Atrévase a soñar

22 Sep 2008 En: De hombre

Si me preguntan cualquier día de estos qué cosas materiales deseo, diría sin pensar: la depilación láser, un vestidor amplísimo lleno de zapatos y carteras de cuero en todos los colores y un secador de piso que venden por televisión que absorbe líquidos y barre el polvo al mismo tiempo. O una cámara de fotos nueva y todos los libros y revistas que mi mesita ratona pueda soportar.

Las mujeres miramos vidrieras con la constancia de un ritual sagrado -lo es-, e imaginamos cómo lucirían en nuestros cuerpos los modelitos de moda. Algunas también fantaseamos con tratamientos de belleza milagrosos y dejamos volar nuestra imaginación con las revistas de viajes o decoración y los catálogos de cosméticos.

Y sin duda, ellos también tienen algunos innegables objetos de deseo. Que todo hombre sueña con un plasma es una obviedad, pero además quieren sillones de cuero masajeadores, calentadores de toallas eléctricos, reproductores de DVD para el auto, mp4 faroleros, mesas de pool y ping pong, trajes a medida, manuales de supervivencia, cañas de pescar y raquetas de tenis.

Cuando era chica, por ejemplo, mi hermano no paraba pedirle a mi padre un family game, mientras él volvía loca a mi vieja para que le consiquiera los cuchillos de asado más extravagantes y ahora le llorisquea a su actual mujer por una bodega de esas que mantienen los vinos a una temperatura constante. El chango, por su parte, sólo quiere una TV 29′, un banquito para apoyar los pies mientras la mira y una bandeja de madera artesanal con huequitos para poner distintos fiambres.

Cada muchacho tiene sus preferencias, claro, pero hay un artículo que los desespera desde su aparición en el mercado. Se trata de un artefacto cuya función es primordial, está cargada de magia  y evoca todo lo bueno y santo que hay en el mundo. Los desvela y los seduce con su promesa de aromas y sabores maravillosos, ancestrales, y los hace delirar en un mar de baba que les nubla la razón.

Lo que todo hombre quiere sin distinciones de edad ni profesión, señoras, es la infame máquina de hacer pan.

Hipermercado que hace descuento del 10% los jueves con tarjeta de débito de Banco español y que vende baratos y recomendables productos de marca propia.

Estamos esperando pacientemente en la cola de la caja, después de discutir sobre la elección de los elementos que compramos (él quería polenta, yo le dije que eso en mi casa no se come, él dijo que comió toda la vida y ahora es un roble, yo le dije que por tanta polenta ahora tenía que ir a correr a la plaza todos los días, él se enojó y me dijo que con mi culo comían tres meses todos los de Viven, etc.)

Elena:
Cambiaron las góndolas de lugar, ¿viste? no encontraba nada, tardamos una eternidad.
Chango:
¿Quiénes cambian las góndolas de lugar?… En todo caso moveran las cosas de lugar, pero no tiene sentido mover las góndolas per se… o por ahí hay gondoleros que se cansaron de donde estaban y decidieron moverse un poco.
Elena:
¿Mientras cantaban “O sole mio” con una remera a rayas y un sombrero de paja y se comían un yogur o unas galletitas? Para eso era más fácil que se bajaran de sus góndolas y las intercambiaran con otro gondolero.
Chango:
Un gondolero se hunde con su góndola. La góndola es su gran amor. ¡Qué poco cine viste, mami!

Se acercan dos muchachos con indumentaria deportiva de marca y sendas gorritas. Sus ojos están violentamente enrojecidos debido al altísimo consumo de hierbas medicinales.

Chico con gorrita:
Eh amiguu, ¿no me dejá pasá que tengo eto súluu?
Chango:
Sí, pá, pasá, pasá.
Elena (en voz baja):
Boludo… ¡¿con el bajón que tienen viste lo que compraron?!
Chango:
No sé, unos chocolates seguro.
Elena:
¡No! ¡Tenían un pan de salvado!! ¡¿Qué hacen comprando un pan de salvado para el bajón? ¡¿Quemaron cuete para una semana y compran pan de salvado?!
Chango:
“eh amigo, con eso no te va a alcanzá eeh!”
Elena:
Bueno, aunque en Cuestión de peso siempre dicen que el pan de salvado produce saciedad… pero igual… ni siquiera una botella de coca se compraron… ¡Bizarre!
Chango:
Bueno, para el caso si querían chocolates o coca los podían comprar en el kiosco.
Elena:
Por ahí son gordos recuperados con conciencia nutricional…
Chango:
Bajón sí, pero sanito.
Elena:
Aparte ese pan yo lo ví en la góndola, salía 7 pesos, ¡una locura!. Con 7 pesos se pueden comprar una coca, dos Hamlet, ponele, o una bolsa de papafritas.
Chango:
¡7 pesos! Y claro, los gondoleros cobran en Euros, si lo pensás no llegan a los 2 Euros la hora con 7 pesos. Técnicamente este mercado los explota.

Cajera:
Chicos, los fumados parecen ustedes. ¿Efectivo o tarjeta?
Elena y chango:
Tarjeta.

Naranja-durazno

15 Sep 2008 En: El mío

¿Se acuerdan de las polleras-pantalón? ¿De los champúes 2 en 1? ¿De las camperas reversibles? ¿Del chupetín con chicle globo? Siempre me gustaron esos grandes productos que apuntan a satisfacer varias necesidades a la vez.

El Chango es una especie de cono combinado, de esos que dejan contentos a los indecisos. Puede tocar la guitarra, pelar un salamín, hacer un asado y apreciar un perfume importado, todo con la misma naturalidad, y a mí me encanta, porque siento que por el mismo precio tengo diez hombres diferentes.

El sábado a la mañana, sin ir más lejos, todos esos contrastes convergieron como los colores chillones de una blusa hindú.

1.

Interior - Correo - Día

Estamos esperando para enviar una carta documento. Tenemos el número 16, y por suerte no hay mucha gente delante de nosotros. Llaman al 15, y una chica se acerca enseguida a la ventanilla.

El chango se sube la capucha del buzo deportivo, se adelanta y la corre con el brazo, iracundo:

Chango (a la chica y después a la cajera):
MOMENTITO MOMENTITO eh, ¿Qué número llamaste?
Elena (muerta de vergüenza, en un susurro):
El 15, amor, nosotros tenemos el 16…
Chango (a la chica):
Y vó ¿qué numero tené, a ver?
Chica:
El 17.
Chango (a los gritos):
¡Entonces para qué pasás si llamó el 15! MI MUJER TIENE EL 16. Pasá, mi amor, pasá que te toca a vó, no a la piba, que no sabe contar. ACÁ ESTÁN TODO’ APURADITO’, PARECE, Y SE QUIEREN HACER LO’ VIVO’.

La chica vio las zapatillas deportivas del chango, se corrió para atrás aterrada y yo pasé e hice mi trámite con tranquilidad, protegida por mi caballero fuerte de provincia que me cuida, siempre.

2.

Exterior - Calle - Día

Salimos del correo y caminamos unas cuadras al sol, relajados. Le aclaré al chango que debíamos volver a casa pronto porque yo quería prepararme para un compromiso. Él asintió y dijo que hacia allí estábamos yendo.

Sin embargo, noté que estaba haciendo un rodeo de varias cuadras, cosa muy poco común por cierto. Le recordé nuevamente que necesitaba volver a casa, y él reiteró que estábamos caminando en esa dirección.

De repente se paró en una zapatería paquetísima que yo nunca había visto, al lado de una sastrería ídem. La vidriera exhibía pañuelos de seda italiana, bolsos y maletines de cuero y calzado finísimo. Cual chiquilín que mira de afuera, el chango suspiró:

Chango:
¡Ay, mirá lo que son esas botitas! ¡Me muero! Me encantan así, con cordones pero de vestir para usar con unos jeans no muy anchos, azul oscuro. ¿No te encantan? ¡Y mirá esos marrones! ¿Y si los saco en cuotas?
Elena:

Chango (como loco):
¿Negros o marrones? En realidad necesito los dos, ¿vos qué pensás? Botitas me gustan negras, más Beatle… aunque también me gustaría hacerme un traje a medida, que te re estiliza. Ay, no sé, salen caros pero mirá la calidad, un zapato así te dura toda la vida, es cuero de primera, bien terminado. Además está bueno combinarlos con algo informal, ¿no?

Elena:
No sé, Carrie, vos sos la experta…
Chango:
En serio. Los zapatos dicen todo. Por ejemplo ¿por qué no usás tacos vos? Te alargarían las piernas y podrías usar vestiditos acampanados y unos anteojos bien grandes ¿no?

Elena:
Me encanta cuando te hacés el Ante Garmaz. Cancelo todo, llevame al shopping.

Chango:
Dale, pero antes pasemos por casa que me cambio, ¡estoy reee croto!

Coronamos la tarde con unos tés de Inés Bertón, que el chango decidió acompañar… con unos sanguchitos de matambre.

Cambio de hábito

11 Sep 2008 En: De hombre, Reflexiones y confesiones

Si sos concubina hace poco, seguro estarás sorprendida por la calidad y la cantidad de alimentos que consume tu pareja. Es probable, incluso, que las primeras semanas te hayas quedado corta con las compras y hayas tenido que hacerte un par de corridas nocturnas al mercadito chino más cercano para conseguir pan, fiambre, gaseosa y golosinas porque a él no le alcanzó con el revuelto de zapallitos, o directamente no lo quiso comer.

Y es que como mujer soltera te resultaba perfectamente normal cenar galletitas con queso o una sopita de taza y tu heladera sólo tenía yogur descremado, pan doble salvado, mermelada y un táper con tarta de acelga para llevarte al laburo al día siguiente. Pero a la luz de la vida en pareja te encontrás con que los hábitos alimenticios de los hombres son bien diferentes.

Para evitarte la confusión, desde Pájaro en mano queremos brindarte a vos, concubina de hoy, una práctica guía para adaptar a tu nueva realidad las cosas que solías comer todos los días y que ahora no son recibidas con alegría por tu Mostro:

>> Caso 1: Barrita de cereal
Manjar para algunas, consuelo light para otras, se la agregás a su vianda para que la coma a la hora de la merienda.
> Error:
Barrita de cereal no es comida. Si no tiene dulce de leche o viene en paquete de menos de 100 grs. no es comida.
> ¡Masculinizalo!
Ponele dos, mínimo, de las bañadas en chocolate, o mandale un alfajor y evitale disgustos.

>> Caso 2: Tarta
Para una cena liviana y sanita, nada mejor que una rica tarta de zapallitos, de una sola tapa para evitar comer tanta masa.
> Error:
Zapallito es para la tortuga.
> ¡Masculinizalo!
La tarta tiene que ser de jamón y queso, pollo y queso, espinaca y queso o cebolla y queso, siempre con dos tapas. Calculá 1/2 tarta por hombre por comida, más guarnición.

>> Caso 3: Ensalada
Hace calor y no tenés ganas de cocinar, así que improvisás una ensalada llena de vitaminas, con lechuga, tomate, zanahoria, remolacha y rúcula.
> Error:
Ensalada es para acompañar un bife a caballo.
> ¡Masculinizalo!
Sacale la remolacha y ponele jamón, queso, pollo, huevo, papa, choclo y arroz. Y comprá unos pancitos. Y algo para el postre.

>> Caso 4: Sánguche
¡Qué bien caen unos sanguchitos de vez en cuando! Le preparás uno bien lindo, lo cortás en triangulitos y se lo llevás al sillón. ¡Reina!
> Error:
¿Uno? Un sánguche no es comida, es merienda.
> Masculinizalo:
Para que sea comida, calculá entre tres y cinco sánguches bien rellenos por hombre, y conseguí fiambres variados, como salame, mortadela y el eterno, mágico fiambrín que siempre arranca sonrisas.

>> Caso 5: Milanesa de soja
Llegás tarde a casa pero con hambre y pensás hacer unas milanesitas de soja con tomate para salir del apuro.
> Error:
La soja no es comida.
> ¡Masculinizalo!
Caradura, no hay manera de masculinizar una milanesa de soja. Llamá a la rotisería más fritanga del barrio y pedile una napolitana. Si es con puré, mejor.

Hombres de todas: El Lagarto

8 Sep 2008 En: Los otros

Cuando éramos adolescentes, todas soñábamos con un rockero. Un artista talentoso, sexy, irresistible. Los ideales eran Jim Morrison y Kurt Cobain, pero nos confomábamos con lo que había, y en mi caso lo que había era Gonzalo Rodríguez, alias El Lagarto.

El Lagarto tenía 24 años, pesaba 43 kgs, era completamente lampiño, no había terminado el secundario y no trabajaba porque era músico y porque sus padres lo mantenían sin problemas. Su mamá era mecánica dental y su papá tenía una concesionaria de autos.

Nos habíamos conocido en el cumpleaños de una compañera mía de segundo año. Él enseguida me había dado bola porque yo era la única de todas que ya tenía buenas gomas pero todavía no era una atorranta total, y
además porque sabía quién era Hendrix, odiaba a Shakira y no me había
espantado por su olor a cigarrillo asfixiante y su aliento a birra.

Seducida por la idea de ser la groupie de un chico más grande, rudo y con calle, empecé a frecuentarlo, pero no era fácil ser la novia del Lagarto. En primer lugar porque a mi mamá no le gustaba nada que yo anduviera con él, pero sobre todo porque las salidas eran poco variadas: Tomar cerveza en la esquina con los vagos, tomar heavy metal (vino blanco + sprite + azúcar) en el bar de un amigo y dos veces por semana tomar vino de cajita en el ensayo de su banda, Mukolítiko. Yo me sentía Nancy, Yoko y Courtney, todas juntas, y soportaba estoicamente los riffs carentes de armonía y ajenos al más mínimo sentido del ritmo que El Lagarto, Rengo y Jóse le arrancaban a sus guitarras indefensas.

Me sentía una nena inocente ante sus chupines negros elastizados, sus zapatos con hebilla y su campera de jean con el aplique de Hermética en la espalda. Después de Pappo, en mi ranking venía El Lagarto, que me decía “nena” y nunca me dejaba tocarle el pelo negro, largo, con raya al medio y atado con una colita hecha de medibacha porque decía que se lo engrasaba.

Mukolítico nunca había hecho un show en vivo, pero aún así El Lagarto actuaba como un verdadero rockstar decadente: trataba mal a las chicas, le contestaba mal a la madre, no dormía y nunca quería usar remera. Sólo conmigo era sensible y encantador, o por lo menos eso pregonaba yo a los cuatro vientos en los recreos del colegio aunque ahora, en la distancia, creo que mi visión era algo rosa.

En octubre de 1997 la banda consiguió su primera fecha en una sociedad
de fomento, en Temperley. Los chicos se pusieron sus mejores remeras (una de Sepultura, una de Megadeth y una con la cara de Iorio), sus cinturones con tachas cuadradas y sus pantalones más ajustados. Fuimos en tren. Yo cargué los platos del baterista y llené botellas de gaseosa con cerveza. ¡Qué aventura!

El show fue espantoso. Horrible, horrible. Lo peor que escuché en mi vida, pero ellos le pusieron pasión. El Lagarto se sacó la remera al segundo tema, escupió en el piso y yo… en ese instante me dí cuenta de que era un gil y no lo aguantaba más.

Soporté como pude el resto del recital y me dispuse a dejarlo para siempre. Él se acercó, sudado y apestando a alcohol.

Lagarto:
¡Sonamos increíble, la rompimos! ¿Viste qué grosssso? ¡Metal!
Elena:
No, la verdad que no, Lagarto, sos malísimo, te lo tengo que decir. Y me da asco que escupas. Mirá, lo nuestro no da para más, ya fue.

Lagarto:
¿Pero vos estás loca, pendeja? Te vas vos y vienen veinte que quieren ocupar tu lugar, no sabés lo que es el Rock…

Elena:
Bueno, que suerte para vos… además nunca entendí por qué te dicen El
Lagarto.

Lagarto:
Por Iggy Pop, pendeja, encima de pendeja, ignorante.
Elena:
Eh… pero Iggy Pop es La Iguana…
Lagarto:
Andate a la mierda.

Esperé a que se hiciera de día para tomar el tren de vuelta, aliviada, escuchando un cassette de Los Beatles en el walkman. El Lagarto nunca
volvió a hablarme, pero al año siguiente me enteré de que estaba saliendo con Flavia, una treintañera bebedora de cerveza insaciable que se teñía el pelo de fucsia, se pintaba las uñas y los labios de negro, usaba minifalda, medias de red y botas con plataforma y que, como yo a los quince, se había creido que “eso” era El Rock.

El consorcio indiscreto

4 Sep 2008 En: Diálogos conyugales, Nidito de amor

Tener una vida íntima verdaderamente íntima en un departamento puede ser complicado. No es fácil combinar noches de pinguipingui desenfrenado y discusiones acaloradas con las frágiles paredes de las cajitas de zapatos que nosotros, bichos urbanos, solemos habitar.

Imagino que ese es el caso de mi nuevo vecino, que hace unos días gritaba “¡Quiero más, soy colita pedigüeña!”, o el de los chicos del piso de abajo, que discuten todo el tiempo porque él quiere que su madre vaya a vivir con ellos así ahorran un alquiler y pueden comprar un auto en cuotas.

Y ni hablar de los viejos del cuarto. Ella le pega porque cree que él la engaña con la secretaria, y él siempre llora a gritos y todos nos enteramos. Después van a misa, dos veces por semana.

Quizás los constructores debieran pensar un poco más en la privacidad de la gente y levantar muros más gruesos, como los de los edificios de los ‘50, o al menos elaborar alguna estrategia para que el dormitorio de uno no quede separado del de un vecino por unos ínfimos 15 cms. de pared berreta.

También supongo que para evitar que los habitantes de los demás departamentos sepan todo de la vida de uno, uno podría intentar mantener bajo el nivel de su voz, o dejar prendida la televisión las 24 horas del día para disimular los ruidos, pero nadie puede vivir así, y entonces pasan cosas como esta.

Resulta que después de unos días bastante agitados, agotadores, larguísimos, llenos de viajes en transporte público en hora pico y discusiones con empleados de la obra social, decidimos liberar nuestras tensiones de la manera más, tradicional y efectiva.

Sobre el final del primitivo pero siempre tan satisfactorio acto consumado en el living:

Chango:
¡Síiiiiiiiiiiiiiiii!!! ¡¡Esto es lo mejor que me pasó en la vida!!!!
Elena:
¡Es lo más! ¡Hagámoslo más seguido! ¡Wohoooooooo!
Chango:
¡¡Más, más!!!

**explosión**

Chango:
Sos buenísima.
Elena:
No, el grosso sos vos.
Chango:
No, vos, ¡BOMBA ERÓTICA!
Elena:
Ay bueno, los dos.

**fiussshhhhh - papel por debajo de la puerta**

Chango (!!):
…. las expensas… llegaron las expensas.
Elena:
¡¿El tipo estuvo ahí todo el tiempo?!
Chango:
¡Qué se yo! ¡Las acaba de tirar, qué se yo si estaba en el palier desde antes o si recién llegó!
Elena:
Escuchó todo. ¡Seguro! Ahora no le voy a poder ir a hablar nunca más, ¡me va a dar vergüenza! ¡Edificio de mierda, se oye todo!!
Chango:
Peor él, que se queda escuchando.
Elena:
Bueno, por ahí no quiso interrumpir…

Dos minutos más tarde, cuando bajé a sacar la basura, el admnistrador (Roberto, 45 años, buzo de rugbier color verde botella, jean celeste, pelado, anteojos, panza) estaba todavía ahí, poniendo en orden unos papeles. No supe cómo saludarlo, pero no hizo falta.

Roberto:
Hola, bebota, ¿cómo estás?
Elena:
Eh… qué tal Roberto, cómo le va…
Administrador:
Bien, muy bien, pero veo que a vos te va mejor, iba a pasar a ver el techo del baño a ver si se te filtró humedad de arriba, pero me pareció que estabas ocupadita… jeje, la próxima invitame, ¡mejor vos y no ese vecino tuyo que quiere por atrás porque yo soy bien macho, eh! ¡Macho arrrrgentino!
Elena (!!):
… Chau, Roberto.
Roberto:
Chau, bombita.

Bueh, qué se yo… por lo menos no estábamos hablando de gases o patinadas en el inodoro. Para la próxima pongo música funcional.

Su pasado me condena

1 Sep 2008 En: Los otros, Reflexiones y confesiones

Momento inevitable en la vida de toda mujer.

No importa dónde vivas, dónde viva ella o qué horarios tenga cada una. Un día te vas a cruzar con la ex de tu novio. Esa con la que estuvo muchísimos años y lo dejó hecho un discapacitado emocional que te cagó la vida con sus traumas e inseguridades. Esa a la que todos recuerdan como “su mujer“, mientras vos sos “la de ahora“. Esa que lo hizo dejar de creer en el amor y por eso él te cortó el rostro tantas veces aunque vos morías por él. Esa que no le enseñó a colgar la toalla mojada, ni a sacar la basura, ni a vaciar el mate después de usarlo, ni a pagar la factura del teléfono antes del vencimiento. Esa que lo cagó con el peor tipo y lo llevó a desconfiar hasta de la madre.

Y no importa cuánto te prepares o cuán clara sea tu certeza de que el encuentro va a ocurrir tarde o temprano, porque nunca vas a estar preparada.

En mi caso ese día fue el sábado pasado. El chango y yo estábamos en una especie de minimercado de productos de limpieza y perfumería comprando alegremente papel higiénico de 80 metros y shampoo en botella de litro. Románticos, mirándonos a los ojos en la góndola de las toallitas femeninas y dándonos besitos en la de los insecticidas, disfrutábamos de un sábado más en la bucólica provincia de Buenos Aires.

En un momento nos separamos y él fue a buscar una pomada para zapatos mientras yo elegía un paquete de broches. Me gustan los de plástico que tienen lindos colores, y cuando cuelgo la ropa juego a que el broche tiene que combinar con la prenda que está sujetando; aunque sé que los de madera son mejores porque arruinan menos la ropa y tienen ese je ne sais quoi tan retro chic y… de pronto alcé la vista y lo ví al chango, desencajado y sin la pomada.

Chango:
Boluda… no sabés… boluda… ¡Está “Alvin”!!!!
Elena:
¡Naaaah!! ¿Dónde? ¿La saludaste?
Chango:
En los desodorantes, está con el novio… ¡que tiene un chaleco de polar!!
Elena:
¡El polar es lo menos!
Chango:
¡Ya sé! ¡Vámonos!
Elena:
No me jodas, me falta comprar la mitad de las cosas. A ver, voy a verla, ¡a ver si está hecha mierda! ¡Ay, que esté hecha mierda plis!

Chango:
Si es por eso quedate tranquila.

Mientras él se escondía detrás de una pila de pañales importados, me acerqué sigilosamente hacia el área de los aerosoles rogándole al cielo que estuviera destrozada y sintiéndome fea y poca cosa y la ví. Gel hasta el tuétano formando unos rulos durísimos. Cejas gigantes. Base de maquillaje tostada, rubor salmón, delineador de labios, sombra beige oscuro, tapado de paño marrón con botones dorados, pollera estampada de esas con elástico, zapatos leñadores y ese gesto tan particular que le valió el apodo. Al lado de Alvin estaba su actual marido, un muchacho petiso de jeans celestes apretadísimos, remera de algodón blanca manga larga con inscripciones y el infame chaleco de polar, color bordó. También él había sumergido su cabeza en una pileta de gel efecto húmedo.

Qué extraño pensar que esa mujer con tanta cara de orto solía quitarle la respiración al chango. (¿Qué lo habrá seducido de ella? ¿Por qué ella lo cagó con el remisero? ¿Cómo él le dejó los muebles? ¿Por qué ella sigue llamando a mi suegra para el cumpleaños?)

(Yegua.)

Me alivié, por supuesto. Nosotros estábamos mejor y yo ni loca me pongo zapatos leñadores. Pero ¿Qué hubiera pasado si ellos hubieran estado espléndidos? ¿Si ella pesaba 45 kgs. y él se hubiera parecido a un stroke? Alvin no se hubiera hecho la boluda. Nos hubiera saludado sonriente, y más tarde habría comentado con sus amigos que se cruzó a su ex, que estaba crotísimo y que la novia tenía un grano al lado de la nariz y debería aflojar con los postres. Y honestamente, yo hubiera explotado de ira.

El chango esperó pacientemente a que ellos pagaran y se fueran para salir de su refugio con canales anti-derrames y venir a mi encuentro. Creo que él estaba tan aliviado como yo, porque la suerte -o la justicia- había estado de nuestro lado y habíamos salido airosos.

Llegamos a casa, y comprobé que con el trajín me había olvidado la mitad de las cosas. Teníamos un termo de acero precioso y cepillos de dientes con masajeador de lengua, pero ni había señal del detergente, ni de los rollos de cocina ni del pack de jabones de tocador que nos habían obligado a ir hasta allá en primer lugar.

Chango:
Qué linda sos…
Elena:
Es la última vez que salimos en jogging.

Los simbiosis

28 Ago 2008 En: Diálogos conyugales, El mío

Así como en un grupo de amigos o de compañeros de facultad todos hablan más o menos parecido, cuando estás mucho tiempo en pareja es inevitable terminar pareciéndote al otro en algunos hábitos.

En todo este tiempo, yo aprendí a diferenciar entre asado común y asado americano, a mirar fútbol en un bar lleno de viejos y gritar “¡¡Ponelo a Lavessi!!”, a elegir un salamín picado fino y a no preocuparme si el ténder queda en el medio del living por cinco días.

Él, por su parte, se contagió un poco de mi histeria por mantener la cocina impecable y se fue a costumbrando a poner en el canasto la ropa que es para lavar (bueno, esto último sigue costando, pero no hay que perder las esperanzas). Y para mi sorpresa, también adhirió a mi cruzada personal por encontrar el precio justo y no dejar que me estafen.

Ayer, por ejemplo estábamos volviendo al conurbano desde Barrio Norte cuando, al mejor estilo Chango, me empecé a quejar de hambre como un bebé llorón:

Elena:
Me siento mal, tengo hambre, ay, me está bajando la presión, no como desde el mediodía… ¿Me comprás un pancho?
Chango:
¿Qué pancho querés?
Elena:
No sé, nunca comí pancho en la calle. Le quiero poner esas papitas…
Chango:
Bueno, dale, ahí hay un kiosco, pero no sé si tienen papitas. Te compro un pancho común y vamos a casa.

Chango:
¿Tenés pancho, papi?
Kiosquero de Barrio Norte pero que también venía del conurbano:
Sí.
Chango:
Dame dó.

Yo sonreía, contenta, porque iba a comer pancho del maxikiosco y me iba a acercar aún más a la identidad de mi concubino, que sospecho come pancho de maxikiosco desde 1991.

Pero entonces el kiosquero empieza a armar los panchos. El primero le sale bien, aunque me da la sensación de que la salchicha está un poquito hinchadita, como si hubiera estado en el cosito de los panchos desde la mañana. Cuando va con el segundo, efectivamente se le rompe la salchicha.

No decimos nada. Él, creo, porque no se dio cuenta o le da lo mismo; y yo porque quiero adaptarme. No quiero ser de esas personas que se quejan todo el tiempo por nimiedades porque tengo miedo de que todos se den cuenta de que soy una maniática, así que me quedo callada, mientras el kiosquero deposita media salchicha rancia sobre el pan y, con la pincita, surfea el agua turbia en busca de la otra mitad.

Esta operación me parece interminable. Mi concubino va a pagar $2,50 por una salchicha vieja, y yo no puedo decir nada, porque sólo a mí se me ocurre comer un pancho en Barrio Norte, donde los panchos deben tener poca salida.

El kiosquero sigue buscando el pedazo de salchicha que falta, ligeramente irritado. Cuando puede pescar uno, ve que no es el que corresponde al que tiene en la mano, sino que es la mitad de otra salchicha que también se le ha roto. El tercer trozo que saca es el correcto, y, chocho, lo coloca brutalmente en el pan manoseado.

Y en ese momento, ocurre lo inesperado:

Kiosquero:
Cinco pesito.
Chango (incrédulo):
… ¿Me vas a dar el roto?
Kiosquero (mirada de “obvio que te voy a dar el roto”):

Chango (indignadísimo):
¿Me estás cargando? ¿¡Te voy a pagar 5 pesos por dos panchos pasados y
me vas a dar el roto?! Andate a cagar, ladrón, vamos Elen, nos vamos de acá.

Kiosquero:
Eh… ¡No, pá.. eh.. señor, señor, no se vaya… le cambio el pancho!

Haciendo oídos sordos a los gritos del kiosquero, el hombre de mi vida me agarra del brazo y me arrastra hacia la calle, donde sigue vociferando:

Chango:
¡Pero qué se piensan! ¿¡Que como están en Barrio Norte la gente les va a pagar cualquier cosa!? ¡Encima me iba a dar el roto! ¡Además de pasado, roto! ¡Caradura! ¡Te quieren cagar!

Elena:
Te amo. Comamos un paty en Correo Central.
Chango:
Excelente idea.

Nos alejamos por Callao, abrazados y satisfechos; yo pensando en el paty grasoso, humeante y bromatológicamente cuestionable que me iba a lastrar sin culpas, y él seguramente orgulloso de haber defendido sus derechos como consumidor en un mundo capitalista que sólo busca el beneficio monetario.

Yo amaba a la TV

25 Ago 2008 En: Reflexiones y confesiones

Mi vida no fue siempre así. Nunca había tenido una pareja que durara tanto, ni había llegado a esta instancia de la convivencia. Hasta hace poco, éramos yo y mi circunstancia. Y no estaba nada mal.

Durante años comí del táper, dormí sin sábanas porque me daba fiaca ponerlas, trasnoché como si fuera desempleada, hablé por teléfono con amigas hasta quedarme ronca y me dejé crecer los pelos de las piernas, que alcanzaron largos sorprendentes.

Pero lo mejor de todo era, lejos, mirar televisión sola. Ya no quedan rastros de esa época dorada, es cierto, pero aún no puedo olvidar la mágica sensación de poder absoluto sobre el control remoto, esa libertad para cambiar de canal o dejar clavado en Sony o Discovery Home&Health todo el tiempo que quisiera.

¡Qué lindo era abrir una bolsa de confites y “cenar” en el sofá mirando Grey’s Anatomy, Enigmas Médicos, No te lo pongas, America’s next top model y demás basuras! ¡Qué alegría enorme encontrar La novicia rebelde y regodearme con las canciones por enésima vez sin sentir la sorna de ningún acompañante!

Ahora la programación es otra, y mis pulgares apenas guardan memoria
alguna de los botones que solían presionar en busca de la serie deseada. Las noches transcurren lánguidas, coloreadas por Boca vs. Independiente, Superagente 86, Boca vs. Lanús, Strip poker, Boca vs. Arsenal, Expertos en pinchazos, Fútbol de primera y Los caballeros de la cama redonda.

Con el tiempo he llegado a aceptar mi nueva vida, esta realidad alejada de los cálidos rayos catódicos pero llena de masajes en los pies, abrazos con olor a hombre y besos en el cuello; y hasta puedo decir que el saldo es positivo y el cambio es sano, que el Dr. Derek Shepherd puede seguir sin mí y que ya sé elegir pantalones que disimulen mis caderas.

Pero eso no quiere decir que no haga trampa de vez en cuando. Algunas noches, cuando el chango se va a ensayar con la banda o tiene clase de
inglés, me saco el traje de concubina y vuelvo a ser simplemente Elena por un par de horas. Envuelta en mis viejos joggings, en chancletas y con un tarro de cuadraditos de avena abajo del brazo, me reencuentro con el control remoto. Entonces, revivo sin culpas mi romance con el agente Fox
Mulder, escucho otra vez los consejos de Trinny y Susannah y lloro a moco suelto cuando Meg Ryan se da cuenta de que Tom Hanks es el que le mandaba los e-mails.

Y ya quedo lista para otra ronda de Mingo y Aníbal contra los fantasmas.

Caos vs. Control

21 Ago 2008 En: El mío, Reflexiones y confesiones

Primero pensé que tenía la cartera verde armada, así que me convenía combinar a partir de ella. Después me dí cuenta de que quería ponerme un polerón de otro color, así que cambié la elección del calzado y la bufanda para que todo coordinara. Más tarde ví el pronóstico del tiempo y supe que debería elegir algo más liviano porque la máxima sería de 17 grados. Decidir qué ponerme hoy me llevó 20 minutos.

Elegir mi casa me tomó, en cambio, siete meses. Primero evalué con cuidado la zona y el dinero del que disponía en total para la operación. Hice un estudio de los medios de transporte que pasaban por las cuadras aledañas, la cercanía a avenidas y el costo del kilo de tomates en las verdulerías cercanas. Me cercioré de que estuviera a no más de 5 minutos de un centro médico y dos farmacias. También controlé el precio de las expensas, chequeé que hubiera lugar para el lavarropas, balcón para poner el tender, orientación Este-Oeste (luz todo el día), un gimnasio cerca e iluminación nocturna en la calle.

Soy una máquina sofisticada, imparable, certera para analizar variables y tomar la mejor decisión con respecto a absolutamente todo, desde la marca del jabón hasta la carrera universitaria que conviene seguir y el chocolate más grande con mayor porcentaje de cacao y menor presencia de grasas trans por un precio razonable y el kiosco de microcentro mejor ubicado para comprarlo.

Lo malo de este estilo de vida previsor es que tardo siglos en avanzar en mi vida, tal es mi afán de no dar un paso en falso. Conservo un trabajo choto para ahorrar y sacar un crédito hipotecario en 4 años pero busco todo el tiempo freelos para mantenerme actualizada, del mismo modo que me pongo siempre las mismas zapatillas cuando llueve para no arruinar más de un par y cuando llego a casa las relleno de papel de diario para que no se deformen.

El chango, en cambio, es operativo, no analítico. Es activo, no reflexivo. Le da lo mismo decidir sobre irse a vivir al exterior, empezar karate o comer tarta de acelga o de jamón y queso. Elige cualquier camisa con cualquier pulóver, no le importa si va a hacer frío o calor y se pone el montgomery de paño aunque vaya a comprar una gaseosa al almacén de la esquina. Puede levantarse a las cinco de la mañana o a las diez, y llegar a la conclusión de que lo mejor es hacer una maestría en México y dedicarse a la investigación, o descubrir que lo ideal es vivir en Salta cuidando un viñedo. Todo, usualmente, en el transcurso del mismo día.

¿Cómo puedo, entonces, estar en pareja con alguien que cambia su plan
a futuro con la misma frecuencia que su calzoncillo? ¿Cómo dejar pasar las decisiones impulsivas en la góndola del supermercado, que me dejan con un changuito lleno de latas de comidas preparadas, dulces importados y tres paquetes de galletas de arroz que nadie comerá pero sin leche ni queso? Pero sobre todo: ¿¡Cómo no tuve en cuenta este detalle cuando me emparejé con el chango?!

Si bien estas actitudes tan diferentes no generan muchos roces en la vida cotidiana -al menos no fuera de mi mente-, el drama empieza cuando hay que hacer algo de mayor dimensión como conseguir un departamento nuevo para mudarnos más cerca de nuestros trabajos.

El primero que vimos, por ejemplo, a él le pareció muy bien. Tenía un olor a humedad que volteaba así que dije que no. El segundo era tan oscuro que había que prender la luz a las dos de la tarde, pero él argumentó que con las lamparitas de bajo consumo no había problema y que total “sólo estaríamos dos años viviendo ahí”.

Cuando íbamos por el tercero, al chango ya le parecía que hacía siglos interminables que buscábamos hogar, y dijo que quería mudarse ya mismo. El baño no tenía bidet. Después quiso uno que tenía infame kitchinette, mientras que yo rechacé otro porque la ventana me parecía chica, y me fui indignada de un edificio porque la dueña me dijo que podía poner una soga en el baño y colgar la ropa ahí.

Para él, tribunales y San Cristóbal es “casi la misma zona“, 2 ambientes o 3 es “casi el mismo espacio para los muebles, a lo sumo regalamos los sillones“, el subte B o el H es “lo mismo, porque hacés combinación“. Para mí, 42 metros cuadrados y 43 son dos cosas diferentísimas, balcón y ventana son opuestos absolutos, y “vigilancia 24 hs” se traduce en “es apto profesional, entonces entra cualquiera y te roba, y encima son más caras las expensas“.

Como era de esperarse, yo tuve objeciones para cada uno de los lugares
que visitamos, mientras que él buscaba el número del flete ni bien nos
despedíamos de la chica de la inmobiliaria. Yo quería un lugar perfecto. Él quería un lugar.

Así estamos al día de hoy, cuatro meses y quince departamentos después de revisar por primera vez argenprop y buscainmueble. Hoy tenemos cita para visitar un dos ambientes bastante céntrico. El chango ya pidió un día en el laburo para mudarse, pero yo dije que si el lugar no tiene dos placares no me muevo de donde estoy. Él dijo que compramos un armario. Yo dije que sólo si tenemos un buen lugar donde ponerlo.

¿Qué estrategia debo adoptar? ¿Tendría que decir a todo que sí y mudarme de una vez? ¿Dos años es mucho tiempo? ¿La casa es sólo un lugar para dormir? ¿Vendo el lavarropas y me manejo con laverrap? ¿Tengo que relajar?

Ahora estoy viendo cómo me visto. ¿Conviene usar tacos, para parecer más seria, o chatitas, para parecer más simpática? ¿Cartera de cuero, para aparentar tener dinero o…?

Sobre este blog

Basta de blogs de ingratas minas solas. ¡Estar felizmente en pareja es mucho peor! elenapaoloni@gmail.com