tus uñas, asqueroso. Si volvés a cortártelas en el piso y no barrés, te echo de casa.
Chango:
Uuuuh bueeeno, qué draaaaama ¡Tan difícil es barrer!
Elena:
Pero escuchame una cosa, ¿qué te pensás que hago todo el día yo? ¿Me rasco? ¿Te pensás que mi única aspiración es barrer el piso? ¿Sabés todo lo que hago y me venís con esa pelotudez?
Chango:
Pero vos me hacés quilombo porque dejo migas en la cama y te pinchan… yo nada más te digo que me gustaría que guardaras las hebillitas en una caja…
Elena:
Me cansé de que me estés encima todo el tiempo, no puedo seguir así… si no te gusta como vivo ¡te vas!
Chango:
Uffff… dejá, me pongo las ojotas.
Quizás el Chango sea un poco más pacífico que yo, y gracias a él mis nervios están bajo control, pero es indudable que gracias a mí él no muere de hambre y frío.
Equilibrio perfecto.
Dicen que las ganas de vivir son lo más importante. Ante la adversidad más terrible, lo que nos salva es la voluntad de salir adelante aunque el camino sea difícil, y a simple vista no veamos la solución.
La fuerza con que nos aferramos a la vida puede determinar si sobrevivimos a una catástrofe porque no hay nada más poderoso que la mente.
La planta estaba en un estado crítico. Prácticamente podrida y quemada a la vez, si es que eso es posible. Me dispuse a tirarla a la basura, frustrada pero con la templanza de quien conoce la complejidad real de la misión que ha fracasado, cuando recibí el llamado del Chango.
Chango:
Elen, ¿cómo está el hijito?
Elena:
Casi muerto, Chango, qué esperabas, si te lo olvidaste al sol.
Chango:
Hacé lo que te digo: Fijate si la tierra de la maceta está humeda.
Elena:
Ok, sí, está húmeda apenitas.
Chango:
Perfecto, ahora llevala al balcón de atrás. Que tenga luz, pero no sol directo porque hace demasiado calor.
Elen:
¿Pensás salvarlo?
Chango:
Claro, es mi deber como padre. Ya hablé con un amigo que es jardinero, le hace falta luz pero hay que tener cuidado con los golpes de calor, y hay que regarla de noche y sólo cuando la tierra está seca. Perdón por haberme olvidado que estaba afuera con el sol… pobrecito… Félix Caprese
Elena:
A mí me dijeron que es una planta hija de puta que se muere de nada, así que no te sientas mal, un bebé es más resistente, mientras no se te caiga al piso ni nada de eso.
Chango:
Vas a ver que lo salvamos, entre los dos, de a poco va a ir saliendo adelante. Bueno, te tengo que dejar, nos vemos a la noche, ¡acordate de lo de la luz!
Con paciencia saqué las hojitas secas y puse a Félix afuera y a la sombra, en un lugar fresco pero con mucha luz. Me acordé de las recomendaciones de los lectores y presté especial atención a que estuviera cómodo y alegre.
Cuando llegó el Chango, él mismo chequeó la tierra y comprobó que se había secado. Acarició las hojas que quedaban y les prometió que todo saldría bien, mientras le daba un poquito de agua a las raices sedientas.
Así estuvo varios días. Chequeaba a Félix Caprese a la mañana, a la tarde y a la noche, constante y esperanzado. Pero al principio parecía ser el fin de nuestro hijito. Los golpes de calor y nuestra neglicencia como padres habían hecho mella en el tierno follaje, y pensamos que quizás ya era demasiado tarde y Félix estaba sacando pasaje para el cielo de las plantitas.
Pero al tercer día de cuidado intensivo, las hojas reverdecieron, y de a poco comenzaron a emanar ese aroma dulce que llena de magia las cocinas y es el polvo de hadas en la comida de todos los días.
Chango:
Mirá, ¿viste qué hermoso que está?
Elena:
Sí, lo que no entiendo es por qué le pusimos nombre de varón a una planta.
Chango:
Porque quiero que sea futbolista.
Elena
¡Tiene tus ojos!
—
(Gracias a ustedes, chicos, por toda su ayuda y sus tips de jardinería. Los quiero).
En la vida de toda pareja llega un momento en que se comienza a fantasear con la idea de tener un hijo. No sabemos por qué, ni tampoco tenemos muy en claro para qué sirven los hijos, pero lo cierto es que es muy común que en una relación consolidada surja el tema como algo natural.
Claro que cuando esto sucede, sólo estamos pensando en un hijo como un bebé, y creemos que lo único que tendremos que hacer es cambiar pañales, darle la teta y levantarnos a la noche si llora. Y eso es una pavada, decimos. ¡Con lo lindos que son los bebés! ¡Con ese olorcito tan rico que tienen! ¡Con lo simpáticos que se ponen cuando les hacés caritas y se ríen!
A nadie se le ocurre que después de la lactancia viene el jardín, los compañeritos del jardín (pediculosis y conjuntivitis), las mamis de los compañeritos, la escolarización, las maestras, hacerle las tareas, comprarle los materiales para plástica, que tu suegra y tu vieja te rompan los huevos con la crianza porque consideran que sos idiota e inconciente pero después nunca te lo puedan cuidar, llevarlo a basket y a inglés, festejarle los cumpleaños, bancarse a las novias atorrantas, lavarle las zapatillas podridas de adolescente, tolerar la música a todo volumen y que se le ocurran vocaciones ridículas y poco redituables como skater o acróbata, que te odie pero nunca se vaya de casa, o que se case con una estúpida que no sabe hacer una milanesa y te conviertas en vos misma en…. ¡suegra! (tengo entendido que cuando esto sucede tu cuerpo se cubre de verrugas y comenzás a tener misteriosos poderes… al menos eso le pasó a mi mamá cuando me emparejé con el Chango).
La gente no suele pensar a largo plazo. Entonces, te vienen con planteos como este, justo cuando no tenés un buen día, desembolsaste un fangote de guita para pagar impuestos y acabás de discutir con tu jefe, que considera que 50 horas semanales no es tanto y podrías esforzarte un poco más:
Chango
¿Te imaginás cuando tengamos un changuito?
Elena
No.
Chango
Daaaale, ¡no me digas que no te gustaría!
Elena
Creo que es una responsabilidad un poco grande para nosotros.
Chango
¡Por qué! Si a mí me encantan los bebés, no viste que siempre me los dan para que los haga dormir.
Elena
Bueno, a mí también me encantan los bebés, los bebés son lo más, pero esos son bebés de otra gente, los ves un rato y listo, yo no creo que estemos preparados para ser responsables de la vida de otra persona por al menos 25 años. Porque te recuerdo que sólo son bebés por un tiempo.
Chango
Nada que ver, yo sería un re buen padre.
Elena
Yo creo que tendrías entre seis meses y dos años de muy buen padre y después te olvidarías.
Chango
Qué desubicada, no podés decirme eso.
Elena
No es nada malo, yo lo que digo es que vos no podés mantener el interés en algo por un período prolongado de tiempo. No digo que no puedas cuidar a alguien, ni digo que no puedas educar un ser humano para que sea buena persona y siga sus sueños; digo que sólo podrías hacerlo hasta que te aburras.
Chango
Me parece injusta tu acusación y me ofende.
Elena
Mirá, sin irme a temas concretos, como el hecho de que nosotros somos dos pordioseros cuya carrera profesional viene lenta y con trabajos de dudoso rendimiento: ¿Te acordás de cuando dijiste que ibas a limpiar el baño todas las semanas y lo hiciste por menos de un mes? Es así. Al principio te divierte y después pierde novedad y no le prestás más atención, como cuando te pareció que era re copado que venga el sodero los sábados a la mañana y me clavé todo el verano con los sifones. O como cuando compraste el bombo y dijiste que ibas a aprender todo sobre el folklore, o como cuando quisiste ser dibujante y gastaste fortunas en carbonillas y papel y a la semana dejaste todo en una caja. Un bebé no es como un par de zapatillas, que te deja de gustar y lo regalás, eh. Un hijo es para TODA LA VIDA, ¿entendés? y yo no me pienso ensartar con media docena de sodas, un balde con lavandina y el pibe.
Chango
No puedo creer que consideres que no soy capaz de asumir un compromiso a largo plazo.
Elena
Bueno, vamos a hacer lo siguiente. ¿Viste ese experimento que hacen con los chicos para ver si pueden cuidar algo, que les dan un huevo y les dicen “traémelo en una semana así como está, sano y salvo”? Un huevo me parece un poco exagerado, así que vamos a tener una planta, y a ver cuánto dura.
Chango
Te voy a sorprender.
El fin de semana pasado compré una maceta, una bolsita tierra fértil y una plantita de albahaca. Armé nuestro hijo ficticio, lo regué y lo deposité en la mesada de la cocina el lunes a las 17 horas y veinte minutos. Como no sé absolutamente nada de plantas, la dejé ahí a ver qué hacía el Chango, sin darle ninguna indicación.
Pero no quiero contar qué sucedió. Prefiero que adivinen ustedes:
¿En qué estado está la plantita de albahaca hoy?
a) Impecable, con las hojas firmes y verdes, despidiendo ese perfume característico y tentador que alegra cualquier plato. Quizás dentro de unos meses adoptemos un perrito.
b) Ahí anda. Algunas hojas se secaron, pero la planta recibió riego y luz.
c) Después de haber quedado un día y medio al sol calcinante del balcón y a 34 grados de temperatura, la planta quedó mustia y agonizante. Para compensar, recibió medio litro de agua que pudrió las raices e inundó el platito de drenaje. Hojas sanas: 3.
Hagan sus apuestas.
Dime con quién andas y te diré quién eres, reza el antiguo proverbio. Pues bien, en líneas generales suele ser bastante cierto.
Nuestro entorno dice mucho sobre nosotros. Un grupo de amigos triste, deprimido, pesimista nos llevará por el camino de la desidia y la depresión; unos compañeros de trabajo vagos o ñoquis nos quitarán las ganas de trabajar y unos compinches ebrios nos conducirán a las borracheras más escandalosas.
De la misma manera, si nuestro círculo de conocidos está conformado por gente que admiramos, nos sentiremos motivados a ser cada vez mejores y a explotar nuestros talentos. En ese sentido, el Chango está bien estimulado. Sus amistades son interesantes y tridimensionales, llenas de cosas para decir y cualidades diversas.
Hasta acá todo bien. El tema es que aún así, cada tanto me aparece con el Gonza.
No sé qué tienen en común ahora que son adultos, pero el Gonza es mi pesadilla, además de ser el amigo más inexplicable de mi concubino. De hecho, cuando duermo mal, sueño que él planea hacerme un secuestro express y amenazarlo al Chango con cortarme los dedos de los pies si no le damos lo que sea que tengamos disponible en el cajero; o me lo imagino haciendo un inventario mental cada vez que viene a casa, para después venir a llevarse todo cuando no estemos.
El otro día, sin ir más lejos, pasó “a saludar”. Tuve que salir a comprar una gaseosa cola de marca porque él no toma otra cosa, y cuando volví ví que estaba abriendo un placard y mandando SMS como loco en un V3. El Chango ni lo miraba, porque estaba conectando algo a la TV, excitado. Al oler la botella de gaseosa multinacional reaccionó.
Chango:
Mirá, Elen, ¡mirá lo que nos trajo el Gonza!
Gonza:
Sí, amiga, para que no pensés que soy un desagradecido, es mucho mejor que el que tenías, te acordás, el Takuma que comprastes en 2004 en Garbarino. Esos son japonese, encima usado no te dan más de 20 mango. Este es mejor, te lee VCD y te toma el USB y te ponés las películas ahí y te levanta todo de ahí, entendés, un caño, como el del amigo de al lado, se compró uno así, está la caja en la basura, Fílip.
Elen:
Gracias, Gonza, en serio, no te tendrías que haber molestado. Pasame la caja que yo también aprovecho y la saco al palier.
Gonza:
Lo traje sin la caaaaja, amiga, ¡me pesaba en la bici! Cuchame, te hago una preguntita: el encargado, ¿qué día tiene franco? Por si vengo a saludar, digo, que me abra así no tenés que bajar vos, amiga, le digo que te vengo a ver y me abre ¿no?
El gonza se tomó 3/4 litros de cola y pidió permiso para ir al baño. Cuando salió dijo que estaba muy apurado y que tenía que ver a un amigo y se fue, prometiendo muchas nuevas visitas. Ni bien nos quedamos solos, le fui sincera al Chango:
Elena:
No me gusta el Gonza. ¡Todo lo que tiene es robado! ¡Cómo no te das cuenta!
Chango:
Boluda, sos paranoica, el Gonza es un amigo del barrio, de la infancia, ¿cómo va a ser punga? ¡No viste las zapatillas que tenía! Mínimo 500 mangos. Si sos chorro no te podés comprar unas así.
Elena:
…
Chango:
¡Qué!
Elena:
Es que siempre anda con electrodomésticos sin caja… ¿qué hace con las cajas, las tira? ¿Dónde compra? Además, un DVD… ¿no es mucho para un regalo de fin de año?
Chango:
Las cajas pesan y molestan, si después vos las vas a tirar, ¡es lo mismo! Daaaale, relajate, no seas gorila, aceptá a los que son diferentes, te digo que el Gonza es un pan de Dios. Además, no podés vivir desconfiando de la gente y menos sin pruebas, te hace mal y te envenena y ese no es el pomponcito del que me enamoré.
Elena:
¿Pomponcito?
Chango:
Bomboncito, bomboncito. Dale, miremos una peli y estrenamos el DVD.
Elena:
Bueno, voy a tratar. Andá a buscar alguna, mientras yo lo voy prendiendo.
Me calmé y me dispuse a disfrutar del regalo. Apreté open/close. Es bueno aprender a no prejuzgar, pensé mientras dejaba el control remoto a un costado. La bandeja se abrió.
Ahí descansaba, colorido, un DVD original de los Backyardigans.
Al mismo tiempo, el Chango me gritó desde el escritorio:
Chango:
Amor… ¿no viste el ipod?
Podés lograr coincidir en temas escabrosos como la política, los hijos, cuán seguido hay que visitar a la suegra, en qué se va a gastar el aguinaldo, qué película ver en el cine; pero cuando se trata de la tele, es casi imposible que los dos miembros de una pareja estén conformes.
>> Por lo menos eso nos pasa a nosotros:
1-
Elena:
¿Podemos cambiar de canal?
Chango:
¿Por qué?
Elena:
Porque esto es aburrido…
Chango:
¿Eh? ¿Qué tiene de aburrido el Beto Mársico hablando del Ferro de los ‘80?
2-
Chango:
¿Puedo cambiar?
Elena:
¡Estoy viendo!
Chango:
¿Pero qué es esto?
Elena:
Animal Planet
Chango:
Fascinante. ¿Qué mirás?
Elena:
El top 10 de serpientes más venenosas de todos los tiempos. La que gana es la mamba negra, la que Darryl Hannah le pone al gordo en la valija con guita en Kill Bill. Sus colmillos albergan más de una cucharada de veneno, y ese veneno puede disolver los órganos de su víctima, así que es muy mortal. Además ataca enseguida sin ser casi provocada. ¿Sabías que es la serpiente más rápida del mundo?
chango:
Cambiá que están dando Ghostbusters.
3-
Chango:
¿Qué es este embole?
Elena:
“Maravillas modernas: la industria de los caramelos”
Chango:
Dame ya mismo el control remoto.
Elena:
Lo escondí.
4-
Chango:
(Click. Click. Click. Click. Click. Click. Click)
Elena:
¿Podés dejar algún canal?
Chango:
Estoy mirando yo ahora.
Elena:
Pero no estás mirando nada, ¡estás cambiando de canal como un autista!
Chango:
Yo miro así. (Click. Click. Click. Click).
>> Sólo a veces llegamos a un acuerdo:
5-
Chango:
Quiero ver “El super agente ‘86″
Elena:
Pero ahora empieza “¡No te lo pongas!” y yo quiero ver eso, además yo estaba primero.
Chango:
Entonces pongamos los Simpsons.
Elena:
Me parece un punto medio aceptable.
6 -
Chango:
Héroes.
Elena:
House.
Chango:
Héroes.
Elena:
House.
Chango:
Héroes
Elena:
¿Extras?
Chango:
Ok.
7 -
Elena:
Hoy termina la temporada de Ugly Betty. Vamos a ver eso.
Chango:
Si me dejás poner Volver al futuro cocino yo, y después vos lavás.
Elena:
Ni loca, estafador.
Chango:
Lavo yo y te dejo mirar la repetición el domingo.
Elena:
Y me hacés un masaje en los pies.
Chango:
Y después me hacés vos.
Elena:
Entonces el lunes me toca Grey’s Anatomy.
Chango:
Caro, pero vale la pena.
Algún día tendremos dos televisores.
Sin duda la cualidad que más he desarrollado viviendo en pareja es la tolerancia.
Al principio de una relación, cuando acabamos de enamorarnos y estamos pasando por ese momento tan especial en el que de sólo pensar en la otra persona el corazón nos da un vuelco, directamente no vemos defectos ni manías. Sólo nos concentramos en todas las condiciones únicas e irresistibles que el otro reúne.
Pero más adelante estas pequeñas “cositas” van aflorando y nos encontramos con que el muy bestia no se sabe hacer ni un plato de fideos, ronca, no escucha a nadie cuando mira fútbol y desconoce la existencia del detergente y la esponjita o de inventos novedosos como la plancha o el trapo de piso.
Lo cierto es que cuando amamos a alguien aprendemos a tolerar sus aspectos menos ideales, de la misma manera que ellos se callan la boca cuando despilfarramos el sueldo en una cartera o pasamos 45 minutos cuchicheando con una amiga sobre lo atorranta que es una compañera de trabajo.
El Chango, por ejemplo, adquirió la gran capacidad de diferenciar entre varios géneros y colores para poder comprender mi continua necesidad de renovar el vestuario. Además, es el encargado de ordenar la biblioteca y jamás se queja porque yo pongo los libros atravesados horizontalmente en cualquier recoveco. Pacientemente los saca, los acomoda alfabéticamente mientras suspira resignado.
Yo, por mi parte, estoy muy entrenada. Perdono casi todo. Suciedad, huellas de barro, imprudencia financiera, gritos a la mañana porque el señor apagó el despertador entre sueños y ahora es tardísimo, pedazos de sánguche en el sillón, declaraciones de amor eróticas y sin censuras hacia Cristina Kirchner y Susana Gimenez.
Pero hay algo que no aguanto. Algo que me vuelve loca, que prácticamente me causa repulsión y que lamentablemente es un hábito muy arraigado en el Chango:
Sucede que él insiste en dormir con la misma remera que usó para ir a laburar.
Hace ya varios meses que convivo con esta amenaza bacterial, pero ayer no aguanté y se lo dije:
Elena:
Por favor, basta, es un asco, ¿no te podés cambiar la remera?
Chango:
¿Por qué? ¿Qué tiene esta?
Elena:
Es la que usaste todo el día.
Chango:
¿Y?
Elena:
Y que estuviste doce horas en el centro, viajaste en transporte público, sudaste y te venís a acostar con ese trapo roñoso.
Chango:
No te entiendo, es una remera, ni olor tiene…
Elena:
A ver, pensalo así. Si un pervertido se toca en el subte y vos después subís y te agarrás del mismo arito que él, me estás trayendo ADN de otro a mi cama, y lo mismo con la gente que hace caca y no se lava las manos. ¿Vos sabés la cantidad de gente que va al baño y no se lava las manos? ¡Traés caca al lugar donde dormimos!
Chango:
¡Eeeh qué exageraaada! A mí no me molesta, no quiero ensuciar una remera sólo para dormir, además, para que lo sepas no me apoyé en ningún lado, viajé ensardinado y sostenido por la gente que me apretaba para subir y bajar.
Elena:
Bueno, negociemos. De acá para alla es tu lado de la cama y podés llenarlo de gérmenes, e incluso mirá lo que te digo, podés comer. Pero este otro es mi lado. Para pasar para acá te tenés que sacar la remera y venir limpio, porque es mi santuario.
Chango:
Sos una neurótica.
Elena:
Ya sabés: Tu lado, caca de subte; mí lado, perfumito, sólo mis microbios y mi cuerpito dispuesto.
Me encantaría decir que inmediatamente el Chango se sacó la remera y se acercó a hacer cucharita, pero anoche había un vientito fresco y le dio frío, así que seguimos con la barrera de contención biológica. Sin embargo, confío en que eventualmente cederá, y nuestro lecho concubinal volverá a ser lo que era.
Paciencia, paciencia, el amor es así.
Basta de blogs de ingratas minas solas. ¡Estar felizmente en pareja es mucho peor! elenapaoloni@gmail.com