La vida con príncipe azul
Hay cuestiones de la vida cotidiana que se nos antojan obvias evidentes, pero cuya razón de ser no ha sido aún descubierta por la mente de ningún hombre.
Crípticos e insondables para el sexo panzón, hoy hemos seleccionado tres de esos raros detallitos que ellos no conocen, en un intento de arrojar un poco de luz a su oscura mente primitiva.
Desde ya, los lectores pueden agregar los que deseen.
1) El extremo de la colcha que no tiene flecos es el que va del lado de la cabecera, para evitar justamente que esos flecos se nos metan en la nariz cuando nos tapamos y nos dificulten el descanso.
2) Hay una tabla para picar verduras y otra para trozar carnes, para evitar contaminación cruzada. La que tiene olor a cebolla es la primera, mientras que la que tiene manchas de tonos rojizos (o sea, de sangre) es la segunda. Si usamos la tabla de la carne para cortar, por ejemplo, un tomate para ensalada, nos arriesgamos a que alguna de las bacterias nocivas para la salud presentes en la carne cruda llegue a nuestro organismo al consumir el tomate.
3) Los tápers sirven para transportar comida, pero no son descartables. Es decir, una vez vaciado su contenido, no deben dejarse tirados en la cocina del trabajo, sino lavarse y traerse a casa. De esta manera, ¡siempre tendremos un recipiente plástico donde poner nuestro almuerzo!
Bonus: La tapa de la botella de gaseosa sirve para que ésta no pierda el gas que le otorga el nombre y la hace tan rica. Por eso hay que volver a colocarla -y enroscarla- después de servirnos.
Desde Pájaro en mano esperamos que estos datos les hayan sido de utilidad, y les deseamos una vida más fácil y práctica, influenciada por la razón y el sentido común.
Lo que voy a contar hoy se le antojará al lector, en un principio, un relato falaz, imposible o propio de una dimensión paralela.
Llego a casa después de un día de los mil demonios. He discutido con el carnicero al punto de revolearle una bolsa de carne picada sobre el mostrador y llamarlo estafador a los gritos. Me duele la cabeza y estoy a punto de tener mi período. Sin embargo, todo esto queda atrás al abrir la puerta.
El ambiente entero desprende un agradable aroma floral. La manta rústica que cubre el sofá está prolijísima, la mesa de vidrio impecable. Hay monedas en un canastito sobre la mesada de la cocina, que me servirán para viajar en colectivo al día siguiente. El tender está en el balcón, aprovechando los últimos rayos de sol.
Sobre la mesa ratona hay una bolsita de La casa del control remoto, con un moño verde muy lindo, y una tarjetita con la leyenda “¡Te dije que lo iba a solucionar, hermosa!”.
Lo amo, pienso. Este hombre es la prueba viviente de que una no debe generalizar y hasta el ser más bruto y bardero puede cambiar, porque hay esperanza de rehabilitación para todos.
Como decía, este parece un episodio ficticio o utópico y hasta preocupante. (¿Ha cambiado todo? ¿No habrá más material para este blog?) Tranquilos. Todo está a punto de volver a la normalidad.
“Amooooor, lleguéee!”, aviso con el corazón explotón de alegría, pero no hay respuesta, así que avanzo por el pasillo en su búsqueda.
Ahí es cuando piso un charco de agua oscura, jabonosa, y voy directo hacia el baño. Ahí está el chango, desnudo, con el secador en la mano y todos los trapos de la casa -toallon y repasadores incluidos- diseminados por el piso.
Hay diarios y revistas empapados al lado del inodoro, y medias y ropa interior en el mismo estado.
Lo miro. Tiene la barba rara, como con lamparones sin pelo. Antes de que le pregunte qué demonios pasó, me dice, un poquito nervioso quizás:
- “¡NO te pongas nerviosa! ¡Está todo bajo control! Mirá, te quise dar la sorpresa de dejar todo limpio, fui a La casa del control remoto y como iban a tardar mucho en arreglar el control de la tele, directamente compré uno nuevo, pero no te preocupes porque me salió barato, setentaypico de pesos pero es el original. Y después me quise afeitar y como siempre decís que dejo los pelos en la pileta me puse en la ducha, pero cuando hice correr el agua sin querer tapé el desagüe con los pelos y después lo quise destapar con la sopapa y no sé, empezó a salir agua por la rejilla y no sé, estoy limpiando pero ahora no sé… sigue saliendo, ¡pero vos no te preocupes mi amor eh, que yo ahora sigo pasando el trapo! ¿Cómo me quedó la barba? No hay espejo así que me pasé la maquinita sin mirar porque quería, ah, eso, ¿Vamos a comer afuera?”
- “¿Por qué estás desnudo?”
- ” No me acuerdo.”
Me acuerdo de la presentación de los dibujitos de Alf, en la que Alf tenía una serie de pesadillas hasta que se despertaba de golpe y exclamaba con firmeza: “¡no volveré a comer golosinas antes de dormir!“.
Me acuerdo de haberle preguntado a mi mamá por qué Alf había dicho eso.
Me acuerdo de su explicación: “Mucha azúcar antes de dormir te puede dificultar el descanso”.
Y me acuerdo de anoche. Después del usual atracón con chocolates y sugus confitados que nos propone sin falta el cine imperialista al que concurrimos con mi concubino, nos acostamos a las 2 de la mañana. Me costó conciliar el sueño, pero finalmente logré quedarme dormida despues de dar unas cuantas vueltas en la cama.
“NOOOOOOOOO AAAAAAAAAAAHHHHHH” me despertó de golpe el grito desesperado del chango. Me incorporé enseguida, sobresaltadísima: “¿Qué te pasa, mi amor, tuviste una pesadilla? está todo bien, ¡tranquilo!”, lo abracé para consolarlo, todavía cagada por el grito.
Chango:
¿Eh?…no, no, eh… es que casi nos hacen un gol… ah, estás ahí… ¿dormías?
¿Dónde quería que estuviera? Miré hacia un costado y percibí el resplandor de la TV. Argentina - Australia, domingo, 6:15 a.m.
Lo miré. Por suerte comprendió enseguida y se fue a ver el partido al living, mientras yo refunfuñaba que el fútbol no tiene que ser deporte olímpico. ¿No tiene suficiente protagonismo durante todo el año? ¡Los juegos olímpicos son para el salto con garrocha, el atletismo y todos esos deportes que sólo vemos cuando los relata Bonadeo!
Terminé de quejarme y me volví a dormir, mientras él seguía gritando “¡Noooo!” y “¡Son unos muertoooos!”. Soñé que vivía en los vestuarios de un club de fútbol y nunca, nunca podía salir de ahí. Estaba forzada a ver todos los partidos hasta que me muriera, y desde mi hogar (que era un locker), escuchaba los gritos de las hinchadas y los técnicos todo el tiempo.
No vuelvo a comer caramelos después de las siete de la tarde nunca más, o al menos hasta que termine Beijing.
Uno los temas más ríspidos y complicados en toda relación de pareja es el dinero.
Todos nos hemos enfrentado a nuestra pareja por culpa del vil metal alguna vez, porque si hay, se discute sobre cómo gastarlo; y si no hay, se discute sobre todo lo demás (”está todo sucio, no podemos pagar una mucama y limpiamos los domingos“, “son las 11 de la noche y tengo que cocinar porque el delivery es caro“, “nunca salimos a ningun lado porque somos pobres“, “te compraste una depiladora eléctrica y todavía no pagamos el teléfono“).
Mal que nos pese, la plata y las peleas que genera tienen consecuencias en el resto de nuestra vida cotidiana. Determinan cuánto sexo tenemos, cuánto esmero ponemos en la comida (¿salchichas o pollito al limón con un vinito blanco? ¿o comemos afuera?), cómo nos vestimos, cuántas veces por semana compramos el diario y cuán seguido tenemos citas románticas con nuestro amorcito.
¿Hay alguna manera de eludir este conflicto? ¿Cómo debe distribuirse el ingreso de una pareja que convive? ¿Es mejor juntar todo en un pozo y sacar de ahí, o conviene armar un presupuesto separando gastos comunes de gastos individuales?
A simple vista, la primera opción parecería ser la más sencilla. Se pone todo en un mismo lugar y se paga todo de ese fondo común, ya sean cuentas, salidas, regalos del día del niño para la sobrina y el primito, zapatos para ella, un celular nuevo para él.
Pero este modelo sólo funciona, a mi entender, si los miembros de la pareja son igual de gastadores/ahorrativos. En mi caso, por ejemplo, yo aprovecho todas las ofertas en ropa y artículos de perfumería y voy a un gimnasio canchero, mientras que mi concubino decide despilf…digo… invertir en auriculares nuevos para el mp3, libros que después no lee y muchos, muchísimos artículos de kiosco a precios exhorbitantes. A él le parece una estupidez el modo en que yo gasto mi dinero, y a mí me parece de una impericia financiera suprema cómo él dispone del suyo, así que el esquema del “todo compartido” no encaja demasiado bien con nosotros.
La otra opción es armar un presupuesto en el que se separan por un lado los gastos de la casa compartida y por el otro los caprichos individuales. A diferencia de lo que la mayoría piensa, no es necesario padecer una neurosis severa como yo para poder llevar adelante un hogar de esta manera. Sólo es cuestión de sumar todas las facturas y tickets del supermercado durante un mes para hacer un estimativo, y luego cada miembro de la pareja pone la mitad y puede disponer del resto de su sueldo libremente.
Qué fácil parece ¿no? Pero se trata sólo de una utopía económica, queridos lectores. Muchas veces un miembro de la pareja tiene gastos imprevistos, gana menos de lo calculado, o cree que vivimos en 1992 y el cable cuesta 35 pesos, así que usualmente el otro se cansa y le recrimina su falta de organización monetaria y volvemos al principio.
Y claro, cada pareja es un mundo, y decidir cómo organizar este aspecto mundano pero inevitable de la vida es un proceso de ensayo-error que toma tiempo y genera asperezas que debemos ir limando con paciencia. No hay recetas.
Lo que yo hago cada vez que el chango viene con una bolsa de Cúspide con un ejemplar de “La teoría del cine aplicada al documental televisivo de los años ‘60 en América Latina: un enfoque marxista“, me lo regala y a los diez minutos me pide 20 pesos para comprar cocacola y chocolate, es respirar bien hondo y pensar en ese tema de uno de los referentes musicales de nuestro tiempo: “el dinero no es todo, pero cómo ayuda“. Y después sí, saco la billetera.
Que se sepa: el chango es un hombre absolutamente irresistible. Sus rasgos exóticos, su cuerpo sinuoso, su sensual estatura promedio, su sonrisa completa, magnética, contagiosa, y su sentido del humor sin igual hacen que decenas de cacatúas cincuentonas hambrientas de placeres carnales mueran por él.
Y es que para una mujer entrar en el ocaso de la vida es una experiencia complicada. Todo comienza a caerse, en la cara aparecen las patitas de gallo, la panza se hace indisimulable, el atractivo disminuye y cada vez resulta más difícil sentirse viva, apetecible.
Claro que hay señoras que manejan esta situación con elegancia y madurez, pero también están las que buscan desesperadas, sin temor al papelón, entregarse a algún muchachito incauto pero brioso, que las haga vibrar como si tuvieran veinte años. Tita pertenece a este último grupo.
El viernes a la noche caímos presos de una invitación fraudulenta a un “asado familiar”. Digo fraudulenta porque lo que mi padre nos vendió como una cena “entre nosotros” terminó siendo una fiesta menemista plagada de invitados new rich que regaban sus gargantas de clase media con champán mientras se atoraban con cubitos de queso mar del plata.
De todos los especímenes de este grupo demográfico circense compuesto por hombres de negocios y sus esposas cornudas, nos tocó sentarnos al lado de Tita, una señora rubia con el pelo bien batido y la cara estirada quirúrgicamente y empastada de maquillaje caro. El marido de Tita es un empresario automotor muy ocupado, así que a simple vista se adivinaba que la vivaracha y verborrágica Tita era un incendio que hacía rato ardía sin control.
Lo primero que hizo fue apoyarse en el hombro del chango y hablarle bien cerquita, con aliento alcohólico disimulado por litros de perfume comprado en el free shop de Ezeiza.
Tita:
¡Cómo te llamás, bombóooon!
Chango:
…Chango, qué tal, soy el novio de Elena…
Tita (agarrándole la cara):
Ay, qué lindo, mi amorrr tenés cara de Chango. ¡Y de buen chico! Hmmmm aunque no sé… ¡También parecés un chico malo eeh!
Chango:
… je je…
Tita (tocandole la espalda y agarrándole el brazo):
¡¡Ay, Elena, a mí me encannnnnnnnnnnnnnnnnnnnnntan los morochones, ya te lo voy avisando, me en-can-tan los morochones!!
Elena:
Sí, bueno, a mí también.
Tita (tocándole el pecho):
Mirá Chango, te cuento: yo tomo, fumo y soy jugadora compulsiva, me
encanta ir al bingo. ¿Te gusta el bingo?
Chango:
Más o menos, me gustan más los burros…
Tita:
¡Ay me encantan los burros! Pero prefiero el bingo, escuchame, vos y
yo tenemos que ir al bingo juntos un día, qué te parece bombón?
Chango:
…
Tita:
¿Te pongo más champán? ¡Cómo me gustan los morochos! ¿En serio no
querés que vayamos al bingo una noche, papito?
Ante semejante descaro yo no sabía si hacer una escena o morirme de risa. Elegí la segunda opción y me tranquilicé mientras Tita le llenaba la copa al Chango y le ponía la mano en la pierna, cerca de ese lugar, con la esperanza de que sucediera algo que le alegrara la noche y probablemente la vida.
Pero no sucedió. Cuando terminamos de comer nos armamos una bandeja
con masitas, agradecimos la invitación y nos retiramos sigilosamente. Mientras cerraba la puerta detrás mío alcancé a ver cómo Tita se sentaba al lado del marido de mi prima, que no es morochón pero igual le sonrió.
Un tema polémico para quienes estamos en pareja y nos llevamos como el ort con nuestra fracción de cítrico correspondiente es el make-up sex.
El make-up sex consiste en tener relaciones sexuales de manera compulsiva, intensa y bastante chancha luego de una discusión definitoria de la relación, o simplemente después de un par de gritos o insultos.
¿Quién no ha experimentado ese goce contradictorio entre amor, calentura, odio, bronca, querer alejarse del otro para siempre pero no poder parar de besarle el cuello, etc.? Estos encuentros suelen ser por demás fogosos, y muchas veces generan confusión ¿Qué significa? ¿Qué consecuencias trae? Las respuestas son variadas.
Algunas noches atrás, el chango y yo hablábamos de este tema con unos amigos, y compartimos esta anécdota:
Hace más o menos diez días, el chango y yo enfrentamos una crisis tempestuosa, de esas que directamente requieren la decisión básica de “parar o seguir” con la pareja. Tuvimos la discusión más fuerte -y probablemente la más sincera- de toda nuestra historia, y en un momento paramos de echarnos cosas en cara para fifar como si se estuviera acabando el mundo. Todo este proceso, desde las primeras acusaciones hasta arrancarnos los joggings desesperados, duró cuestión de minutos.
Por un buen rato nos olvidamos del tema, y a mí me pareció que la respuesta a nuestras dudas era bien clara: No podíamos estar separados, nos amamos y nos gustamos y tenemos que ponerle onda y seguir. “Por eso tuvimos sexo, para demostrarnos mutuo amor”, le expliqué a nuestros amigos, orgullosa.
Pero el chango hizo su observación:
Chango:
No, nada que ver, cuando yo estoy discutiendo me caliento y me dan ganas de pinguipingui, pero nada más. Cuando termino estoy igual de enojado que antes. Una cosa no tiene nada que ver con la otra y la pelea sigue, obvio.
En seguida me escandalicé y me sentí ultrajada. ¿Cómo que el sexo no anula la pelea? ¿Cómo que el sexo no significa borrón y cuenta nueva? ¿Cómo que se puede disociar totalmente entre las dos cosas? ¿Qué clase de lunático se entrega a un acto tan íntimo con alguien que en ese momento, detesta?
Lo único que saqué en limpio de esa noche fue que la próxima vez que discutamos, el chango se va a tener que ir a dormir con una cubetera en los genitales.
Hay una escena de la película “El amor (primera parte)” que no puedo sacarme de la cabeza. La joven pareja protagonista comparte un departamento medio pelo en la Capital Federal, donde los desperfectos propios de las construcciones viejas no tardan en aflorar.
En un momento la chica descubre que la persiana del cuarto está trabada y no baja. Se lo comenta a su novio, quien dice que “es una pavada” y que “este fin de semana” lo arregla.
Pasan varios meses, claro, en los que la chica le recuerda al muchacho, esporádicamente, que no se olvide de arreglar la persiana, hasta que, cansada, decide llamar a un especialista en aberturas que le hace el trabajo en un minuto.
Lejos de ponerse contento, el novio se enoja muchísimo y le pregunta a
los gritos para qué mierda contrató a alguien, si él había dicho que la arreglaría. Ella, harta, le contesta que hace siglos que estaba esperando que él lo hiciera, pero que no podía dejar la persiana rota para siempre. La discusión es terrible, y si mal no recuerdo marca el principio del fin de la relación de pareja.
Según lo veo yo, hay dos tipos de hombres: Los que se dan maña para arreglar las cosas, y los que no tienen idea.
Dentro del primer grupo están mi padre, mi hermano, mi abuelo. Desde
chica me acostumbré a correr por su ayuda cada vez que se me rompía
una muñeca, se me salía un estante de la biblioteca o descubría que
goteaba la canilla del patio. Junto a ellos aprendí a atornillar picaportes, rastrear las llaves de paso del agua para cerrarlas al hacer arreglos de plomería e identificar las fases de electricidad para detectar electrodomésticos en corto.
Dentro del segundo grupo está, clara, distintiva e inamoviblemente, el
hombre con el que elegí compartir mi vida.
El chango desconoce lo que es un cuerito, a duras penas sabe para qué
sirve una pico de loro y se desconcierta cada vez que utilizo vocablos
como “cinta aisladora”, “cartucho de silicona transparente” o “destornillador philips”. Si no puede abrir bien la puerta del placard considera que es más fácil mudarse que destrabarla.
En este escenario, he aprendido a solucionar con serenidad los problemitas domésticos que fueron surgiendo a lo largo de la convivencia en nuestro humilde departamentito.
El primer año puse varios plafones con ayuda de mi viejo y le pedí a mi hermano que me pasara el cable de la antena hasta el dormitorio para tener tele ahí. Más adelante pude colocar los barrales para las cortinas y armar un mueble modular de esos que se compran en cajas.
Hace unos meses me tocó cambiar una pieza en la mochila del inodoro, que perdía desde enero, sacar y volver a colocar las puertas de las alacenas porque se chocaban entre sí y no cerraban bien y reforzar la tabla que sostiene el teclado en el escritorio antes de que se cayera.
También fumigué el bajomesada que estaba plagado de bichos bolita y
sellé con silicona las juntas de los azulejos de la cocina y el baño para que no se filtrara humedad. Todo esto lo hice con el asesoramiento de mi ferretero amigo y la colaboración y las instrucciones claras y precisas de mi padre.
El chango apenas sí se dio cuenta de que las cosas de repente empezaban a funcionar, o asentía con la cabeza cuando yo le relataba mis proezas, orgullosa de estar rompiendo con la división machista de roles que nos sigue proponiendo la sociedad (las mujeres usamos tanga y bailamos en el caño, los hombres comen asado y arreglan la cañería).
Pero la semana pasada ocurrió algo que creí cambiaría para siempre el carácter de mi concubino. El miércoles a la noche se cayó por enésima vez el control remoto de la tele de la pieza y dejó de funcionar. Al principio me emocioné un poco cuando lo ví abrirlo, mover las pilas, darle golpecitos para ver si había algun falso contacto, pero a los diez minutos me resigné cuando lo dejó tirado con la sentencia “no anda”, aunque más tarde se me volvió a iluminar el alma cuando dijo “yo lo arreglo, dejame que mañana lo arreglo”.
Así pasaron varios días en los que yo no hice nada, porque quería ver si él se movía para solucionar un problema grave que lo afectaba profundamente. Para darle espacio, no llamé a mi padre ni a mi amigo experto en electrodomésticos, ni googleé “reparar + control remoto”, pero él tampoco.
Finalmente el domingo a las once y media de la noche le informé que hoy llevaría los controles remotos de las dos teles (el de la otra también se rompió y yo compré uno universal) a “La casa del control remoto” para ver qué se podía hacer.
Elena:
Seguimos sin control remoto…
Chango:
No te preocupes, yo lo voy a arreglar.
Elena:
¿Sabés algo de controles remotos?
Chango:
Claro, ya sé cómo lo podemos arreglar. El control de la video todavía funciona, así que puedo desembalar la video que tenés en el estante de arriba del placard, la conecto acá y usamos ese control.
Elena:
¿No es más fácil llevarlo a arreglar?
Chango:
A ver si te entendí: ¿Me estás diciendo que para vos es más fácil llevar a arreglar una cosa que arreglarla vos?
Elena:
Pero no la estás arreglando, querés agarrar la video que tardamos una hora en embalar y subir ahí arriba, conectarla, apoyarla quién sabe dónde porque en el cuarto no hay lugar y usarla sólo por el control remoto… ¡Es toda una movida al pedo!
Chango:
Ah, qué bien, así solucionás todo vos, se rompe algo y lo arreglás, no te das maña para nada y después me criticás cuando te propongo una solución. Andá a cagar. En algún momento de esta semana lo llevo yo a algún lado. Me voy a ver tele al living.
Y ahora no sé qué hacer, porque es obvio que jamás lo llevará a ningún
lado… Si lo mando a arreglar yo, ¿Se enojará como el novio de la
película? ¿Sentirá que lo desautoricé al pedirle el trabajo a un profesional? ¿O se pondrá contento al llegar a casa y ver que puede cambiar de canal desde la cama otra vez? ¿Y si busco en internet y lo hago yo? ¿Se sentirá poco hombre o será moderno y estará aliviado? ¿O estoy preparando el caldo de cultivo para una bestial crisis de pareja?
Una pareja, entre otras cosas, debe ser capaz de aceptar y hasta encontrar simpáticos los defectos más atroces de su compañero/a.
En este sentido, el chango se lleva bastante bien con mi tacañería. No sólo se toma con humor el jabón con olor a plastilina que le traje porque estaba de oferta, sino que me contiene, me comprende y me ayuda a superar situaciones horribles y estresantes como esta:
El domingo a la noche, con la excusa de mirar una película en el sillón, decidimos tirar la casa por la ventana y comprar empanadas.
Cauteloso, el Chango se decidió por una conocida franquicia cuyas promotoras recorren las calles disfrazadas de manjar arrepulgado, a sabiendas de que el precio no me haría convulsionar de la indignación.
Pedimos ocho empanadas: 4 de carne, 1 de verdura, 1 de roquefort (puaj), 1 de queso y cebolla y 1 de humita. $18.50 rezó la registradora, y mi concubino engordador pagó encantado.
Hasta acá todo bien. Habíamos desembolsado una suma razonable, y yo estaba orgullosa de haber podido comprar comida hecha, sin pensar que hacer las empanadas en casa nos hubiera salido mucho más barato.
Pero ahí se fue todo a la mierda. Nos sentamos en unas sillas de cuerina roja al costado del local, yo alcé la vista y lo ví. Un cartel. Enorme. Cómo no lo vi antes. Decía “DOCENA CLÁSICA $18″. ¡Docena! ¡Nosotros habíamos pagado 50 centavos más por cuatro empanadas menos!
Él me conoce y se dió cuenta en una milésima de segundo y me detuvo antes de que abriera la boca:
Chango:
Respirá… ¿Podés aguantar o cambiamos el pedido?
Elena:
No, no, no…dejame… yo tengo que aprender de estas situaciones.
Chango:
Además no pasa nada, son cincuenta centavos…
Elena:
¡¡¡No entendés,no son cincuenta centavos, son cuatro empanadas¡¡¡ Es el 50% de nuestro pedido, hubieran sobrado para mañana y te las llevabas al laburo.
Chango:
Pero ahí dice que la docena solo puede ser de carne, pollo o jamón y queso, vos pediste de verdura.
Elena:
¡Pero si hubiera sabido que por esta plata me daban 4 empanadas más, habría pedido de pollo! ¡Además por qué no te avisan! ¡Te quieren cagar! ¡Te quieren cagar!
Chango:
Escuchame, respirá. Pensá en esto: Entraste a un lugar, pediste una cosa, pagaste el precio correspondiente y te llevaste exactamente lo que querías. ¿Podés?
Elena:
Bueno, voy a tratar.
Chango:
…
Elena:
…
Chango:
Se te arruinó la noche, ¿no?
Elena:
Sí. Abrazame fuerte.
A veces no sé qué haría sin él.
Además de lidiar con mi histeria, mi total incapacidad para mantener en orden el cajón de las bombachas, y mi paranoia y ansiedad constantes, el chango tiene que soportar estoicamente mi manía de cocinar todo light.
No me malinterpreten: yo soy la primera en picotear un pancito saborizado, unas papitas, un bocadito bonafide o unas gomitas, y mataría a palazos sin titubear al grupo de publicistas responsables de las campañas de productos Ser (te vendiste, Maju).
Pero me aterran el aceite y las grasas trans. La manteca y la crema son mis más acérrimas enemigas, no me gusta el asado y me quito la vida antes de comer una milanga de fonda.
Él, en cambio, se crió a base de fritos, pucheros, empanadas y embutidos. Lo más liviano que comía antes de conocerme eran sánguches de mortadela, y desconocía las tartas que no fueran de jamón y queso. No existía tuco sin estofado ni flan sin dulce de leche.
Aún así, me esfuerzo por encontrar un término medio y que él sienta que está comiendo un rico plato de comida casera, amén de que tenga brócoli y esté hecha con rocío vegetal, al wok y con cinco granos de sal… aunque a veces no funciona.
Ayer, después de tres días en cama con gripe y catarro y luego de una siesta larguísima, me levanté a las ocho de la noche, me puse la bata y empecé a cocinar lo que creí sería una cena muy especial para mi hombre.
Mientras la olla humeaba, le anticipé algo con mucho “punch” via SMS: “Amor, te hice lentejitas y te espero en la cami, potro”.
Sin embargo, las gripes de hoy en día son fulminantes y en seguida me empecé a sentir mal y me fallaron los planes.
Cuando llegó, el chango me encontró en la cama, sí, pero tapada hasta el cuello, tosiendo como un perro, en jogging, con la bolsa de agua caliente en el pecho y docenas de pañuelitos de papel a mi alrededor.
No me preocupé, porque tenía un as bajo la manga. Directamente le calenté la comida, contentísima, anticipando su alegría.
>> Dos minutos después:
Chango:
… ¿Esto es el “guiso”?
Elena:
No es guiso, son lentejitas y están riquísimas.
Chango (desconcertado):
Pero… ¿y el chorizo colorado?
Elena:
No sé ni qué es el chorizo colorado, pero es muy grasoso.
Chango (desorientado):
¿Y la panceta?
Elena:
Ah, no me gusta, es muy salada.
Chango: (desesperado)
Bueno, ¿y la carne?
Elena:
¿Para qué carne si tiene lentejas?
Chango:
… ¿Entonces…qué le pusiste?
Elena:
Lentejitas, arroz, tomate, cebolla, zanahoria y queso blanco para
suavizar. Y sal y pimienta.
Chango (frustrado):
No tiene juguito… no tiene sabor… me dijiste que me hacías lentejas y no tienen panceta, ni carne, ni chorizo, ni juguito, ni papa. No hay pan, me dijiste que me esperabas en la cama y yo me imaginé que ibas a estar en bolas y con unos tacos y estás moqueando con un look Doña Florinda que es como si me hubieran tirado encima un balde de cubitos… Me siento tan estafado…
Elena:
Bueno, no sé… ¿querés ponerle pedacitos de jamón y te toco el pito mientras comés?
Chango:
Bueno.
Los escépticos, resentidos y comunicadores sociales como yo sabemos bien que el amor es una construcción cultural, como la idea de progreso, la de familia, la de justicia.
Ahora bien, como toda construcción cultural, el significado del amor va mutando, y estas mutaciones, además de desarrollarse según la época histórica, van de la mano de la propia experiencia de cada pareja conforme pasa el tiempo.
De esta manera, así como no era lo mismo enamorarse en pleno auge de la revolución industrial y con la idea de familia burguesa en boga que hacerlo en medio del hippismo de los años ‘60, para los novios del siglo XXI, la percepción del amor va cambiando más o menos así:
Para una pareja nueva, reluciente, el amor no es otra cosa que toneladas de buen sexo, seducción, taquicardia, aventura. Como todo es nuevo, nada es más maravilloso que pasar cada minuto con el otro, tocándolo, chateándole desde el laburo o chapando con descontrol hormonal en el cine.
Los que recién están dando sus primeros pasos en el mundo del noviazgo no entienden cómo puede haber matrimonios que fracasan o relaciones que naufragan, y si esto sucede indefectiblemente es porque “no se querían”.
Estas parejas son las que más me irritan, porque están convencidas de que su vida va a ser siempre así y se exhiben como los dueños de una verdad divina y absoluta ante nosotros, simples mortales que nos ensuciamos en el barro de la mediocridad, como decían Los Auténticos.
Ahora bien, con algunos meses a cuestas, el rosado se va desgastando y el amor se convierte en sinónimo de complicidad, de confortables rituales -mirar una serie juntos, cocinar algo rico-, de cariño y calidez.
Esta es, como ya hemos dicho, la mejor etapa y todos deberíamos concentrarnos en ella, pero lamentablemente no puede prolongarse ad-infinitum.
La realidad que me toca es otra. Tengo años de convivencia precedidos de años de noviazgo y años de chongueo. Para mí el amor hoy es otra cosa.
El amor es preparar la vianda con algo diferente a lo de la noche anterior para que él no coma dos veces lo mismo.
Amor es pagarle la factura del celular y pasar el trapo de piso por la cocina antes de que él pise sobre el dulce de batata que acaba de tirar.
Amor es dejarlo dormir la siesta mientras voy al supermercado, y traerle postrecito de chocolate.
Viejo, amor es lavar por quinta vez en la semana la camisa porque de nuevo el energúmeno se la manchó con tuco y que no venga ningún pelotudo a decirme que soy una insensible porque le desfiguro la cara con una lata de arvejas.
Basta de blogs de ingratas minas solas. ¡Estar felizmente en pareja es mucho peor! elenapaoloni@gmail.com