La vida con príncipe azul
Uno de mis mayores defectos (además de ser obsesiva, repetir 10 veces el mismo chiste, comer demás, tener celulitis, autoboicotearme constantemente y algunos más) es no pensar antes de actuar.
Ya le dije al Chango que me iba, pero no pensé que voy a tener que hacer un contrato nuevo, encontrar un lugar, llamar un flete, mudar todo…
Pero no quería escribir sobre eso hoy. Quería reflexionar, en cambio, sobre la importancia de empezar de cero.
Un amigo mío que se compró una moto, dice que lo mejor de todo es “acelerar y dejar todo atrás“, y cada tanto pienso en que estaría bueno poder hacer eso.
Quizás el Chango haya sido el hombre de mi vida -esperemos que no, me gustaría que el hombre de mi vida supiera pasar el cepillito por el inodoro o al menos que se constipara de vez en cuando-, pero eso ahora no me importa.
Es como cuando estás mezclando témperas para un dibujo y el celeste te queda muy oscuro entonces le ponés más blanco y después te parece que está muy clarito y le ponés más azul, y después lo querés más lila y le ponés un poco de rojo, pero te queda muy violeta, entonces agregás más blanco hasta que es todo un quilombo y ya ni te acordás para qué querías usar celeste en primer lugar.
En esos casos, es mejor dar un paso al costado y arrancar desde el principio. Una casa nueva, un barrio nuevo, amigos nuevos y una nueva forma de ver la vida es lo que necesito ahora, aunque no haya tenido tiempo de pensar en cómo voy a arreglármelas para hacer todo.
Así que estos días aprovecho para ir poniendo todo en cajitas y fantasear con sillones grandotes, un balcón que dé a algún lugar lindo y un lavadero para poner el lavarropas y guardar las escobas. Sé que no es lo mismo que subirme a la moto y recorrer Sudamérica, pero algo es algo.
Chango:
¿De verdad te vas a ir?
Elena:
Sep.
Chango:
A que no.
Elena:
A que sí
Chango:
A que no. ¡La espontaneidad no es lo tuyo!
Hoy tengo sesión con Adrián, y después lo veo a… Maxi. Quiero ver si puedo ordenar el zapallo que tengo por cabeza antes de seguir tomando decisiones así nomás. Sorry que no tengo nada copado ni dramático para contar.
¿Ninguno de ustedes tuvo que empezar de nuevo alguna vez? ¿Tips? ¿Voy llamando a los muchachos del flete?
Qué fin de semana del demonio. El Chango anduvo dando vueltas por el departamento como un alma el pena, mientras yo intentaba ponerme al día con el laburo, que se sigue apilando como si mi vida consistiera solo en salir y comprarme pilchitas y nunca me sentara en la PC.
El sábado quiso hablar conmigo, le dije que estaba ocupada, agarré la notebook y me fui al bar de la esquina, que tiene wi-fi y hace un tostado que es de otro mundo. A la noche dormí en lo de Mejor Amiga, y el domingo volví a ver si ya se había puesto a acomodar sus cosas.
Ni había empezado, y quisiera decir que me sorprendió que no lo hiciera, pero era más que obvio que no me iba a creer que le había pedido que se fuera en serio.
También me había imaginado un momento de duda, de terror, lágrimas, algún abrazo, pero no, no.
Estoy harta. Es más que evidente que no sé qué mierda estoy haciendo, pero de algo estoy segura: quiero a este tipo lejos. Esto se termina acá.
Chango:
¿Podemos hablar?
Elena:
Qué querés.
Chango:
Te quiero agradecer por todo lo que hiciste por mí.
Elena:
De nada, todo bien, pero igual te tenés que ir.
Chango:
¿No me puedo quedar un tiempo más?
Elena:
No, estoy cansada ya. Quiero volver a mi vida, ya me alcanzó con esto. ¿Para qué te querés quedar?
Chango:
Para estar con vos…
Elena
A ver si nos entendemos. ¡Yo no te quiero más! Y tampoco te odio, ojo, pero definitivamente no te quiero más. No me parecés gracioso, no me parecés encantador ni incorregible, nada. No te quiero más, no sé por qué querés quedarte. Ya es tiempo de que me dejes en paz. Ahora, si vos te querés quedar con el depto, a mí a esta altura me chupa un huevo, quedátelo, yo me voy a lo de cualquiera, lo único que me importa es terminar con todo esto. No tengo ganas de discutir, de verdad. Mañana decime qué decidiste.
Chango:
…
Hoy a la mañana que me desperté temprano y entré al escritorio. Él todavía dormía, así que lo sacudí un poco.
Elena:
Me tengo que ir a laburar. ¿No laburás vos hoy?
Chango:
Entro tarde, ya me levanto.
Elena:
Bueno, ya tenés todo preparado?
Chango:
…
Elena:
Bien, perfecto. Me iré yo entonces, pero te aviso que me voy a llevar todos los muebles porque son míos.
Chango:
¿Tanto me odiás?
Elena:
No te odio nada, por eso te podés quedar con la casa. Hacé lo que se te cante el orto, como siempre, pero de mí no esperes más nada. Aunque sabés qué, voy a hacer una última cosa por vos. A la noche te voy a enseñar a planchar, para que Jul no sobrecargue a su mucama con tus camisas. Me voy que llego tarde, forro.
Chango:
Pensé que me habías perdonado lo de Jul.
Elena:
Ah, cierto, al final no.
Agarré una muda de ropa, la cartera y me vine a la ofi, y tendría que estar enojada y puteando por lo bajo, pero estoy tranquila.
Ok, bueno, le dije “forro”, pero me lo merezco, le estoy dejando mi casa.
Estuve unas horas en casa, sola, sentada en el piso, sin saber qué mierda hacer. Recaliente. Harta. Hinchada las pelotas a más no poder. Con ganas de matar a piñas a unos cuantos pero más que nada a él, que me tiene harta, que ya no tiene nada en común con el tipo que yo quería y me tiene harta porque no entiendo por qué siempre siento que lo tengo que ayudar aunque él haya sido una porquería conmigo. (No tengo ganas de hacer autocrítica, así que hoy la culpa de todo va a ser de él, ¿ok?).
Pensé mucho, lloré otro tanto, pataleé y después esperé.
El Chango llegó al rato, con cara de hacerse el boludo y un paquete de la rotisería chorreado de aceite.
Chango:
Traje unas empanadas.
Elena:
…
Chango:
Qué, empanadas comés, ¿no? ¡Si es lo mismo que una tarta! Tiene la misma masa y el mismo relleno, es lo mismo. Las minas que no se dan cuenta se engañan a sí mismas. ¿Estás a dieta? No necesitás, me gustás exhuberante.
Elena:
…
Chango:
Qué raro no estás con la tele… ¿te pasa algo?
Elena:
Se terminó. Estoy muy cansada.
Chango:
¿De qué? ¿Qué pasó?
Elena:
Ya está, Chango. Te tenés que ir. Ya no te debo nada.
Chango:
¿Me podés explicar qué pasó?
Elena:
No tengo ganas. Mirá, el tema es así: Te perdono lo de Jul.
Chango:
¡Amooooooor….! ¡Por fiiiiiin!
Se acercó para darme un beso, o abrazarme, o algo así, y yo me corrí para quedarme de espaldas onda culebrón mexicano.
Elena:
No entendiste. Te perdono lo de Jul. El resto no. Ni que seas un zángano, ni que te hayas cagado en mí, ni que hayas tenido la bajeza de volver acá con la mentira de que en la casa de tu mamá no hay lugar. Estoy cansada, ya no me parecés gracioso, ni divino, ni encantador, ni incorregible ni una mierda, ¿entendés?
Chango:
Lo de mamá te lo puedo explicar, entendió mal ella.
Elena:
…. como te decía, te tenés que ir. O me voy yo, es lo mismo. Pero vos ya no sos más parte de mi vida. Yo llego hasta acá.
Chango:
¿Te puedo explicar?
Elena:
¡No me interesa! Acá se termina. Por lo menos aprendiste que podés ser mejor persona. A mí con eso ya me alcanza porque siento que no perdí el tiempo con vos. Tenés este fin de semana para buscar otro lugar, el lunes te tenés que ir.
Chango:
No me hagas esto…
Elena:
Y te aclaro que una empanada y una tarta no es lo mismo. Las tartas pueden ser de una tapa, y de cualquier modo, aunque tengan dos tapas, comés menos masa y más relleno. Si elegís un relleno sano es mejor que una empanada. Porque aparte tarta comés una porción, y empanadas te comés tres.
Chango:
¿Querés una empanada?
Elena:
No. Tengo bananas.
Estela es de esas suegras inimputables. No se puede decir que sea una mala persona. Ni siquiera demasiado zorra, más allá del componente ontológico de zorrismo que conlleva su rol de suegra.
No es antipática, pero definitivamente está muy alejada de la simpatía. Tampoco es maleducada, aunque a veces se acomoda las medibachas mientras sirve los ravioles, o se mete los dedos en la nariz ocasionalmente. Es gritona, pero de esas que ríen todo el tiempo a carcajadas y se festejan sus propios chistes, que en realidad son los que vieron en la tele de aire.
Hace mucho años que la conozco, y hasta ahora no he podido catalogarla dentro de ninguna de las tipologías usuales de suegra. Es más, nunca me ofendió demasiado, sacando las veces que criticó mi manera de cocinar, de planchar camisas, de vestirme y de cortarme el pelo, “como una chica pasada de moda”.
Pero lo que es cierto es que siempre pensó que su hijito estaba para más. Yo no era suficiente, porque ella había parido al mismísimo enviado de Dios a salvar a la civilización, y por si eso fuera poco, el muchacho había venido en lo que a ella se le antojaba el cuerpo más armonioso jamás concebido y un intelecto imposible de medir, por su grandeza.
Así que todos estos años se dedicó a tolerarme silenciosamente y a rogar que yo algún día me fuera de la vida de su famlia para no volver. Es que Estela soñaba con una nuera de rubios cabellos y ascendencia polaca, “con mucho nivel” y un padre empresario. O quizás una modelo famosa, o una vendedora de velas
artesanales que la llenara de bártulos con olor a vainilla. Pero, qué desgracia, el nene se había fijado en la petisa Elena, que ni siquiera sabe freír unas milanesas como le gustan a él (y a ella).
Estela no vive cerca de casa. Tampoco en los alrededores de mi barrio. Sin embargo, ayer a la noche tuve la mala leche de cruzármela en la verdulería. Obvio que traté de ignorarla, pero no me fue posible, para deleite de toooooodos los clientes.
Estela:
Así te quería encontrar a vos, atorranta.
Elena:
¿Comprando un kilo de bananas? ¿De qué me habla Estela?
Estela:
De lo que le estás haciendo al nene. ¿No te da vergüenza?
Elena:
Le repito: ¿De qué me habla, Estela?
Estela:
¿Por qué lo dejás solo a la noche? ¡Encima te vas con otro tipo! ¡Caradura! ¿No ves que él te extraña y por eso quiso volver?
Elena:
Me dijo que volvía porque no tenía dónde quedarse porque en su casa no había lugar, yo no tengo interés en volver con él y no le tengo que rendir explicaciones.
Estela:
¿Qué estás diciendo? ¡El nene se quiso ir para no molestarnos más! Pobrecito… no es molestia, él siempre va a tener lugar con nosotros. Pero a vos no te alcanza con nada, lo querés hacer sufrir, él es un amor de chico, no entiendo qué querés lograr.
Elena:
Discúlpeme, Estela, yo no sé qué hace usted en mi verdulería, mucho menos a esta hora, pero ¿usted tiene idea de lo que hizo su hijo?
Estela:
Me avisó el nene que estabas acá. Te estoy llamando hace una semana para decirte que dejes de hacerlo sufrir, nosotros siempre supimos no eras una buena persona, pero esto ya es demasiado, no tenés derecho.
Elena:
Mire, Estela, se lo voy a decir una vez y quiero que me deje en paz y no me rompa más las pelotas. Su hijo no gana un peso y a duras penas va a laburar, nunca se preocupó por una mierda de la casa, jamás colaboró con nada, y se dedicó a vivir de arriba como un simio malcriado por años.
Estela:
…
Elena:
Y sabe qué, yo lo dejaba porque lo quería, pero su hijito querido, estuvo con otra mina por un año mientras seguía viviendo conmigo, y la mina es una putita de 20 años que debe chupar bien la pija, porque su hijo estaba como loco mientras yo iba a laburar y trataba de que él estuviera bien.
Estela:
No me faltés el respeto.
Elena:
Yo a usted le hablo como se me canta el culo, porque su familia me tiene harta, usted me tiene harta, su hijo inútil me tiene harta y su cara de mosquita muerta me tiene harta. Y yo seré una pelotuda por haber dejado que me pasen por encima todos ustedes, pero ya estoy un poco cansada. Así que si usted tiene algo para
decirme, me manda un mail así lo puedo borrar tranquila.
Estela:
¡¡Sos una maleducada!!
Elena:
Váyase a la mierda.
Pagué las bananas y me fui a casa, mientras los clientes cuchicheaban sin parar y Estela insultaba por lo bajo y se hacía la víctima. Cuando llegué, el Chango no estaba. Mejor para él.
Y Estela será inclasificable, pero de algo no caben dudas…. es igual a todas las suegras.
El sábado volví a casa a media mañana, después de dormir en lo de Maxi. El Chango pasaba el trapo de piso mientras escuchaba Gimme Shelter a todo volumen. Estaba, por supuesto, en calzoncillos y ojotas. Parecía contento.
Chango:
¡Buen día! Hay cuernitos de grasa sobre la mesada.
Elena:
…
Chango:
¡Uuuuuuh! Recién me doy cuenta… ¿podrás tomártelo con humor? Olé el Poett primavera…
Elena:
¿Son cuernitos de los grandes y blanditos o de los chiquitos y arenositos?
Chango:
Grandes y blanditos.
Elena:
Genial, esos son los que me gustan, la diferencia es abismal ¿viste?
Chango:
Cada panadería es un mundo. Tendríamos que ponernos una que se llame “Factura expuesta”.
Elena:
¡Muy bueno! También me gusta “Pasando factura”, que es menos creativo pero de mejor gusto que “Las bolas del fraile”, o “Las tortitas negras”.
Chango:
Sep… Y al lado ponemos una pizzería para nerds: “The faina fantasy”.
Elena:
¡Es genial! ¡Mucho mejor que “La torre de pizzas”.
Chango:
Me dieron ganas de amasarme unas pizzas.
Elena:
Dale, “cuernitos”.
Odiar a una ex pareja es lo más fácil, y también una de las primeras reacciones que cualquier mujer experimenta cuando se separa tras una gran decepción. ¿Cómo no odiar a la persona que nos hizo sufrir tanto, que traicionó nuestra confianza y nos faltó el respeto? Es natural experimentar el más fuerte rechazo hacia el forro que “nos arruinó la vida”, aunque seis meses atrás jurábamos que era el hombre de nuestra vida (¿quizás sea justamente ese el motivo?).
Pero… ¿Qué mierda pasa cuando dejás de odiar? ¿Volvés a querer? ¿Pasás a la indiferencia absoluta? ¿Te hacés amigo? ¿Perdonás todo porque ya no te importa? ¿O hacés lugar para que renazca algo?
Elena:
¿Cómo vas con la búsqueda de departamento?
Chango:
Mal, no me alcanza la guita.
Elena:
Bueno, mirá, te voy a dar un consejo que no te dí cuando estábamos juntos: sos un pésimo administrador. No tenés IDEA de lo que salen las cosas entonces nunca llegás a armar un esquema sensato de gastos. Para vos es lo mismo ir a Europa que tomar un taxi, y la guita no te importa porque vos nunca la generás. Si no te alcanza para irte a vivir solo, alquilá algo con un amigo y listo. Compartan gastos y alquilen algo chiquito y lejos, pero no podés quedarte acá para siempre.
Chango:
¿Me estás echando?
Elena:
La verdad que no. Por mí quedate todo lo que necesites, pero admití que no estás cómodo. No entiendo, ¿no te querés ir? ¿No sabés que las noches que no duermo acá estoy durmiendo con otro tipo?
Chango:
Sí, ya lo sé, pero bueno, me la tengo que comer doblada… igual estoy cómodo acá con vos. En ningún lugar estoy más cómodo que acá, con tus cosas y tu olor rico y toda la comida, aunque ahora la compre yo, igual, siento que esta es mi casa.
Elena:
…
Chango:
Llevémonos bien, culoncita, no te cuesta nada.
Elena:
…bueno, hagamos así: vos quedate todo lo que necesites, pero hacé un esfuerzo por mejorar. No te gastes en reconquistarme porque yo ya no te quiero más, pero intentá que yo no te odie. ¿Por que no aprovechás y te convertís en un buen tipo? Así la próxima chica, o mismo tu querida Jul tiene una chance de ser feliz con vos.
Chango:
Ouch.
Elena:
Peor es que te insulte, ¿o no?
Chango:
No sé, mirá.
Ah, parece que al final lo sigo odiando.
Algunos dicen que en la cotidianeidad de la vida moderna, las parejas perfectas son las que se parecen en todo. Para ellos, compatibilidad es sinónimo de pedir lo mismo en el restaurant, tener sueño a la misma hora y haber votado al mismo candidato.
Estas parejas se caracterizan por tener completamente sincronizados sus relojes internos, y por ende siempre tienen las mismas ideas y los mismos proyectos. Imposible imaginarse un conflicto entre dos personas que están de acuerdo en todo, desde el lugar al que irán de vacaciones hasta qué película verán en el cine o de qué color pintarán las paredes del cuarto. Eso sí: hay que tener en cuenta que son más aburridas que el té con leche.
A mí me parece, en cambio, que las duplas que mejor funcionan son las que se complementan. Si a uno le gusta cocinar y el otro prefiere lavar los platos, por ejemplo, es genial. O si uno adora los tronquitos de la pizza y el otro los odia nunca desperdiciás comida. O si uno no entiende nada de autos y el otro es un pistero sin remedio nunca discutís por quién maneja. Y ni hablar si uno odia a su familia y el otro ama a la suya: es facilísimo decidir dónde pasar las fiestas.
Maxi tiene el auto roto, así que el otro día nos tomamos el colectivo. Yo tenía un poco de miedo, porque nunca antes habíamos tomado el colectivo juntos y yo simplemente ne-ce-si-to el asiento de la ventana. No puedo sentarme del lado del pasillo porque me agarra una especie de claustrofobia que no puedo controlar, a menos que tenga que viajar parada, en cuyo caso me jodo y sufro; pero la cuestión es que detesto el pasillo y deseo con locura la ventana. (Esto en lo que se refiere al bondi, porque en el avión me obsesiona estar del lado del pasillo, para poder ir al baño cuando quiero sin molestar al otro, a menos que sea un vuelo corto; ahí prefiero la ventana para dormir más cómoda.)
¿En qué estaba? Ah, sí, en el colectivo. Cuando estábamos a punto de subir me asaltó la más terrible duda. ¿Y si él quería la ventana? El tiene TOC así que seguro quiere la ventana, pensé. Porque es re obvio que los asientos con ventana son mucho mejores que los sin ventana, porque podés mirar para afuera y dormir y ventilarte. Mierda, se lo voy a tener que dejar porque él está en recuperación y es mejor hacérsela más fácil, en fin, todo sea por darle el gusto a él que es tan lindo.
Maxi:
Che, antes de que subamos te tengo que decir algo.
Elena:
Decime…
Maxi:
Necesito sentarme del lado del pasillo.
Elena:
¿¡En serio!?
Maxi:
Sí, de verdad, para poder bajar más rápido, y más que nada porque la ventana me da un poco de asco, se apoya cualquiera, siempre está empañada con grasa de las cabezas de la gente. No te molesta, ¿no?
Elena:
¡Besame!
(¿Y vos? ¿Ventana o pasillo?)
Queridos, ¡no paramos de crecer! Esta semana, el grandioso Leonardo Gudiño me hizo una nota para la sección “blogósfera” del número 72 de la revista “El Vernáculo”.
Pueden leerlo acá, a partir de la página 108.
Y en http://www.elvernaculo.com.ar pueden leer los números anteriores.
No podría decir que no lo quiero, pero ciertamente soy incapaz de afirmar que tengo algún tipo de sentimiento positivo por el orangután que usurpó mi casa utilizando como pretexto una supuesta historia de felicidad pasada y escudándose en mi boludez extrema.
Así que este fin de semana lo pasé en el depto de Maxi, mientras el Chango hacía quién sabe qué cosas en lo que solía ser un nidito de amor.
No dejé mi cepillo de dientes, ni guardo una bombacha extra en un cajón, pero siempre que voy para allá me siento cómoda. Y no es porque esté todo limpio, sino porque siento que puedo estar tranquila y no me voy a sentir como Doña Florinda fregando trapos en ruleros.
Elena:
¿Cuánto tardaste en olvidarte de tu mujer?
Maxi:
No me olvidé.
Elena:
…
Maxi:
No la amo más, pero no me olvidé. No está bueno olvidarse, eh. No te digo que tengo un portarretratos con la foto de ella en la mesa de luz, pero después de un tiempo pude quedarme con los buenos momentos y dejar pasar los otros.
Elena:
¿Hiciste un balance positivo de una relación con una mina que te fue infiel y te dejó solo con el TOC y haciendo un tratamiento?!
Maxi:
Sí.
Elena:
Mentira.
Maxi:
…
Elena:
…
Maxi:
Bueno, sí, mentira, ¡pero no me digas que no sería lo más sano para todos!
Elena:
Qué se yo, a duras penas puedo no desearle el mal al Chango.
Maxi:
Si le deseás el mal no quiere decir que todavía lo quieras, digo, te lo aclaro porque seguro estás pensando eso y te da dudas.
Elena:
!!
Maxi:
Solamente quiere decir que tenés el ego lastimado y que no te perdonás a vos misma el error de haber seguido con tu relación. Dejalo ir, te va a hacer bien. No lo digo para que estés conmigo, lo digo por vos.
Elena:
¿Vos hiciste eso?
Maxi:
Me costó años, pero sí.
Elena:
¿Por eso empezaste a ir a lo de Adrián?
Maxi:
Empecé a ir por el TOC, porque pensaba que eso había arruinado mi relación, pero al final me dí cuenta de que lo que había arruinado mi relación era la relación misma, que no daba para más. Ella por algo me cagó, algo le faltaba, o algo me quería decir.
Elena:
¿Que estaba caliente con otro tipo y no tenía los huevos para dejarte entonces cogía con otro a tus espaldas?
Maxi:
…Ponele!
Elena:
¿Quién era el tipo?
Maxi:
Un amigo de ella que también era conocido mío.
Elena:
Me siento identificada. No se llamaba Jul ¿no?
Maxi:
Francisco, un sorete hijo de puta sin escrúpulos.
Elena:
La verdad que lo llevás bárbaro, eh, ¡se nota que hiciste las paces con tu pasado!
Maxi:
Haz lo que yo digo, no lo que yo hago.
Elena:
¿Puedo desear que le pasen cosas malas al Chango?
Maxi:
Por supuesto, no te sientas culpable. Ahora tengo que interrumpir la conversación un minuto… ¿qué dijimos de los posavasos? Plis, usalos que si no quedan marcas en la mesita.
Elena:
Perdón.
Maxi:
Todo bien, ya te va a ir saliendo solo a medida que te vayas instalando.
(Este post va para Grisel y Gonzalo changuista, que están leyendo el blog a la 1 de la mañana)
La intimidad en una pareja se construye con diferentes rituales que no necesariamente tienen que ver con el sexo.
Para sentirse verdaderamente cerca de alguien, debemos llegar a apreciarlo en toda su tridimensionalidad. No alcanza con haber visto al otro desnudo, o con saber qué perfume usa o qué aliento tiene a la mañana. Hay que escarbar un poco más, reconocer en los hábitos de nuestra pareja las excentricidades que lo hacen único.
Anoche me quedé a dormir en lo de Maxi porque salí muy tarde del laburo y no tenía ganas de volver a casa.
Hasta ahora, habíamos mantenido las formas, supongo que para seducirnos o no quedar como los cerdos roñosos que realmente somos. Bah, al menos yo, porque este pibe nada tiene de roñoso, lo comprobé cuando entré al baño a buscar un desodorante mientras él hacía pis.
Maxi:
Ya aprendí a hacer pis frente a otras personas, me siento un grande, antes no sabés lo que me costaba.
Elena:
Felicitaciones, pero disculpame… ¿vos te acabás de limpiar el pito con papel higiénico?
Maxi:
Sí, claro, por qué, ¿hay gente que se lo limpia con toalla?
Elena:
¡No! ¡Nadie se limpia el pito después de mear! ¡Se sacude y ya!
Maxi:
Por favor, qué antihigiénico. Yo toda la vida me limpié la puntita con papel, si no después quedan manchas en la ropa interior, mal olor y microbios, aparte todo el mundo se limpia.
Elena:
¡Te juro que no!
(Nadie se limpia, ¿no?)
(¡Feliz cumpleaños, Romi!)
Basta de blogs de ingratas minas solas. ¡Estar felizmente en pareja es mucho peor! elenapaoloni@gmail.com