La vida con príncipe azul
Tengo un amigo que solo sale con chicas abogadas. Sus últimas tres novias se dedicaban a esa profesión, y su ex mujer también. Lo mismo le pasa a otro amigo, que se inclina sin exepción por pibas muy jóvenes con algún tipo de desequilibrio emocional, adictas a la terapia y al rivotril.
A uno de mis compañeros de trabajo, en cambio, lo vuelven loco las chicas con aptitudes para las artes visuales y tienen ateliers en colegiales. Y mi primo, muy por el contrario, es más simple: tetas, tetas, tetas.
El Chango, a diferencia de todos ellos, es un tipo de gustos muy variados. Es el que va a la panadería y cuando pide facturas le dice a la chica “poneme surtidas“, y es de los que piden tres o cuatro gustos en el potecito de 1/4 de helado y además prueban del tuyo. Tuvo todos los trabajos y vivió en todos los barrios, fue grunge, skater e intelectual y no descarta ningún caramelo. Y con las mujeres es lo mismo.
Así como hay hombres cuyas parejas parecen calcos una de la otra, este muchacho se caracteriza por tener un historial variadísimo y lleno de sorpresas.
Cuando era pequeño, soñaba con las chicas rubias de rostro angelical como la Silvina , aplicadas y sumisas, etéreas, de voz suave y ojos cristalinos.
Después se interesó por las atorrantas fumadoras de piernas largas enfundadas en calzas, tacones y pelo sauvage, y colgó un póster de Patricia Sarán en su cuarto de adolescente.
Ya en la universidad se sintió atraido por las chicas descuidadas y sin curvas que sacan 9 en los parciales, usan anteojos, son fans de Foucault y militantes activas contra los métodos de depilación del vello facial.
Y más adelante descubrió los placeres de la carne y se inclinó por mujeres barrocas y explosivas, petisas, fogosas y sin pruritos, como Ximena, la odontóloga que le hizo un favor sexual en el patio de la casa mientras toda su familia comía ravioles tranquilamente en el comedor.
Y en alguno de esos grupos estaré yo, aunque no sé exactamente en cuál. Supongo que un poco en cada uno y por eso concubinamos, pero es un misterio que excede mi capacidad de análisis.
La cuestión es que ahora que lo conozco bien sé que es difícil saber qué mujer le gusta, o mejor dicho, qué mujer no le gusta, porque creo que le gustan todas. Prueba de eso es lo que sucedió el viernes pasado, mientras yo adelantaba laburo y él hacía zapping en el living.
“Uuuh la destrozo“, escuché que le decía el Chango a la tele.
“Seeeh, la mato“, insistió veinte segundos después.
Me imaginé que estaría mirando “Patinando por un sueño” y babeándose con alguna obvia vedette/gato/actriz semidesnuda, y me acerqué para ver de quién se trataba. Para mi sorpresa, el objeto de su deseo no era ni Dallys Ferreyra ni Cynthia Fernandez.
Elena:
¡¿Susana Gimenez?!
Chango:
Está buenisssssima
Elena:
¡¿Susana?!
Chango:
¡Obvio! ¡Sabés cómo le doy! Mirá cómo le aprieta esa pollera… ¡Va a explotar! ¡La mato!
Elena:
….
Chango:
Aaay, claro, a vos te parece una señora gorda pero sabés lo que pasa, Susana es como la milanesa: No es lo más elegante pero es lo que siempre pedís cuando tenés hambre… es el opuesto a la rúcula, ponele. Rúcula para impresionar, milanesa en la intimidad.
Elena:
Entiendo.
La primera vez que lo vi él estaba espléndido, moviéndose bajo las luces locas del salón del gimnasio con la exactitud y la pasión de quien hace de la actividad física su fuente de ingresos.
Motivada como nunca por sus gritos tipo “¡Vamos!”, “Vos podés”, “¡Más duro!!” y “¡Ponele tooooda tu energíaaaaa!”, salté como un renacuajo ridículo, hice 500 piruetas sin quejarme y me sequé el sudor con una toallita creyéndome Anna Kournikova. Él era una especie de divinidad latina enfundada en ropa deportiva, alto y majestuoso. Hasta la transpiración le quedaba bien.
No me importaron sus pantalones de raso colorados con velcro a los costados, ni me pareció horrenda su musculosa de lycra negra que dejaba ver sus axilas peludas. Tampoco me desagradó el gel efecto húmedo que sujetaba su jopo de côté cuidadìsimo, al mejor estilo boliche de zona Sur en 1997.
Para nada. Me encantaba así, con toda, toda su brillante grasitud, así que seguí yendo a su clase con devoción por unos cuantos meses en los que jamás le hablé. Sólo lo imitaba en silencio. Levantaba rítmicamente la pierna derecha o la izquierda según la ocasión, o me concentraba en menear la cadera lo más cariocamente posible al ritmo de la percusión empalagosa que soltaba el equipo de música.
Cada tanto, él me felicitaba por mi tesón y yo me ponía colorada y orgullosa y experimentaba, además, un poco de vergüenza por sentirme atraida hacia un profesor de aerolasalsa que encima se vestía como un stripper y seguro tenía olor a chivo.
Pero es que si bien seducción, romanticismo y amor muchas veces se piensan como una trinidad sagrada e infranqueable, la verdad es que, por más enamorada que una esté, siempre es susceptible de que le gusten otros tipos. Y la que diga que sólo mira a su novio, miente. Y la que diga que nunca le gustó un impresentable, también.
A los tres meses él dejo de trabajar en el gimnasio y no lo ví más. Nunca entendí la razón de mi descontrol hormonal, porque si hay en este mundo un hombre que nada tiene que ver con el Chango es este.
Ayer me lo crucé en el colectivo. Él me reconoció y me saludó y nos sentamos juntos. Aproveché para charlar con él y conocerlo un poco más. Seguro era inteligentísimo, pensé… ¡con esos bíceps!
Elena:
Che y ¿por qué no das más clases en el gimnasio?
Profesor:
Y, no, entendés, re que la mina del dueño me quería levantar y re que me vinieron a apurar y a mí no me gustó la onda, entendés. Re que me llamaron, yo llevé a todos mis alumnos y después ellos re que inventaron algo para sacarme del medio y quedarse con mis alumnos, entendés. Porque yo laburo re bien y tengo mis alumnos que me re respetan y, nada, ellos tienen el re gimnasio pero necesitaban mis alumnos.
Elena:
Aaaaah…
Profesor:
Si, igual entendés no me importa, porque re hice más plata en otro lado y ahora me va mejor. Además la mina estaba bien pero no estaba taaaan buena y además era medio viejarda.
Elena:
Aaaah… claro… bueno, me bajo acá. ¡Nos vemos, suerte!
Profesor:
Te dejo una tarjetita del gimnasio donde estoy ahora, está re bueno. ¡Te re espero, eh!
Me bajé espantada y corrí a casa. Ahí me esperaba el chango con el termo lleno de agua a punto y el mate de artesanal que compramos en nuestras últimas vacaciones. Me contó cómo le fue en el trabajo, me invitó a ver una película a la Alianza Francesa , me dio un beso y me dijo que le gusta mi cola carnosa. Yo me sentí una estúpida infiel por haber tenido pensamientos impuros con alguien tan indigno de ser comparado con mi concubino caviar simpático, bueno, divertido, inteligente y tan exóticamente buenmozo.
Y bueh.
Cosas que pasan cuando hacés aerosalsa.
Sin duda planear una escapada de cuatro o cinco días con el bichito de luz es una de las actividades más excitantes y que más entusiasman a quienes, como yo, trabajan demasiadas horas y sólo tienen un poco de paz cuando logran apagar el celular y alejarse de todo arriba de un micro.
El proceso es en verdad muy sencillo. Primero se elige el lugar, luego se busca el alojamiento en google y se reserva por mail. Se paga por transferencia bancaria, junto con los pasajes, que también se sacan por internet o en la fabulósica terminal de Retiro. Facilísimo y ya sé, la espontaneidad no es lo mío.
Pero atención, que no todo termina aquí. Falta armar el equipaje. A simple vista pareciera tratarse de una operación sencilla que no debería tomar al viajero asiduo más de 20 minutos, pero no hay que confiarse.
Verán, en toda pareja hay un desastroso y un obsesivo. Siempre hay uno que no llevó medias y otro que empacó un sweater norteño para un fin de semana en las Cataratas del Iguazú. Siempre hay uno que pregunta al pasar “¿Me prestás protector solar?” al llegar a Villa Gesell, que es, además, el mismo que tiene que salir a comprarse un cepillo de dientes la primera noche. Por eso hay que estar atrás de los más descuidados.
Todo esto viene a cuento del mini-viajecito a la costa que estamos preparando con el chango, que me hace acordar a los preparativos de las vacaciones del año pasado. La noche anterior a viajar, al ultimar detalles, me di cuenta de que somos el yin y el yan, la cara y la ceca, el jamón y el queso.
Elena:
¿Te queda lugar en la mochila?
Chango:
Sí, ya puse todo y me quedó un montón de lugar. Qué, ¿vos la llenaste?
Elena:
Sí, y me quedaron algunas cosas afuera. ¿Las puedo poner en la tuya?
Chango:
Uf, bueno, pero después tengo que andar cargando tus cosas… ¿Qué llevás para cinco días? Hay que viajar con poco equipaje…esa es mi filosofía. ¿No podés llevar menos?
Elena:
Imposible. Además, tengo sólo lo necesario, dale, dejame poner estas cositas ahí.
Chango:
Pfffff, ok. Típico de mujer, tienen que llevar TODO. Cada vez que viajan se mudan.
Agarré como pude todo lo que me había quedado suelto y me acerqué a su mochila. Lo que encontré ahí adentro explicó todo:
>> Equipaje del chango - 5 días:
- 1 calzoncillo
- 2 pares de medias
- 1 jean
- 3 camperas
- 2 remeras
- 4 pulóveres
- 3 libros
- Una jabonera vacía
- Antiparras (?)
Con actitud sobradora y orgullosa de mi misma, le metí lo que faltaba, saqué las antiparras (?) y revisé mis cosas:
>> Equipaje de Elena - 5 días:
- 6 conjuntos de ropa interior + 2 bombachas sueltas
- 6 pares de medias
- 1 jean
- 1 jogging, por si queremos hacer deporte
- Un piyamita
- Ojotitas
- 4 remeritas “para salir a comer a la noche”
- 2 saquitos
- 1 campera, para el frío de la costa
- 5 remeritas “para el día”
> Monedero gigante con:
- Shampoo, crema de enjuague y antifrizz
- Perfume y desodorante
- Dentífrico y cepillo de dientes
- Maquillaje y secador para el pelo (optativo)
- Depiladora eléctrica
- Talco para los pies
- Ibuprofeno y buscapina
> Extras:
- Cámara de fotos
- Libro
Quizás era mucha ropa. Decidí dejar afuera una remerita, y me felicité por estar en todo y saber organizarme tan bien. Qué sería de este hombre sin mí, pensé, y ahí me acordé de que se había hecho el canchero.
Elena:
Che, perdoná que me meta, ¿no, querido? pero… ¿Con qué te pensás lavar la cabeza? ¿Pensás tener olor a chivo los cinco días? ¿No te vas a cepillar los dientes hasta que volvamos? ¿No te vas a afeitar? ¿No te vas a bañar? Qué fácil que es criticar, claro, si total Elena se acuerda de todo, claro, “ay, llevo poco equipaje, soy re banana”, claro, total Elena me lleva el dentífrico…
Chango:
Claro que pienso hacer todo eso, pero hace como 15 días ví en tu mesa de luz la lista de cosas que tenías que preparar y decía “CHEQUEAR CALZONCILLOS CHANGO”, y “AFEITADORA CHANGO”, así que ya sabía que te ibas a encargar de todo vos. Como siempre, bah. Además dejé lugar para toda las porquerías que llevás. Seguro pusiste como 10 remeras y 2 perfumes para 5 días. ¿Me equivoco?
Elena:
Estúpido. Me olvidé de la afeitadora.
Cuando estaba en el jardín de infantes me gustaba Pato porque era el que más rápido corría. No había ningún niño de pintorcito azul que pudiera ganarle a la mancha, ni a la escondida, ni mucho menos vencerlo en una carrera de velocidad, claro. Pato era, además de rápido, malo, gritón, violento y sólo podía dibujar usando una regla porque decía que “las cosas torcidas estaban mal”, pero nada de eso importaba porque tenía las piernas más rápidas del condado.
Ya en la primaria, el dueño de mi corazón fue Nico, que era mágicamente alto, cabezón y hacía buenas ilustraciones para los textos de literatura. De hecho, tenía un paquete de 36 fibras importadas que me hizo delirar por años.
En plena adolescencia llegó S.R., con sus claritos y el acento norteamericano que impostaba cuando hablaba inglés y me volvió estúpidamente loca.
Así hubo unos cuantos más, que me sedujeron con cualidades que nada tienen que ver con los parámetros sociales de levante. Unos zapatos celestes y un sombrero, un libro de fotos de inodoros del mundo, un chiste pornográfico contado delante de un jefe malaonda, una actuación desfachatada en un karaoke, un comentario sobre la escuela de Frankfurt o la capacidad de enumerar qué personajes son de Marvel y cuáles de DC comics… el sinfin de cosas que pueden hechizarnos es surtido e inexplicable.
Sin ir más lejos, el chango me gusta porque tiene las manitos chiquitas y parece que se le va a caer todo cuando lo agarra. Cuando toma café levanta el brazo entero hasta colocar el codo a la altura de la cara. Además ordena alfabéticamente las películas y los librosy sabe mucha trivia del rock de los ‘70. Y la primera vez que fuimos a comer juntos, después de vermr luchar con una porción de muzzarella un poco pasada de cocción y un cuchillo berreta me dijo, relajado, ”tranquila, chiquita, comela con la mano“. Adorable.
Pero lamentablemente, después de toda una vida de pasar por una mujer cuerda y racional, mi mentira quedó al descubierto esta mañana:
Chango:
Anoche soñé que me dejabas, que íbamos a una fiesta y vos estabas con tu novio y no era yo.
Elena:
¡Qué feo! ¿Y mi novio estaba bueno?
Chango:
Era Pablo Novak.
Elena:
¡Ay, me encanta Pablo Novak! ¿Y vos me hablabas?
Chango:
Sí, yo te iba a saludar y vos me decías “andate, ahora estoy con Pablo Novak”, y yo te preguntaba por qué y vos me decías “él es un hombre de verdad y me defiende”.
Elena:
No entiendo, ¿de qué me defendía?
Chango:
De unos que te habían querido bardear, yo qué sé el iba y les decía “eeeh qué te pasa amigooo”, pero ves, a las minas no les gustan los tipos porque son lindos o inteligentes, les gustan por las cosas más ridículas.
Elena:
Bueno, pero Pablo Novak tiene una nariz grandota y toca el piano y estaba en ese programa tan divertido de unos jóvenes que tenían un duplex…
Chango:
¡Ves! Ya fue, no voy más al gimnasio.
¿Quién no ha salido del baño, en pelotas y con el pantalón en los tobillos, insultando a viva voz porque “alguien” no había cambiado el rollo?
Levante la mano el que nunca se sintió un gil apretando el pomo de dentífrico hasta quedar con los dedos morcilla porque no tiene casi nada y nadie puso uno nuevo. ¿Y cuando abrimos el frasco y no hay más café?
Qué insoportable cuando se termina un elemento que necesitamos. Y para las mujeres, encima, se abre otro abanico de posibilidades: Quedarse sin tampones/toallitas, quedarse sin desodorante, quedarse sin crema para las piernas, quedarse sin demaquillante, quedarse sin yogur para el tránsito lento.
El tema es que cuando se están por acabar el rollo de cocina, el agua saborizada, la leche, el limpiador antigrasa, el detergente etc., cualquier persona más o menos normal compra uno nuevo y lo pone en cercanías del producto agonizante, para evitar un posible contratiempo. Entonces, cuando se nos muere el jabón, sencillamente agarramos el de repuesto que está ahí al lado y nos seguimos bañando tranquilamente.
Todo esto en un mundo ideal, porque en el país del concubinato sucede algo muy diferente.
Las que compartimos el techo con un especímen del sexo opuesto vivimos una realidad que nada tiene que ver con la lógica o el uso de la razón. En mi casa, por ejemplo, jamás pongo un producto nuevo al lado de uno que está en uso, porque sé que cuando vuelva a mirar estará abierto, probablemente destapado, y tendré entonces dos gaseosas a medio tomar perdiendo gas en la heladera.
O habrá en el baño dos tubos de dentífrico destapados apretados por el medio -el que inventó que somos las mujeres las que llevamos adelante esa práctica infame merece la cárcel-, dos bolsitas de queso rallado abiertas con los dientes en la cocina junto a dos paquetes de yerba con las esquinas cortadas y varias bandejitas de fiambre sin su plástico protector.
Y ni hablar de las tarjetas de colectivo. El chango, por ejemplo las tiene todas en la billetera, usadas, y no tiene ni idea de qué saldo hay en cada una. Si le pido una para viajar al otro día y no usar las monedas, me da cinco y me dice “fijate si alguna tiene”.
Mi padre, por su parte, toda la vida se dedicó a abrir sistemáticamente nuevos frascos de mermelada. Divorciado, solo o con matrimonio nuevo, en su refrigerador siempre hubo al menos tres, en diferentes estantes y en general del mismo sabor.
Para mi hermano, en cambio, el tema pasaba por el pan lactal. Las últimas cinco rodajas eran indeseables, así que directamente agarraba uno entero, fresquito. Con los meses, las bolsitas con las rodajas discriminadas se iban juntando hasta que con todas sumaban un pan familiar que había que tirar porque estaba lleno de moho.
Estos comportamientos se repiten en hombres de todas las edades y estados civiles, y la verdad es que no logro entender, porque una cosa es preferir un plasma antes que un TV de tubo, o elegir un C3 antes que un UNO modelo ‘97, pero:
¿Por qué no pueden esperar a que se termine el shampoo que está en uso para abrir uno nuevo? ¿Por qué siempre dejan el viejo ahí? ¿Un queso blanco por la mitad es peor que uno sin abrir? ¿A la mitad del pote se pone feo o algo? ¿Hay algún placer oculto en destapar una botella por primera vez? ¿Salen duendes malvados de adentro de un tarro de mayonesa empezado?
¿Eh?
¡Ya salió la Gataflora N° 8!
¿Por qué hay que comprarla? Porque es muy linda, tiene muchos colores, notas cancheras, y además la autora de la nota Astrid Kirchherr / Ni un pelo de tonta es una chica muy talentosa que se llama Elena Paoloni (no Paolini, como dice en la revista, jiji).
¿Quién es Astrid Kirchherr? Les dejo una pistita:
Desde los soquetes con puntillas de Madonna hasta las camperas de cuero ramoneras, pasando por las sucias camisas de franela de Kurt Cobain y las botas plateadas de Paul Stanley, la moda y el rock parecen vivir un romance eterno. Sin embargo, la relación dialéctica que nos convenció de batirnos el pelo como Donna Summer y delinearnos los ojos de negro como Ozzy Osbourne no existió hasta 1960, cuando Astrid Kirchherr entró en escena, le cortó el pelo a los Beatles y definió la estética rock.
A principios de los ‘60 el universo de pertenencia de los jóvenes era, por primera vez, completamente diferente del de los adultos. Tenían su propio lenguaje, un nuevo vestuario y el estilo de sus músicos favoritos para imitar. Pronto vendrían el amor libre y la revolución sexual, hombres con pelo largo y mujeres dispuestas a luchar por sus derechos, movimientos políticos, drogas, la minifalta de Mary Quant y las piernas de Twiggy. El rock fue, ni más ni menos, el catalizador de ese cambio, y Astrid Kirchherr estuvo en el momento justo y en lugar indicado para darle un empujoncito.
El resto, mis queridos, en la edición impresa.
Pueden chequear también el sitio de la revista.
/Fin de autobombo, muchas gracias.
El chango es un hombre muy capaz. Es inteligente, rápido, eficiente. Con sólo mirar cómo se desarrolla un proceso él puede repetirlo más tarde con total exactitud, y así aprendió a hacer arroz con salsa bolognesa, a planchar un pantalón de jean y a copiar un DVD.
Pero el tema del lavado y secado de ropa es otra historia, y la batalla del hombre contra el suavizante líquido tuvo su segundo round este fin de semana, esta vez con una víctima fatal.
Llegando a casa el sábado a eso de las siete, siete y media de la tarde, a veinte metros de la puerta de mi edificio miré hacia abajo para buscar en el bolso mis llaves. En la vereda había una media blanca con conejitos rosas -mi media blanca con conejitos rosas. Sin sorprenderme en lo más mínimo pero con algo de curiosidad, entre y subí por el ascensor.
Abrí la puerta de casa y caminé directamente al balcón, para ver si había allí alguna respuesta.
Lo que encontré fue horrible. Una especie de escultura posmoderna de cañitos blancos enroscados de las maneras más caprichosas que en algún momento había sido mi tender, envuelta en trapos sucios que alguna vez habían sido prendas de vestir de colores claros recién lavadas.
Mi sweater de hilo lila tenía atravesado uno de los fierros del tender. Las remeras celestes y grises estaban manchadas de barro, tierra, pasto. Faltaba la otra media.
Como pude, me dispuse a pedir explicaciones.
Elena:
Amorcito… mi amor… ¿Podés venir un segundito?
Enseguida apareció el chango en calzoncillo y ojotas. Su cara gritaba a los cuatro vientos: culpable.
Chango:
¡Hola hermosa! ¡Qué linda estás! ¿Te planchaste el pelo?
Elena:
Sí. Decime, mi amor… ¿Tendrás idea de qué le pasó al tender…?
Chango:
¿Qué tender? … ¡Aaah, nuestro tender! Mnno, ni idea, ¿por?
Elena:
Bueno, mirá, básicamente parece haber recibido una golpiza salvaje y/o participado en una lucha en el barro… ¿Se te viene algo a la mente, mi amorcito?
Chango:
Ay, bueno, mirá… yo te voy a explicar ¡pero no te podés enojar, eh!
Elena:
Empezá ya.
Chango:
Resulta que yo había lavado la ropa. Puse el jabón y el suavizante donde decían tus cartelitos, todo.
Elena:
Ajá…
Chango:
…Y después, cuando cortó el lavarropas, entré el tender y colgué toda la ropa y justo sonó el teléfono y era el Gonza que se compró una moto, entonces me puse el tubo en el hombro y salí al balcón con el tender cargado y me tropecé con el zocalito de la ventana y como no quería que se me cayera el teléfono no sabía cómo hacer y trastabillé y… se me cayó el tender por el balcón.
Elena:
… ¿Se te cayó un tender lleno de ropa cuatro pisos hasta la vereda?
Chango:
Y… ¡Sí! ¡Obvio! ¿¡Qué te estoy diciendo!?
Elena:
¿Y la media que falta?
Chango:
¡La tiré! Pensé que si no la veías no te ibas a dar cuenta de que se me había perdido la otra! ¿Estás enojada?
Elena:
No. Te sigo queriendo. Pero me tenés que comprar unas medias nuevas. Y que tengan los mismos conejitos. O también pueden ser florcitas.
Toda mujer con algo de experiencia en hombres -novios, familiares, amigos- sabe perfectamente cómo actuar cuando ellos padecen una gripe o cualquier tipo de malestar.
Es muy sencillo. Durante el día llamaremos incesantemente al enfermo, que automáticamente se asumirá bajo nuestro cuidado. Le llevaremos la golosina que quiere, compraremos el té con paracetamol y pseudoefedrina de su preferencia y le alcanzamos a la cama todos los vasos de agua que nos pida.
Un recuerdo muy vívido de mi infancia tiene como protagonista a mi madre despeinada y al borde de un colapso nervioso diciéndome con una taza de té vacía en una mano y una caja de pañuelitos de papel en la otra: “Hijita, ya sé que querés que te ayude con la tarea, pero papá está resfriado así que hoy y mañana van a ser días difíciles para mamá… ya vas a entender cuando te pase. Yo sé que te podés arreglar sola, confío en vos”. Nunca la había visto tan alterada, ni cuando se operó el quiste de ovario y después se le saltaron unos puntos, ni cuando nació mi primo y tuvo que estar un mes en incubadora, ni cuando nos entraron a robar y nos desvalijaron la casa. Nada pareció perturbar jamás su templanza, salvo mi papá y sus gritos desde la habitación.
Cuando un hombre está enfermo, sencillamente planificamos nuestro día en torno a él, y esto no es ninguna novedad. Pero la cosa se pone un poco más… demandante (agotadora, desgastante, irritante, insoportable, me vuelvo loca) cuando nuestro muchacho se descompone durante la noche.
Anoche me encontraba yo planeando suavemente hacia la tierra de los sueños, donde me esperaba Axel con una pila de sábanas recién lavadas, una soga interminable bañada por el sol y miles de suaves broches de madera, cuando una voz masculina me trajo de golpe a la realidad de mi cuarto.
- ¡¡¡OOOOOOOAAAAOOOUUUUUH!!!- me gritó el chango directamente al oído. Me despedí de Axel con la promesa de que en un par de horas tenderíamos la bianquería juntos y me incorporé para ver qué demonios le pasaba a mi concubino a las 2 y veinticinco de la madrugada.
Elena:
A ver. ¿Tenés cólicos?
Chango:
¿Qué es cólicos?
Elena:
Si te duele la panza, papi, ¿tenés retorcijones?
Chango:
Sí, sí, tengo, es caconga pero también tengo ganas de vomitar…
Elena:
Bueno, mirá, tenés un típico cuadro de gastroenterocolitis. Andá al baño, después tomate una pastilla de carbón, y mañana tomá mucha agua porque con todo este toletole intestinal te vas a deshidratar. Cualquier cosa me despertás, ¿sí?
Chango:
Cómo… ¿Te vas a dormir? ¡Me siento mal! ¿Y si me pasa algo?
Elena:
Va a estar todo bien, amor, va a estar todo bien.
Lo arropé, me dí vuelta y creo que llegué a dormitar porque alcancé a escuchar una suave voz que me cantaba, lejana “….amo lo que amas yo te am…¡TENGO GANAS DE VOMITAR!!!”, volvió al ruedo el chango. Eran las 3 y diez.
Elena:
Bueno, amor, vamos al baño.
Chango:
No, voy solo, estoy grandecito ya para que me trates como un nene, pffff, encima que me siento mal me tratás como un nene.
Elena (?!):
Bueno, te espero acá entonces.
Chango:
No, mejor esperame afuera del baño, por las dudas…
El episodio se repitió a las cuatro y cuarto, a las cinco y a las seis. Le llevé agua, le hice un té, le dí buscapina y carbón. Le prendí la tele y le hice mimitos en el cuello hasta que se durmió, y cuando sonó el despertador a las siete de la mañana me levanté para ir a trabajar sin haber pegado un ojo en toda la noche.
Chango:
¿No te podés tomar el día y te quedás a cuidarme?
Tentador, todo un día en casa. Posible, e incluso avalado por mi jefa, para quien lo primero es la familia -tiene cuatro hijos y no viene nunca a trabajar-, evalué la posibilidad. Vislumbré infusiones, medicamentos, promesas de que todo saldría bien y el chango no moriría de gastroenterocolitis, sopas con fideos munición, reclamos, pedidos, quejas… y por primera vez en mi vida desoí el grito ancestral de generaciones enteras de mujeres, ignoré el llamado de mi instinto maternal y rompí mis cadenas.
Elena:
Imposible. Quedate durmiendo. Tomá mucho líquido. Nos vemos a las nueve, cualquier cosa llamás a tu mamá.
Y me fui, dispuesta a dormir cuarenta minutos en el colectivo y por fin asistir a mi cita con el ídolo pop que ama mis aromas, mis fragancias…
Concubinar no es sólo abrazar a un osito cariñoso a la noche, mirar películas en el sillón o no tener que depilarte tan seguido porque él te quiere igual. Tampoco consiste simplemente en leer juntos el diario el domingo a la mañana, elegir entre los dos un revistero o hacer una excursión al barrio chino el sábado a la tarde para comprar un vino de arroz que nunca vas a usar.
Vivir con un hombre es un desafío para el que sólo las más fuertes y aventureras de nosotras estamos preparadas, porque ni siquiera es suficiente redoblar los quehaceres domésticos para mantenerse al día con la mugre que él genera, ni alcanza con aguantarse las ganas de carajear a la suegra cuando desliza al pasar que no sabés plancharle la camisa al nene.
El concubinato es una tarea faraónica que requiere paciencia, profundo amor y sobre todo muchísima rapidez mental para resolver las más diversas situaciones generadas por nuestro príncipe azul.
Una concubina eficiente sabe, en primer lugar, que es inútil quejarse, insultar y patalear. Prefiere, en cambio, invertir el tiempo en resolver, gestionar y administrar. Jamás llora sobre la leche derramada, sino que pasa un trapo de piso y se cruza al almacén a comprar otro sachet.
Una concubina eficiente conoce de logística. Sabe dónde están las panaderías, las pizzerías, los negocios de compostura de calzado, las cerrajerías y los kioscos del barrio. Puede cambiar una lamparita o mostrarle el escote al encargado para que lo haga él -según el estilo de cada una- y conoce algunos principios básicos plomería, o tiene un ferretero amigo que le explica en 5 minutos cómo cambiarle el cuerito a la canilla.
Y, sobre todo, una concubina eficiente siempre tiene el celular prendido, para poder recibir y solucionar llamados como estos:
1 - Estás en un curso que dura hasta las 22:
- ¿A qué hora venís? Mamá y las tías están por llegar y no hay nada para comer… ¿Dónde estás? ¿Te olvidaste de que venían?
- … ¿Vos me avisaste de esto exactamente CUÁNDO, AMOR?
- Ah, por ahí me olvidé, bueno, no importa entonces comprá algo por ahí pero apurate que llegan en 15, y acordate que mañana es el cumpleaños de la tía Lily ¿Qué le compraste, así se lo damos hoy?
>> Qué hace la concubina eficiente:
La concubina eficiente siempre tiene 1 kg. de milanesas y dos prepizzas freezadas. La salsa y el queso también se pueden freezar (”freezar” viene de “freezer” así que se escribe así). Además, es útil tener una botella de vino bueno para regalarle al suegro o brindar por algo importante, y un dulce casero, un licorcito o unos alfajorcitos cordobeses rellenos con dulce de frutas para obsequiarle a la tía Lily.
2- Caminás a los saltos por la calle. Tenés 15 minutos para llegar al turno con el ginecólogo y encima te toca la colpo:
- Me bañé y no tengo calzoncillo limpio. ¿Me comprás?
- Decime el talle.
- ¡¡Qué se yo!! ¡El de siempre!
- ¿Cómo voy a saber? ¿Y cómo hacías antes para comprarte calzoncillos si no sabés qué talle usás?
- ¡No me acuerdo!
- Bueno, agarrá uno de los sucios y decime el talle.
- No puedo, están todos colgados en la terraza y sabés que no me puedo poner pantalón sin calzoncillo… No me compres rojo que no me gusta.
>> Qué hace la concubina eficiente:
La concubina eficiente aprendió de sus dos abuelas que siempre hay que tener una muda de ropa extra para los chicos y guarda, entonces, un boxer nuevito en un cajón de la mesa de luz para cualquier emergencia. Tampoco está demás tener unas medias para sacar de la galera cuando al señor se le da por hacer deporte y usa tres pares por día.
3- Te acabás de subir al bondi y tenés 45 mins de viaje:
- ¡Hola amorcit…!
- ¡Rápido! ¿Dónde está la llave de paso?!?! ¿¿DÓNDE ESTÁ?!?!?!? ¿¿¡¡No hay trapos en esta casa?!?! ¿¡DÓNDE HAY TRAPOS?!
>> Qué hace la concubina eficiente
Se toma un rivotril.
Estamos en 2004, y acabo de disfrutar de mi primera noche de intimidad con el chango. Pero no puedo dormir. Tengo la vejiga llena y siento que si me muevo bruscamente me voy a pillar encima. Intento relajarme, cierro los ojos, pero comprendo que no me queda otra, me voy a tener que levantar.
¿Pero cómo hago? Estoy en bolas… si me levanto, él me va a ver en todo mi… esplendor celulítico, pasado de medidas y lleno de marcas que hace instantes era un torbellino del amor pero que ahora se convierte en mi peor pesadilla.
Miro a mi alrededor. Tengo que encontrar algo para taparme. ¡No puedo envolverme con la sábana como si fuera Angelina Jolie! Hmmm dónde está mi bombacha… ¿Y mi remera? Uh, ahí hay algo… una camiseta sucia. ¡Mi salvación! Me la calzo como puedo intentando no olerla (pffff si esto es transpiración esta relación va a ser durísima) y chequeo qué hace mi nuevo compañero.
¿Qué hace? Mira televisión. Desnudo. Con el pito al aire y la panza cervecera distendida y a flor de piel, cómodo y relajado. Desnudo, bah.
-¿Qué hacés? ¿No dormís? Me colgué con la tele… voy al baño-, dice mientras yo sigo tratando de taparme con ese trapo horrible. Él se levanta de la cama y ni siquiera busca unas ojotas. Camina hasta el toilette con total calma, hace lo suyo y, así como está -repito, en tarrrrlipes- va a la cocina, se sirve un vaso de gaseosa y vuelve al cuarto. Bebe parado, frente a mí. El pito sigue ahí.
Lo que me llama la atención de esta escena no es la femenina inseguridad que me produce mi cuerpo, sino el masculino orgullo que tienen ellos por el suyo. Envidio fervorosamente la libertad con que se pasean sin ropas delante de cualquiera. Envidio su amor por la desnudez -culto al nudismo, casi-y la comodidad con que se desplazan bamboleando las bolitas con la gracia de un top model europeo. Envidio la felicidad con que exhiben sus barrigas mientras devoran una bolsa de papitas en la cama.
Y, sobre todo, envidio que puedan hacer pis cuando quieran y no necesiten ponerse la remera sobre la que duerme el perro, maldita sociedad.
Basta de blogs de ingratas minas solas. ¡Estar felizmente en pareja es mucho peor! elenapaoloni@gmail.com